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¿Por qué sufrimos tanto por un partido de fútbol? Los psicólogos lo explican

Cuando nos sentamos a ver un partido, entramos en una montaña rusa mental que explica perfectamente por qué sufrimos.

Redacción Bienestar

17 de junio de 2026 - 11:42 a. m.
No sufrimos solo por un balón, sino por una filosofía de vida y un sentido de pertenencia que heredamos de nuestra familia.
Foto: Getty Images
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El fútbol tiene un poder casi mágico, es capaz de cambiarle el estado de ánimo a millones de personas en noventa minutos. Ponerse la camiseta no es un simple acto de coquetería, es un interruptor que despierta reacciones psicológicas y biológicas que los seres humanos cargamos desde hace miles de años.

Cuando nos sentamos a ver un partido, entramos en una montaña rusa mental que explica perfectamente por qué sufrimos y celebramos con tanta intensidad cada jugada.

Este viaje emocional empieza con nuestra necesidad de pertenecer a un grupo. Según explica Danilo Zambrano, psicólogo y docente de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz, el fútbol es el reflejo perfecto de la “Teoría de la Identidad Social”.

El experto señala que nuestro cerebro es profundamente tribal, lo que significa que nos basta una simple camiseta para definir de inmediato quiénes son “los nuestros” y quiénes son “los otros”.

Por eso, cuando juega nuestro equipo, la mente activa un mecanismo de lealtad absoluta que nos hace defender a los propios y desconfiar automáticamente del rival.

Entre la felicidad química y la pérdida de la razón

Ese sufrimiento constante y esa alegría desbordada tienen una explicación directa en la química de nuestro cerebro. El profesor Víctor Manuel Rodríguez Molina, de la Facultad de Medicina de la UNAM, aclara que los humanos tenemos un “circuito de recompensa” que se alimenta de las cosas que nos dan placer.

Cuando ganamos, el cerebro se inunda de dopamina y endorfinas, dándonos un subidón de felicidad. Pero si nos pitan un penalti en contra o perdemos, ese circuito se desploma y aparece el sufrimiento puro.

Lo interesante es que, durante el partido, el cerebro racional prácticamente se desconecta. El profesor Rodríguez Molina indica que la corteza prefrontal (la encargada de hacernos pensar con lógica) cede el control a la amígdala, que es la zona que se maneja puramente por emociones.

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Por eso el fútbol es un terreno libre de juicios, es el único lugar donde está permitido gritar, llorar o abrazar a un extraño sin que nadie nos critique. Nos contagiamos de la emoción colectiva y nos dejamos llevar.

Esta conexión es tan fuerte que la ciencia la compara con los sentimientos más puros. Un estudio de la Universidad de Coimbra descubrió que la pasión por el fútbol activa las mismas zonas cerebrales que el amor romántico o el amor de una madre.

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A esto se suma lo que menciona la psicóloga Marta Soler, quien recuerda que este deporte es una tradición sagrada que pasa de abuelos a nietos. Al final, no sufrimos solo por un balón, sino por una filosofía de vida y un sentido de pertenencia que heredamos de nuestra familia.

La pasión se nos sale de las manos

Precisamente porque el sufrimiento es tan real, a veces el fútbol nos muestra su peor cara. Cuando el equipo pierde y aparecen la impotencia y la tristeza, es fácil que todo eso se transforme en ira.

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El especialista de la UNAM advierte que, al desconectarse el freno lógico de nuestra mente, la frustración puede convertirse en conductas violentas. Cuando alguien agrede a otra persona o rompe algo en casa por un partido, ya no estamos hablando de una pasión normal, sino de una falta total de control emocional.

Hoy en día, las redes sociales funcionan como tribunas digitales donde este sufrimiento y esta rivalidad se vuelven aún más intensos, pasando del festejo al insulto con demasiada facilidad.

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Para Danilo Zambrano, de la Konrad Lorenz, la clave para disfrutar del deporte sin pasarla mal no está en dejar de sentir los colores ni en apagar la pasión.

El verdadero logro es entender cómo funciona nuestra mente para recordar que el hincha del equipo contrario está sufriendo o celebrando con la misma intensidad y el mismo derecho que nosotros. Al final del día, la ciencia nos demuestra que el fútbol es una locura, pero que la pasión nunca debería justificar la violencia.

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Por Redacción Bienestar

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