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¿Por qué tomar decisiones amorosas en la adultez sigue siendo tan difícil?

Crecemos creyendo que la madurez trae un manual para cada decisión, priorizando el control sobre el deseo. Sin embargo, entender que esa ‘vida resuelta’ es solo una construcción social es el primer paso para cuestionar desde dónde se está amando.

Mariana Álvarez Barrero

03 de mayo de 2026 - 11:00 a. m.
La imagen que se tenía de "los adultos" cuando éramos pequeños no coincide con la experiencia propia, mientras tanto, lo que siempre está son las inseguridades, los nervios y las dudas.
Foto: Getty Images
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La adultez suele presentarse como un territorio estable en el que las decisiones, especialmente en el amor, deberían tomarse con claridad y seguridad. Existe una expectativa de que llegado cierto punto, la persona sabe qué quiere, a quién quiere y cómo debe sostener vínculos, así se vende la idea de que los años traen consigo una brújula interna de decisión.

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Sin embargo, en la práctica, ese ideal se derrumba. Elegir pareja, decidir si quedarse o irse, apostar por una vida compartida o elegir la soledad no se vuelve más sencillo con el tiempo, por el contrario, muchas veces la adultez aparece como una excusa elegante para no decidir, o para postergar aquello que sigue generando miedo.

En ese camino, la etiqueta de “ser adulto” funciona con frecuencia como una máscara, se toman decisiones justificadas en la estabilidad, en la lógica o en lo que dictamina el “deber ser”, sin embargo, detrás de esa fachada persisten las mismas dudas de siempre.

Se ama con excesivo cuidado, se negocia con el deseo de forma burocrática y se analiza en exceso lo que, en realidad, es simple incertidumbre emocional. Así, la madurez no siempre representa claridad, sino una forma más sofisticada de evitar el riesgo.

En ese punto, la experiencia adulta empieza a parecerse a una versión del síndrome del impostor, donde actuamos como alguien que tiene todo bajo control mientras, por dentro, nos sentimos a la deriva.

Ser suficiente

Esa sensación de impostura no surge de la nada, según plantea la socióloga de la Universidad Javeriana, Mariana Castro, muchas de las ideas asociadas a la adultez no son naturales, sino construcciones sociales diseñadas para organizar la vida de forma productiva. El modelo tradicional exige un tiempo lineal, estudiar, trabajar, conseguir pareja, formar una familia y estabilizarse. Este guion condiciona las decisiones y establece cronómetros externos sobre cuándo deberían ocurrir.

Castro insiste en que, al no cumplir con estas etapas en el orden esperado, aparece una sensación que es el resultado de una comparación constante frente a un ideal inalcanzable. En palabras de la socióloga: “Estas ideas generan sentimientos de insuficiencia y fracaso cuando no se cumplen, lo que lleva a las personas a disciplinarse para encajar en ese modelo”.

En el terreno del amor, esto se traduce en decisiones atravesadas por la urgencia. No se elige siempre desde el afecto, sino desde la presión de cumplir metas antes de que “se acabe el tiempo”.

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La pareja deja de ser un vínculo emocional para convertirse en una pieza de un proyecto, y de ahí surge el concepto de “socios de vida”, relaciones que responden más a condiciones materiales y a la necesidad de proyectar estabilidad que a una conexión íntima.

La adultez, entonces, es una categoría cargada de expectativas externas donde se espera que actuemos como alguien distinto a quien realmente somos.

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Un punto fundamental en el análisis de Castro es la crítica a la individualización. El sistema actual se beneficia de que las personas vivan aisladas, compitiendo entre sí y midiendo su valor personal exclusivamente por su capacidad productiva y su estabilidad visible. Esta lógica debilita los lazos sociales que, podrían cuestionar estas imposiciones.

Cuando sentimos que “otros ya lograron más que yo” o que estamos “retrasados” en la carrera de la vida, tendemos a vivir ese malestar en soledad, como si fuera un defecto de fábrica.

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No obstante, estos sentimientos son construidos socialmente para mantenernos dentro del carril de la productividad. La comparación permanente es la herramienta que utiliza el sistema para que el individuo se discipline a sí mismo, buscando una validación que siempre parece estar un paso más allá.

El “adulto impostor”

La brecha entre la imagen externa y la realidad interna conecta directamente con la visión de Fabián Rivas, ilustrador y autor del libro, Estoy Viejoso. Rivas describe la experiencia de crecer sin sentirse realmente diferente al niño o adolescente que se fue.

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La imagen que se tenía de “los adultos” cuando éramos pequeños no coincide con la experiencia propia, mientras tanto, lo que siempre está son las inseguridades, los nervios y las dudas.

Al respecto, el autor afirma que “somos como adolescentes de 45, seguimos con inseguridades, con nervios en ciertas situaciones”. Él mismo pone como ejemplo su experiencia en espacios profesionales de alto nivel como la FilBo, “ahora que vengo y hago entrevistas, estoy muy nervioso. Pienso: ‘¿dije lo que tenía que decir?, ¿lo hice bien o mal?’. Son inseguridades que tenía desde niño y sigo teniendo”.

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Esta confesión desmitifica la idea de que exista un punto de transformación definitiva donde un ser huamano finalmente “llegue” a ser adulto. Lo que hay es un proceso donde cambian los contextos y las expectativas, pero no necesariamente la esencia de lo que se siente.

Al crecer, seguimos siendo los mismos, pero obligados a actuar bajo un guion de madurez que nos resulta ajeno. Esa distancia alimenta el síndrome del impostor, entrando en relaciones, tomando decisiones patrimoniales y proyectando vidas enteras mientras, en el fondo, nos preguntamos si realmente sabemos lo que estamos haciendo o si solo estamos cumpliendo con lo que se espera de nosotros.

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Una adultez sin guiones

La presión por tener la vida “resuelta” intensifica esta dinámica, ya que el entorno valora la estabilidad como único indicador válido de éxito. Mariana Castro señala que esta lógica está profundamente vinculada a un sistema que define la adultez en términos de productividad y autonomía económica, dejando nulo espacio para la exploración o el cambio de rumbo.

En este contexto, frases como “ya estoy muy viejo para esto” o “mi tiempo ya pasó” son límites aprendidos que restringen el futuro. El adulto termina decidiendo no en función de su deseo, sino de lo que cree que aún le está permitido querer.

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Esto es particularmente evidente en el ámbito afectivo, donde muchas relaciones se sostienen por coherencia y no por bienestar, permaneciendo en vínculos que “encajan” con la idea de estabilidad para no admitir que el proyecto ha fallado frente a los ojos de los demás.

Castro propone desplazar el eje de la productividad y la comparación para preguntarse qué genera bienestar real y qué permite construir comunidad. “Entender que la vida no tiene que seguir ese camino lineal permite priorizar el bienestar, el disfrute y los deseos propios”, señala la socióloga.

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Al final, reconocer que la adultez no elimina la incertidumbre es el primer paso para dejar de ser impostores. La presión por tenerlo todo resuelto quizás no desaparezca del todo, pero puede dejar de ser el motor de las decisiones que marcan la ruta de eso que significa: crecer.

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Por Mariana Álvarez Barrero

Periodista de la Universidad del Rosario. Apasionada por la agenda global, la literatura y la economía. Además, presentadora de Moneygamia, formato audiovisual de finanzas fáciles de El Espectador.malvarez@elespectador.com

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