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¿Alguna vez le ha pasado que el físico de una persona no le resulta especialmente atractivo, pero aun así le gusta? Que su forma de hablar, la manera en que le explica algo, sus conocimientos sobre un tema o la seguridad con la que se expresa despiertan algo difícil de nombrar, pero imposible de ignorar.
Si le suena familiar, no está solo. Cuando la forma de pensar se convierte en el principal detonante del deseo, hablamos de sapiosexualidad: una atracción que nace en la mente y que no distingue género, sexo ni condición social.
¿Cómo se vería esto si pudiéramos entrar en la mente de alguien sapiosexual? En lenguaje de memes, más o menos así:
Como ocurre con muchos términos relacionados con estas nuevas formas de vivir el amor y el gusto, este también genera cierta incomodidad en algunas personas. ¿Por qué? Porque hay quienes sienten que puede sonar excluyente, sobre todo porque la inteligencia no es un concepto único ni universal. Es decir: no es medible, no existe un criterio para evaluar porque es algo subjetivo. Lo que para mí es inteligente, para otro puede ser apenas común.
Sin embargo, quienes se identifican con esta forma de atracción suelen aclarar que no se trata de desvalorizar a nadie, sino de ponerle nombre a aquello que les resulta atractivo.
Cuando la mente pesa más que el físico
Desde la psicología y la sexología se suele explicar que no funciona como una orientación sexual, sino como una preferencia. Es decir, una persona puede identificarse como heterosexual, homosexual o bisexual y, al mismo tiempo, sentirse especialmente atraída por la inteligencia de otros, sin que eso defina por completo su identidad sexual.
En Selia, específicamente en su blog de salud mental, señalan que el deseo no sigue reglas fijas ni categorías cerradas. Al contrario, se construye a partir de las experiencias, las emociones y los contextos de cada persona, lo que ayuda a entender por qué algunas encuentran en la conexión intelectual un elemento central de atracción.
El portal también explica que la psicología evolutiva ha estudiado cómo la inteligencia y ciertas habilidades cognitivas han sido vistas históricamente como cualidades atractivas en los vínculos afectivos. En las personas que se sienten atraídas por esto, la diferencia está en que, si lo pusiéramos en una balanza, la sabiduría adquiere mucho más peso. Es prioridad, incluso por encima de la apariencia física.
Por eso, en las relaciones sapiosexuales, una buena conversación suele ser el primer punto para que las personas conecten. El deseo, e incluso el placer, se activan gracias a las ideas, preguntas y discusiones interesantes. Esto no excluye la atracción física o emocional, porque igual existe, pero sí marca que, para muchos, todo empieza —principalmente— en la mente.
Creo que soy sapiosexual... ¿por qué?
Porque en su forma de vincularse la atracción depende de la interacción, de la conversación, de la forma de explicar ideas y la posibilidad de intercambiar puntos de vista. Conocer cómo piensa la otra persona, cómo argumenta o cómo desarrolla un tema es lo que activa en usted el deseo o el gusto.
También porque, además de estar interesado en escucharlos, le atraen quienes muestran interés genuino por comprender y explorar temas diversos. La sapiosexualidad puede ser la explicación, entonces, de que imagine y aspire a construir una relación basada en el intercambio intelectual y el entendimiento.
¿Le ha pasado que una buena charla cambia por completo cómo ve a alguien? Lo leemos en los comentarios. Recuerde que puede enterarse de otras noticias y tendencias sobre Amor aquí, en El Espectador.