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Qué pasa en nuestro cerebro cuando vemos películas de amor

Mientras los personajes se enamoran en la pantalla, nuestra mente responde como si la historia fuera propia.

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Redacción Amor
10 de febrero de 2026 - 02:55 a. m.
Foto de referencia: "Mamma Mia!", película de 2008.
Foto de referencia: "Mamma Mia!", película de 2008.
Foto: Cortesía Universal+
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Si hay algo (además del chocolate), capaz de hacernos sentir enamorados, es el arte. La música, los libros y, sobre todo, el cine. Da igual si estamos en pareja o no: ver películas románticas puede reactivar ilusiones, despertar nostalgias o, en el caso de las historias de desamor, sumirnos de lleno en la “tusa”.

Y no es solo una cuestión de sensibilidad, de gusto por el séptimo arte o por el romanticismo personal. Lo que ocurre mientras las vemos tiene que ver con procesos internos que tal vez desconocemos.


Resulta que las escenas románticas activan el sistema de recompensa del cerebro. Esto nos permite liberar dopamina, un neurotransmisor que genera placer y motivación. Pero, además, provoca que estemos a la expectativa de lo que va a suceder. Nos “enganchamos”, nos motivamos a seguir la historia para experimentar la emoción completa. En otras palabras, el cerebro responde tanto a la acción presente como a la acción futura.

Eso explica por qué ciertas películas nos generan interés y emociones similares a las que se experimentaríamos si viviéramos esas situaciones reales de afecto.

Pero las escenas de conflicto, desamor o incertidumbre también hacen de las suyas. En este caso, generan liberación de cortisol y adrenalina, hormonas relacionadas con la respuesta al estrés y la atención. Este mecanismo nos permite entender por qué las películas románticas no solo producen placer, sino también tensión, nerviosismo o miedo durante momentos de “conflicto”.

Es decir: podemos enamorarnos, desenamorarnos, odiar al ex de la protagonista, llorar o perdonar al villano cuantas veces queramos durante un filme. No hay límite: no es la vida real.

Ahora, volviendo al sistema de recompensa, es importante mencionar a la oxitocina, que se libera durante interacciones sentimentales observadas en pantalla. Esta hormona está vinculada a la confianza y la conexión emocional, y permite que el espectador sienta cercanía con los personajes o incluso con su entorno o su historia: “sí soy”.


¿Había escuchado antes sobre el estado de transporte o la inmersión narrativa?

Aunque una persona que va al cine o elige una película para ver en su televisor sabe que la historia es ficción (incluso si se basa en hechos reales), su sistema emocional responde como si estuviera experimentando los eventos directamente. Entonces, los efectos son comparables a situaciones de la cotidianidad.

¿Y cómo explicamos, al menos científicamente, el hecho de sentirnos tan conectados? Bueno, esto se debe a las neuronas espejo, que, en un lenguaje sencillo, son las responsables de la simulación de emociones ajenas. Si vemos a otro experimentar felicidad, dolor o deseo, son ellas las que permiten que el cerebro “repita” internamente la emoción.

Por esta razón nos sentimos como el o la protagonista. Es genuino, personal. Nos vemos representados mediante vínculos prestados.

Y créanos: esto tiene sus ventajas.

Las películas románticas funcionan como un campo de observación, de análisis y de aprendizaje emocional. Por eso, a medida que crecemos vamos deconstruyendo ciertos ideales románticos que tal vez adquirimos en ese proceso. Y, por supuesto, generamos otros nuevos. Así, es posible analizar cómo la gente toma decisiones, cómo se expresan (o no) las emociones y cómo se resuelven conflictos.

La mejor parte: todo desde la distancia, pero sintiéndonos parte del cast.


¿Qué película romántica que logró revolverle el estómago recuerda? ¿Cuál es su favorita? Lo leemos en los comentarios.


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Por Redacción Amor

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