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En 1857, luego de varias entregas por escrito, Gustave Flaubert publicó, por fin, Madame Bovary. En el libro, el escritor francés narra la historia de Emma, una joven de provincias francesas casada con el médico burgués Charles Bovary: “un marido fiel, pero ausente, puritano, sin carácter ni ambiciones”, como lo describe una entrada del blog Cultura Genial.
La protagonista, influida por la lectura de novelas románticas, se siente atrapada en una vida monótona y en un matrimonio sin pasión, incapaz de satisfacer los ideales amorosos que mantiene —por cierto, totalmente distantes de la realidad—.
“Creía que el amor debía llegar de repente, con grandes resplandores y fulguraciones —huracán de los cielos que cae sobre la vida, la trastorna, arranca las voluntades como hojas y arrastra hacia el abismo el corazón entero”, escribió Flaubert.
Y tal vez se lo esté preguntando: ¿qué tiene que ver una novela europea del siglo XIX con todo esto? Lo que hoy la psicología reconoce como síndrome de Madame Bovary describe justamente una insatisfacción crónica y la persecución de un ideal de felicidad casi irreal.
Las personas que lo experimentan mantienen expectativas de fantasía sobre cómo deberían ser las relaciones: perfectas, apasionadas, emocionantes y sin conflictos. Cuando descubren que la realidad no se acerca a eso, no saben cómo manejar la brecha entre lo que desean y lo que el mundo les ofrece. No se trata realmente de una patología formal, sino de un patrón de conducta que puede derivar en otros conflictos a nivel psicológico, como ansiedad o distimia que avanza hasta convertirse en depresión.
Cuando la fantasía choca con la realidad
Como explica el psicólogo español Oscar Castillero Mimenza en su artículo Síndrome de Madame Bovary: ¿qué es y cuáles son sus síntomas?, quienes lo desarrollan buscan siempre esa pareja “perfecta” o experiencias románticas que encajen con su ideal; cualquier desviación provoca frustración. Tal vez es por eso que La La Land es tan “odiada” por algunos amantes del cine romántico: los protagonistas lo dan todo, pero no terminan juntos, y la “gran historia de amor” queda incompleta.
El también llamado bovarismo puede explicarse desde la infancia. Muchas personas —casi que todas, a decir verdad— se acercan, al menos una vez, a las historias de amor “perfectas”. Libros, películas o series que nos enseñan que el amor debe ser intenso, apasionado, que todo lo perdona y todo lo puede. Quienes lo desarrollan, por ejemplo, a veces se adaptan excesivamente al otro. Terminan copiando gustos, hábitos y maneras de pensar, como si quisieran convertirse en la pareja que creen necesaria para ser felices. También se sienten atraídas por relaciones imposibles o “prohibidas”, porque el desafío alimenta la ilusión de vivir algo “especial”. La monotonía no los aburre: los abruma.
Además, quienes vivieron abandono, falta de afecto o dificultades emocionales en su pasado, pueden desarrollar un miedo a no ser correspondidos nunca. En la adultez, es común que esto los impulse a buscar a otra persona, que se repitan infidelidades o cambios continuos de pareja.
Cómo notar que alguien vive atrapado en el ideal del amor
Y, aunque quisiera evitar a toda costa la tragedia, Emma Bovary, luego de sus aventuras, sus amantes y su constante pensamiento sobre lo que Flaubert describe como “la monotonía de la pasión, que siempre tiene las mismas formas y parecido lenguaje”, vivió insatisfecha el tiempo que pudo. Lo que muchos creían capricho terminó por amargar su noción de poder enamorarse. De tanto buscarse en varios labios, todos le supieron a nada.
Según Castillero, romper con este ciclo lleva tiempo y, generalmente, apoyo profesional. Algunas señales de que alguien está atrapado en él son sentir insatisfacción aunque se logren metas personales o afectivas, cambiar de pareja buscando siempre algo “mejor”, enfocarse tanto en la perfección de la relación que se descuida la propia vida (metas, sueños, estado de ánimo), o reaccionar sin medir la intensidad ante los conflictos. Además, que exista dependencia emocional, celos o posesividad.
Cualquiera de las relaciones que se desenvuelva en medio de ese panorama se medirá, entonces, contra lo imposible. Nuestra querida Madame vivió atrapada entre lo que tenía y lo que soñaba, y aunque la búsqueda de plenitud es humana, nos demostró que puede volverse agotadora cuando la fantasía del amor se enfrenta una y otra vez con la realidad: “¿Iba a durar siempre aquella miseria? ¿No saldría de ella nunca? ¡Y, sin embargo, valía tanto como todas las que eran felices!”.
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