En medio de las conversaciones que se han abierto sobre la monogamia —y las prácticas que van en dirección contraria a ella—, hoy queremos detenernos en un término que quizá usted no haya escuchado y que podría generarle algunas dudas y curiosidades: la agamia.
Se trata de una postura, de un estilo de vida, que cuestiona varias nociones asociadas al amor romántico, en especial aquella que ubica a la pareja como el eje central en la vida de una persona. Parte, además, de una crítica a ese conjunto de normas culturales que dictan cómo deben vivirse las relaciones, qué expectativas se consideran legítimas, qué metas se suponen obligatorias y qué lugar se le otorga al enamoramiento.
Porque, ¿realmente existe una forma “correcta” de organizar la vida afectiva? ¿Quién lo decide?
Pero desentenderse de esas creencias no limita la capacidad de querer, de amar, de desear o de generar apego. La experiencia humana está compuesta de cosas inevitables. Por ende, tampoco implica la ausencia de vínculos afectivos. El debate gira más bien en torno al lugar que ocupa la pareja dentro del esquema social, al porqué se le concede un estatus preferente, en especial cuando es monógama y heterosexual, y cómo hemos convertido el amor en una medición del éxito.
Una “crítica” a la jerarquía afectiva
El faro de luz para vivir el amor no es precisamente un noviazgo, así como tampoco lo es el matrimonio. Aunque, repetimos, no significa que las personas agames se priven de experimentarlos.
Sucede que, en muchas sociedades (incluyendo la nuestra), es la pareja quien ocupa el nivel más alto en nuestras prioridades. Hay quienes creen que organizan su tiempo, sus necesidades y sus proyectos, pero en realidad, y según este modelo, perdemos parte de nuestra vida intentando construir una nueva al lado de alguien más.
En ese orden, el plan de la agamia es restarle importancia a esa costumbre heredada y alimentada en el tiempo gracias a lo social y lo cultural: se nos ha enseñado que lo romántico, la espera, el perdón y el sacrificio siempre deben estar por encima de todo.
Y una de las claves para ello es revisar y cambiar lo que se entiende por exclusividad, desmontar la idea de que cuando alguien está enamorado todo se le perdona o la costumbre de disfrazar ciertas actitudes de control como “pruebas de amor”.
Pero no, no es lo mismo que estar soltero u odiar el amor...
A modo de aclaración, es preciso recordar que la soltería describe una situación sentimental, mientras que la agamia es una posición ética o política frente a cómo se deben llevar las riendas de nuestros vínculos.
Esta visión no tiene que ver necesariamente con tener varias relaciones al mismo tiempo, como pasa con el poliamor, por ejemplo. No lo determina una orientación sexual o una preferencia frente a la monogamia. Lo importante, entonces, es cuestionarnos y evitar actuar por inercia. Porque, más que una moda, estas decisiones también forman parte de un debate amplio (e incluso antiguo) sobre autonomía, afectos y formas de relacionarnos en el siglo XXI.
¿Qué cree usted? ¿Vale la pena replantear el lugar que le damos a la pareja en nuestra vida? Lo leemos en los comentarios.
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