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‘Relaciones kármicas’: una forma de explicar los amores desgastantes

¿Cree usted en las vidas pasadas y los reencuentros?

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Redacción Amor
22 de febrero de 2026 - 01:36 a. m.
El Karma se puede manifestar de forma física, verbal, o energética.
El Karma se puede manifestar de forma física, verbal, o energética.
Foto: Pixabay
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Dicen que no conocemos a nadie por casualidad. Que cada persona que llega a nuestra vida aterriza con un propósito: traer felicidad, provocar dolor o dejar un aprendizaje. Que algunos rostros resultan extrañamente familiares, como si no fuera la primera vez que nos cruzamos.

¿Cree usted en las vidas pasadas y los reencuentros?

Pues bien, hoy hablaremos de las relaciones que se sienten magnéticas, inevitables —aunque suene cliché—. Nos referimos a las relaciones kármicas: esas en las que terminan, vuelven a empezar, se prometen cambiar para que todo funcione, hay otra ruptura...

Puede que para usted la historia parezca ir hacia algún lado, pero en realidad siempre gira sobre el mismo punto. Cuando el ciclo se repite, muchas personas recurren a esta explicación espiritual para intentar darle sentido al caos.

¿De qué se trata?

El término “relación kármica” es bastante popular y utilizado en discursos holísticos para darle una categoría o explicación a los vínculos que se asumen o se sienten predestinados.

Podríamos decir que una relación de tal índole sería el encuentro (o reencuentro) entre dos personas que tienen algo pendiente por resolver o una lección que aprender, juntas o no.

Y sí: debemos admitir que la narrativa es bastante seductora, pues logra borrar un poco la idea de la mala suerte, de una relación que no funciona por pura incompatibilidad, que no elegimos seguir tropezando con la misma piedra. Como es un aprendizaje, la responsabilidad recae en el destino, no en nosotros. ¿Quiénes somos para retarlo?

La idea, por supuesto, proviene del concepto del karma, presente en algunas tradiciones orientales (y que también hemos adoptado en occidente), en donde todas las acciones generan consecuencias que pueden trascender el tiempo. Incluso vidas y planos astrales.

Pero el término no pertenece a la psicología clínica y no está descrito como una categoría terapéutica formal. La explicación simbólica, tan válida como cualquier otra, convive a la par con otra , pero menos mística.

“Ya hemos vivido esto antes”

Hemos hablado en otras ocasiones de lo importante que son los vínculos en la infancia. Retomemos: nuestras primeras experiencias afectivas dejan huellas que no se borran tan fácil y logran moldear la forma en la que concebimos el amor.

Si fuimos consolados, ignorados, sobreprotegidos o abandonados (física o simbólicamente), esa memoria emocional, y hasta muscular, logrará guiar cómo nos vinculamos en la adultez.

🗞️A propósito de nuestra ello, lo invitamos a leer: Amar a través de las heridas de la infancia

Si alguien creció con una definición de amor intermitente —a veces disponible, a veces distante— es probable que en el futuro sienta una atracción inexplicable por dinámicas que reproducen esa misma alternancia. Es decir, si de pequeño sintió que tenía la misión de cambiar a alguien, que debía demostrar que valía la pena o perdonar hasta el cansancio para recibir cariño, puede que ninguno de los comportamientos dolorosos, dañinos o tóxicos los perciba como amenaza, sino como algo familiar.

Es una zona de confort bastante dolorosa, aunque suene irónico.


Por eso ese “reencuentro de almas” también puede corresponder a un patrón aprendido. Encontremos otras cosas en común: la pasión desbordada y los conflictos que se viven de la misma manera, y no olvidemos las reconciliaciones, que son un verdadero idilio.

El problema es que nuestro sistema nervioso no distingue bien entre un emoción así de intensa y un vínculo saludable. Ese vaivén puede generar una respuesta casi adictiva, porque funciona bajo la alternancia entre euforia y angustia. Ambas activan los mismos circuitos.

El dilema que algunos encuentran en las etiquetas

Cuando el conflicto se convierte en una “lección del universo”, el desgaste relacional puede volverse justificable. Es difícil poder identificar que se trata de un relación dañina, pues cualquier indicio de que el vínculo debería acabar se reinterpreta como una prueba necesaria. ¿Para qué? Para evolucionar, para superarla y, por fin, ser felices. La ruptura parece no ser un límite o una solución.


Y es que creer que algo está escrito en las estrellas puede retrasar decisiones necesarias. Es como si lo romantizáramos: en una sociedad como la nuestra, que exalta la intensidad, el drama y la idea de que “lo difícil vale más”, no es raro que los vínculos que nos ponen en peligro (no es metáfora) se interpreten como especiales. La calma, en comparación, puede parecernos aburrida.

Si usted tuviera la oportunidad de describir su relación, y la mayoría de pensamientos apuntaran a que “hay buen sexo, por eso olvidamos los momentos de quiebre emocional”, “es imposible que nos dejemos”, “nos hacemos daño, pero necesitamos estar juntos”, “es como si tuviéramos un imán”... vale la pena entender que romper un ciclo no niega el aprendizaje y, de hecho, lo confirma.


🗞️Si este tema le interesa, puede echarle un ojo a: Carrie Bradshaw y el ‘efecto Mr. Big’ en las relaciones intermitentes

Si el adjetivo kármica nos ayuda a reconocer patrones y asumir responsabilidad emocional, puede tener un valor narrativo. No estamos asignándole la categoría de inválido, pero, si por el contrario, sirve para permanecer en dinámicas que erosionan la autoestima o los límites personales, se convierte en una trampa.


¿La intensidad es señal de amor o de alerta? Cuéntenos qué opina. Lo leemos en los comentarios.


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Por Redacción Amor

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