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¿Qué pasa cuando se quiere algo serio y la otra persona no?

La falta de claridad, los acuerdos borrosos y la ambigüedad pueden hacer que una historia ligera termine pesando demasiado.

Kevin Stiven Ramírez Quintero

25 de abril de 2026 - 12:27 p. m.
“(500) Days of Summer” sigue siendo una referencia para hablar de expectativas, ambigüedad y relaciones desiguales.
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¿Recuerda “(500) Days of Summer”? Durante años, mucha gente la leyó como una historia de amor. Otras personas la vieron más bien como una película de terror emocional con buena banda sonora. Y, la verdad, ambas lecturas tienen algo de razón.

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La cinta sigue a Tom, un romántico empedernido que trabaja escribiendo frases para tarjetas, y a Summer, su compañera de oficina, una mujer carismática, impredecible y mucho menos convencida que él de eso que llaman amor. Se conocen, se gustan y construyen una relación que, al menos para Tom, parece tener un peso enorme. Ella, al menos, se divierte.

Ahí está el punto. No porque Summer sea la mala ni Tom un pobrecito incomprendido, sino porque la película muestra algo bastante más común: lo que pasa cuando dos personas comparten un vínculo, pero no la misma idea de lo que ese vínculo significa.

La falta de claridad, los acuerdos borrosos y la ambigüedad pueden hacer que una historia ligera termine pesando demasiado.

Porque no hace falta una traición para que algo se rompa. A veces basta con que usted sienta que está viviendo una gran historia, mientras la otra persona sigue habitando ese mismo vínculo como algo ligero, abierto o pasajero.

La psicóloga Diana Ducuara, de la Universidad INCCA de Colombia, lo explica así: “Cuando dos personas están compartiendo un vínculo, pero no están buscando lo mismo, se ponen en un riesgo alto. ¿Por qué? Porque siempre la persona va a estar actuando, pensando y teniendo expectativas a partir de cómo está percibiendo la relación”.

Señales de que ya no es casual

Uno de los aciertos de “(500) Days of Summer” es mostrar cómo una historia puede cambiar de peso sin que nadie lo anuncie. No hay un aviso oficial que diga que, desde hoy, esto dejó de ser pasajero. Pero cambia en la frecuencia, en la expectativa y en el lugar que la otra persona empieza a ocupar en la vida diaria.

Ducuara menciona varias señales concretas: “Cuando una persona se está vinculando empieza a tener más exigencias como exclusividad, atención, tiempo; se fija más en los detalles y le da muchísima ansiedad que no hablen, que no se vean, que no se comuniquen”.

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Incluso, añade, puede llegar a “organizar su vida en pro de la otra persona” y a entrar en esa conversación incómoda de “qué somos” o “para dónde vamos”.

Alejandro Bohórquez, psicólogo y especialista en sexualidad de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz, aterriza esa misma idea desde otro lugar: el de los acuerdos. “Cuando ocurre esta situación, vamos a empezar a ver conflictos, inconformidades, problemas a nivel emocional y también inseguridad, debido a que no se cumplen las expectativas”, explica.

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Y agrega algo clave: muchas veces este tipo de vínculos falla porque “tenemos mayores expectativas de lo que puede cumplir realmente esa dinámica” y porque “no hubo una claridad con respecto a cuál era el fin de esta dinámica”.

La trampa de los vínculos sin nombre

Hay una idea que se volvió casi norma en la vida afectiva y es la de que ponerle nombre a las cosas daña lo que hay. Que es mejor “dejar fluir”. Ducuara cree que, en muchos casos, esa ambigüedad funciona como una estrategia de autoprotección.

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“Muchas personas que viven en ese tipo de ambigüedad no quieren asumir el compromiso, no quieren asumir la responsabilidad afectiva porque quieren evitar dolores, repetir historias, repetir patrones”.

Bohórquez lo plantea de forma parecida: “Hay un miedo al compromiso y no es un compromiso hablado desde tener algo ‘serio’ o de que nos casemos, sino de la responsabilidad que yo adquiero al entablar una relación”.

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Y ahí se mete una idea central para este tipo de historias: “la coherencia entre lo que yo digo y lo que yo hago”, porque en esa falta de claridad “se puede terminar hiriendo a la persona con intención o sin intención”.

Eso es justamente lo que vuelve tan reconocible la película: no solo que dos personas quieran cosas distintas, sino que esa diferencia se quede demasiado tiempo en una zona borrosa.

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Decir una cosa y hacer otra

Hay una defensa clásica en este tipo de historias: “yo le dije desde el principio que no quería nada serio”. Puede ser verdad. El problema es creer que esa frase basta.

Ducuara lo dice sin vueltas: “Las relaciones no siempre se construyen a partir de lo que hablamos, no siempre se construyen a partir de lo que decimos o acordamos, sino también de esas acciones que son las que sostienen el vínculo”.

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Bohórquez coincide: “Yo estoy siendo parte de la confusión y la ambigüedad porque estoy mandando señales erráticas o señales que no son coherentes con lo que estoy mostrando, con lo que yo deseo. Entonces, sí tengo una responsabilidad en eso”.

Y añade un matiz importante: “La responsabilidad emocional no solamente es responsabilizarme de mis emociones, de mis actos, sino también de lo que yo estoy haciendo por el otro”.

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Lo que queda después

Cuando una historia así se rompe, el daño no se queda solo en la “tusa”. También toca la autoestima, la forma de mirarse a usted mismo y la manera en que se vuelve a vincular después.

Ducuara advierte que una persona que se engancha con alguien que nunca quiso lo mismo puede pasar por negación, ira, dudas sobre sí misma y problemas de autoestima. Queda, dice, “con esa sensación de sentirse usado, de sentirse confundido”.

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Y deja una pregunta que golpea: “¿Se ha preguntado qué lo lleva a querer construir una casa donde de entrada le dijeron que su estadía era temporal?”.

Eso es, en el fondo, es lo que “(500) Days of Summer” sigue mostrando tan bien. Es decir, no una gran traición, sino una descompensación. Una historia que para uno ya era enorme y para el otro seguía siendo otra cosa.

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Y ese quizá sea el golpe más difícil de aceptar: no que todo empezó mal, sino que en algún punto dejó de significar lo mismo para los dos.

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Por Kevin Stiven Ramírez Quintero

Formado en la Pontificia Universidad Javeriana. Interesado en temas musicales, deportivos, culturales, turísticos, gastronómicos y tecnológicos. Le gusta realizar crónicas, trabajar temas en tendencias SEO y la cobertura de eventos en vivo de alcance internacional. Ganador del Premio Simón Bolívar en 2021.@kevins_ramirezkramirez@elespectador.com

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