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Hay vínculos que no se rompen por falta de afinidad, sino por exceso de ella mal entendida. En Te quiero (casi siempre), el libro de Anna Llenas, dos personajes se eligen precisamente por lo que los hace distintos.
A Lolo le fascina que Rita brille y a Rita le atrae la independencia de Lolo. Sin embargo, a medida que la relación avanza, esa diferencia deja de ser descubrimiento y empieza a sentirse como un obstáculo.
Así, lo que antes los acercaba, ahora los distancia, pues la misma característica se experimenta de otra manera. Esa transformación es una de las formas más comunes en las que evolucionan los vínculos.
La atracción no es inocente
Según explica la psicóloga clínica Paola Burgos, la atracción inicial suele vivirse como algo espontáneo, casi inmediato, pero esa sensación de “encajar” con alguien no aparece al azar.
Suele surgir tanto de la familiaridad, como de la admiración, en donde lo se percibe como deseable es aquello que está poco desarrollado en uno mismo.
Desde la mirada sistémica de Helm Stierlin, las elecciones relacionales responden a intentos de equilibrio, es decir, las personas no solo se eligen, también se “ajustan” entre sí.
En ese ajuste, las características del otro cumplen una función dentro del sistema relacional, organizan la cercanía, regulan la distancia y permiten que el vínculo funcione en un momento determinado. Por eso, lo que atrae es el lugar que esa cualidad ocupa en la relación.
En términos de Carl Rogers, uno de los fundadores de la psicología humanista, los vínculos pueden leerse como espacios donde surgen posibilidades propias. Aquello que gusta del otro no solo se admira, también señala algo que se busca, se necesita o se intenta desarrollar.
Por eso, más que preguntarse por qué alguien atrae, Burgos propone evaluar qué refleja de uno mismo eso que gusta en el otro.
Lo que funcionaba deja de funcionar
Con el tiempo, las relaciones se vuelven más estables, pero también más exigentes. Lo que al inicio operaba como complemento puede empezar a sentirse como límite. No necesariamente porque la otra persona haya cambiado de forma radical, sino porque quienes están en la relación sí lo han hecho.
Burgos lo plantea en términos claros, las relaciones están en constante movimiento. Las necesidades evolucionan, los contextos cambian y los acuerdos implícitos dejan de responder a lo que cada uno quiere.
Cuando esto no se revisa, el vínculo puede volverse rígido, como si siguiera funcionando bajo reglas que ya no corresponden al presente.
En ese punto, muchas relaciones no fallan por lo que se mantiene igual. Este desajuste también lo explica Salvador Minuchin, como una señal de que el sistema relacional necesita reorganizarse, pues el conflicto no es el problema, sino el síntoma de que algo requiere transformación.
Ver al otro, por fin
Hay un momento en que la percepción del otro se modifica. La imagen inicial se vuelve más completa y el otro deja de ser promesa y se vuelve presencia. En ese tránsito, la idealización pierde fuerza.
Al inicio, como señala Carl Rogers, es común proyectar en el otro cualidades que se valoran o que incluso se sienten ausentes en uno mismo. Esa proyección cumple la función de acercar, motivar, y generar conexión, pero no es sostenible en el tiempo.
Cuando la relación se vuelve cotidiana, esa imagen idealizada se desgasta. Aparecen no solo las cualidades, sino también los límites. Ese momento puede vivirse como desilusión, pero también como una oportunidad de construir un vínculo más auténtico.
La forma en que se vive este cambio está profundamente atravesada por la historia personal. Desde la teoría sistémica, Murray Bowen explica que los patrones de relación se configuran en la infancia, a partir de las experiencias con figuras significativas.
Esto implica que no solo se elige desde el presente, sino también desde lo aprendido, con expectativas sobre el afecto, formas de manejar el conflicto, tolerancia a la cercanía o a la distancia.
De esta manera, las características del otro pueden activar respuestas que tienen más que ver con la historia propia que con la relación actual.
Burgos señala que, por ejemplo, alguien que creció en un entorno donde el afecto era condicional puede sentirse inicialmente atraído por una persona que ofrece estabilidad o seguridad, pero con el tiempo experimentar esa misma cualidad como limitante o insuficiente cuando aparecen sus propios temores o necesidades no resueltas.
Convivir cambia todo
Hay algo que al inicio no se percibe, la repetición. Una característica que aparece de forma ocasional puede resultar atractiva. La misma característica, sostenida en el tiempo, adquiere otro peso.
Burgos lo explica desde un enfoque sistémico, donde la relación funciona como un sistema dinámico en el que cada interacción refuerza patrones. La rutina expone esos patrones, los hace visibles y los intensifica.
Además, desde enfoques humanistas cuando las necesidades personales cambian, también cambia la forma en que se percibe al otro. Lo que antes satisfacía puede dejar de hacerlo, no por defecto, sino por transformación.
Que una misma característica genere atracción y rechazo no es una contradicción, sino una señal de la complejidad de los vínculos.
La psicóloga insiste en que cada rasgo adquiere sentido dentro de la interacción. No es solo lo que el otro es, sino cómo eso se articula con las propias expectativas, necesidades y momentos. El malestar no necesariamente indica que algo esté “mal”, sino que algo necesita ser revisado.
Reconciliar esas dos caras implica observar qué se siente, identificar qué se proyecta y poder expresarlo dentro de la relaicón. Más que eliminar la característica del otro, se trata de ajustar la forma de relacionarse con ella.
En términos de Rogers, una relación madura no es aquella en la que desaparecen las diferencias, sino aquella en la que se pueden sostener sin idealizarlas ni rechazarlas por completo.
Esto no garantiza continuidad. En algunos casos, el desajuste se vuelve insostenible y en otros, abre la posibilidad de construir un vínculo más consciente, donde el cambio es parte del proceso.
Lolo y Rita no dejan de ser distintos y tampoco desaparece aquello que en algún momento los incomodó. Lo que cambia es la forma en que deciden estar con eso, y en ese desplazamiento se juega, muchas veces, el destino de la relación.
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