Bogotá

12 Feb 2017 - 2:00 a. m.

Cuando el asesinato es lo cotidiano

Así es el día a día en Medicina Legal, el instituto encargado de determinar las causas de las muertes violentas.

JAIME FLÓREZ SUÁREZ

No tiene claras las cuentas, pero calcula que ha examinado cerca de 1.500 cadáveres de personas que fallecieron en hechos violentos. Para la patóloga Mabel Sulbarán, directora regional de Medicina Legal, la muerte hace parte de la cotidianidad. Ha aprendido de ella, la respeta y hasta le tiene cierta confianza. La conoce bien. A diario la ve de frente. Al menos tres personas son asesinadas cada día en Bogotá, sin contar las que se suicidan y las que mueren en accidentes de tránsito. Todas llegan al instituto.

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La estadística del Instituto de Medicina Legal dice que el 2016 fue el año con la menor tasa de homicidios en la ciudad de los últimos 40 años. Más allá de las luces que dan eso números, el factor humano del homicidio se capta en el día a día del instituto. Incluso, su edificio parece conectado en calma con la tragedia.

Al otro lado de la entrada, reunida alrededor de una banca, una familia, ocho mujeres, lloran por primera vez a su muerto. Es una escena de cada día. Esa mañana, la madre recuerda la nobleza del muerto y acusa de cobarde al asesino. Los forenses le acaban de dar los detalles del crimen. Lo apuñalaron por la espalda.

Todas las mujeres la escuchan, juntas en un abrazo y un sollozo colectivo. Mientras, un encorbatado vendedor de servicios funerarios merodea alrededor de la familia, como calculando el momento para empezar a hablar de negocios. De fondo suena música marcial. La banda del batallón de Reclutamiento, que ensaya al costado sur del parque Tercer Milenio, termina poniéndole la nota solemne a la escena del dolor.

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Esa rutina de la muerte ha sido parte del trabajo de Sulbarán durante los últimos 20 años. Cuando llegó al instituto había en promedio 10 asesinatos diarios en Bogotá. Hoy son tres. Aunque las cifras muestran el panorama, hay asuntos del crimen que sólo se conocen viendo sus efectos. Sulbarán dice, por ejemplo, que la violencia siempre ha sido muy particular, incluso tiene ciclos. Lo ilustra con un caso: de cuando en cuando las oleadas de delincuencia obligan a las autoridades a hacer redadas para incautar armas de fuego en toda la ciudad. Entonces los cadáveres empiezan a llegar con heridas de cuchillos o puñales. Pasan meses así, las armas de fuego vuelven a regarse por la ciudad y el ciclo vuelve a comenzar.

En el 2000, por ejemplo, empezaron a llegar cadáveres con quemaduras en las orejas. Ella identificó el patrón. Meses después, los investigadores supieron qué había detrás de esas lesiones. Una banda criminal andaba en plan vendetta y en sus disputas torturaba a sus enemigos. Con ganchos, les conectaban las orejas a baterías de carros para pasarles electricidad.

Sulbarán lleva tanto tiempo allí que su precisión para determinar las circunstancias de los asesinatos se ha aguzado a tal punto que, sin siquiera ver los cadáveres, sólo con leer el informe escrito que recibe, es capaz de inferir lo que sucedió. Al examinar el cuerpo, seguir las heridas, el camino de los sangrados y el rastro de las lesiones internas, suele corroborar sus impresiones iniciales.

Pero la experticia le ha costado momentos difíciles. Uno de ellos, del que más aprendió, fue el siniestro de un avión de la aerolínea ecuatoriana Tame, en 1998. En la mañana lluviosa del 20 de abril despegó un Boeing 727 con 53 personas a bordo, rumbo a Quito. Los pilotos se distrajeron con unos vientos cortantes y no dieron el giro de 90 grados necesario para evadir las montañas bogotanas. Se chocaron contra el cerro El Cable. Todos murieron. Los cuerpos quedaron despedazados y calcinados, tanto que uno de los primeros rescatistas en atender el choque comentó: “Señores, no hay cadáveres”. Así le llegaron a Sulbarán los cuerpos, por partes, y ella tuvo que analizarlos.

Pese a los años de fogueo, aún la golpea el contacto con la muerte. Hay días en los que llega a su casa en silencio, con el único deseo de tomar un baño. Sus hijos ya saben leer sus emociones; comprenden que fue un día difícil. Generalmente son los días en los que tiene que atender asesinatos o abusos de niños. Es su día a día.

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A las afueras de Medicina Legal, la familia sigue en su pena. Ahora están rotándose el Q’hubo, el diario popular que lleva el registro de la muerte. Esta vez, su pariente es portada. En una página interior terminan de ponerse al tanto de los detalles del asesinato. En esas pasa un camión blanco. Le abren un portón. Salen algunos empleados. Con calma, se ponen tapabocas, gorros y batas blancas y cargan un cadáver a la carrocería. Es la cotidianidad de la muerte.

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