No todo enamoramiento intenso es patológico. ¿Quién no tuvo un crush o traga maluca en algún momento de la vida, sin importar la edad? Los escenarios ficticios forman parte de la experiencia afectiva y es algo común en los llamados amores imposibles.
Pero existe una diferencia —y es una muy grande— entre fantasear con que alguien podría corresponder a un sentimiento y estar convencido de que ya lo hace, incluso cuando no hay señales que lo respalden.
Este trastorno, también conocido como síndrome de Clérambault, recibe ese nombre por el psiquiatra francés Gaëtan Gatian de Clérambault, quien en 1921 describió de manera sistemática lo que llamó “psicosis pasionales”. En sus estudios observó pacientes que afirmaban con absoluta convicción que eran amados por alguien —a menudo una figura de estatus superior— pese a no tener pruebas ni contacto real con esa persona. Desde entonces, el diagnóstico quedó asociado a su apellido.
Vayamos encontrando los límites entre las situaciones que mencionamos al inicio.
Es importante entender que, si hablamos de un trastorno, este no gira alrededor de amar obsesivamente a alguien, sino de la certeza de que el otro está enamorado. No se trata de una ilusión romántica, porque en realidad no existen interacciones suficientes (o ninguna) para que haya esperanzas al respecto.
Hay un gran abismo entre sentir atracción por Jacob Elordi y estar convencido de que sus entrevistas, sus fotos o sus acciones públicas contienen mensajes cifrados exclusivamente para uno. Soñar no cuesta nada, pero asumir que eso es real... sí.
En el portal Psicología y Mente, la psicóloga Isabel Rovira explica que este comportamiento se clasifica dentro del trastorno delirante de tipo erotomaníaco y se caracteriza por la creencia infundada de que otra persona mantiene sentimientos románticos hacia quien lo padece. En muchos casos apenas y existe contacto real entre ambos. Aun así, al presentar tal delirio, cualquier acción puede convertirse en una prueba de ese amor inexistente.
Según la persona que experimenta el síndrome, una mirada, el silencio, una coincidencia o hasta el mismo rechazo pueden reinterpretarse como un “código”. Es como jugar al gato y al ratón: en su mente se organizan los hechos hasta que encajan con la narrativa del “amor correspondido”.
¿Qué diferencia a la erotomanía de tener un amor “platónico”?
Inicialmente, la distancia. En un enamoramiento no correspondido hay dolor y frustración, pero también existe la posibilidad de asumir que el otro no comparte el sentimiento. O de que algún día las cosas van a cambiar —sin forzarlo—. En la erotomanía, ningún rechazo es obstáculo, no invalida la creencia. Es como si la imposibilidad la alimentara. Por ejemplo, se cree que si la persona se distancia es porque intenta “ocultar” el amor; si no responde, es porque le da miedo un escándalo; si niega el “vínculo” (inexistente en la mayoría de los casos), es porque lo quiere proteger.
El psiquiatra forense Lisandro Durán Robles, instructor y psiquiatra asociado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia, señala en la Revista Forenses que este delirio aparece con mayor frecuencia en mujeres y suele centrarse en un hombre mayor que, según la interpretación delirante, le comunica su amor mediante “signos secretos”. Ojo: no significa que no pueda presentarse en hombres o en otras configuraciones relacionales.
También advierte que puede surgir una irritación intensa hacia el supuesto enamorado cuando este rechaza el vínculo. Ese sentimiento desbordado llega a convertirse en obsesión.
El riesgo que corre la salud mental
Desde el psicoanálisis, Sigmund Freud propuso una especie de fórmula que ayuda a entender esta inversión afectiva: “Yo no le amo a él; la amo a ella, porque ella me ama”. Citado por Durán Robles, ese planteamiento también sugiere que el delirio puede operar como defensa frente a conflictos internos. Es decir, la raíz del problema no está en el deseo de amar, sino en la convicción de ser amado.
Clínicamente, la erotomanía puede aparecer asociada a trastornos como la esquizofrenia, el trastorno bipolar o ciertos cuadros depresivos con síntomas psicóticos. También se habla de aislamiento social extremo o de soledad prolongada como parte de las consecuencias.
Pero fuera del tema amoroso, la persona puede desenvolverse con normalidad, porque el delirio no necesariamente invade todas las áreas de su vida.
Según Rivera, uno de los casos más conocidos fue el de John Hinckley Jr., quien en 1981 intentó asesinar al entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, convencido de que ese acto haría que la actriz Jodie Foster se impresionara y “declarara” públicamente su “amor” por él. Un ejemplo que nos da luces sobre hasta qué punto una construcción delirante puede traducirse en conductas de alto riesgo.
El tratamiento sugiere que debe tomarse tanto psicoterapia como medicación antipsicótica. Aunque la intervención puede disminuir la intensidad del delirio, no siempre logra eliminarlo por completo y en algunos casos puede volverse crónico.
¿Había escuchado este término antes? Lo leemos en los comentarios.
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