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30 Jan 2008 - 10:17 a. m.

El crimen de la casona blanca

En lo que va corrido del año, 69 personas han sido asesinadas en Bogotá. Las últimas muertes han sorprendido por la crueldad de los hechos, como en este caso.

Carolina Gutiérrez

Pocas veces en la historia de las ciencias forenses, un mismo cadáver ha sido examinado por dos equipos de investigadores al mismo tiempo pero en lugares diferentes. Así terminó la primera parte de la historia de Ignacio Higuera Sandoval, el hombre de 69 años a quien los vecinos y familiares describían como un ermitaño que sólo abría la boca para orarle a la Virgen del Carmen, y quien salía de su casa para conseguir alimentos y agua, porque hacía años vivía sin servicios públicos. Su cuerpo fue encontrado el 23 de enero, a la madrugada, en dos maletas distintas.

El laboratorio 35 de Medicina Legal fue el encargado de examinar la maleta negra que los agentes de la Policía encontraron en un Corsa modelo 2004, ubicado en el barrio El Polo ( calle 87 con carrera 23), en la que los asesinos habían escondido la parte superior del descuartizado. El hombre, moreno, de nariz grande y cabeza rapada, fue torturado, asesinado, partido en dos y después, incinerado. Aunque la Policía Metropolitana después explicaría que “el cuerpo no estaba consumido totalmente. Es como si hubieran querido apagar el fuego porque no se consumía rápido”. El torso estaba cubierto  por una camisa manchada y una chaqueta negra. Los ojos cerrados, las cejas y pestañas consumidas, la cara ennegrecida, la boca abierta y, sobre el labio superior, restos del bigote incinerado. A su mano derecha le faltaba el dedo índice.

Al mismo tiempo, por el barrio Colombia, en la calle 70A con carrera 23, el laboratorio 37 examinaba la otra maleta, de color café, que ocultaba la parte inferior del cuerpo encubierta con bolsas negras. La pierna derecha reposaba sobre la izquierda, las quemaduras se confundían con pedazos del pantalón calcinado que se había adherido a la piel y un zapato carbonizado cubría uno de los pies. El tercer escenario del crimen, o el primero, si la reconstrucción es cronológica, era la vieja casona del barrio Chapinero en la que vivía Ignacio Higuera desde hacía 38 años. Allí, en la  “casa caída”, según descripciones que daría la Policía Metropolitana, estaba el laboratorio 21 examinando el lugar de los hechos.

La casa, blanca, de tres pisos, descolorida por la lluvia y curtida por el tiempo, con las ventanas cubiertas por cartones simulando vidrios que fueron rotos por algún caminante, ha parecido durante los últimos 20 años un escenario de terror. Adentro, el piso de madera estaba destruido; los muebles del comedor y de la sala, arrumados en una habitación. Dos colchones deshilachados, algunas ollas y platos para servir la comida que le regalaban los vecinos o la iglesia de Lourdes que a veces visitaba, completaban el siniestro decorado. En la madrugada del 23 de enero aparecieron una pala, pica, martillo, una sábana blanca ensangrentada, manchas de sangre, y un hilito rojo que se desprendía hasta la entrada de la casa. En el interior de una maceta, los investigadores hallaron algunos restos  del hombre. En el patio, las paredes ya sucias estaban ennegrecidas por el humo, explicaría la Policía.

El humo que salía del patio fue el que alertó a los vecinos, quienes advirtieron a las autoridades. Según las denuncias, tres ladrones habían robado los cables de la luz y los estaban incinerando en la casona de tres pisos para sacar el cobre. Cuando la policía atendió el llamado, los tres hombres salían de la casa con dos maletas, la negra y la café, que llevaban a Ignacio Higuera descuartizado en dos partes, todavía con olor a cenizas, todavía con algunos rasgos intactos, como la nariz grande y los labios carnosos.

Entonces llegó la policía, que cruzó disparos con los asaltantes. Uno de los hombres huyó. Se inició la persecución, y a ésta le siguieron la encrucijada del carro en un callejón sin salida, y las explicaciones de los dos presuntos asesinos (Fernando Augusto López de 21 años y Jorge Hernán Penilla López de 32), “que manifestaban no saber nada, sin haberles preguntado —contaría el mayor Jairo de la Cruz, Jefe de homicidios de la Sijín—. Decían que los habían invitado a un robo y su trabajo era sacar las maletas de esa residencia”. Luego de las explicaciones no pedidas, de la detención de los dos hombres, de acordonar la escena del crimen y de la llegada de Medicina Legal, se abrieron las maletas, casi al mismo tiempo pero en lugares distintos, y apareció el cuerpo de Higuera  partido en dos.

Su asesinato fue  en la  vieja casona que había comprado en 1975 para vivir con su familia, la que arrendó por un tiempo y a la que después regresó para no volver a salir, ni siquiera por la petición de sus seres queridos, o  por las ofertas millonarias para que la vendiera. Hay quienes aseguran que lo mataron por eso. Él se quedó. Aprendió a vivir sin luz y con agua recogida en las casas vecinas, con el mercado de la iglesia, con los vidrios rotos y hasta con las ratas que amenazaban con devorarse su comida. Los vecinos se acostumbraron a su silencio, apenas interrumpido por las oraciones.

Con la noticia del descuartizado comenzaron a surgir, cada vez más fuertes, los rumores de un ajuste de cuentas de bandas del narcotráfico del Valle que se desplazaron a la capital, y de la relación que tendría este hecho con los otros dos que escandalizaron a Bogotá la última semana: el del hombre encontrado en el baúl de un carro por la autopista norte a la salida de la ciudad, y el de la  comerciante de 36 años que fue asesinada a la entrada de un gimnasio ubicado en el sector de la Colina Campestre.

Ahora, con la captura de los dos hombres que no aceptaron los cargos pero tienen medida de aseguramiento sin beneficio de excarcelación, se habla de una banda específica: “Rastrojos”, el brazo armado del narcotraficante Wílber Arilio Varela, alías Jabón. En el caso  de Ignacio Higuera se dice que los hombres de Jabón lo buscaron porque tenían información de una caleta escondida en la casona vieja y curtida. Lo presionaron con golpes, lo torturaron para que hablara pero no soportaron el silencio del viejo y lo mataron.

La última vez que lo vieron los vecinos fue el miércoles por la tarde. Salió con los tarros de siempre a pedir agua. Últimamente lo hacía en los moteles que abundan por esa zona. En cambio, su familia no lo veía desde noviembre. En ese mes lo visitó una sobrina, pero como siempre, el viejo la recibió en la puerta de la casa. No la dejó pasar. Así sucedió con todas las visitas de familiares y pocos amigos en los últimos años. Los recibía a la entrada de la casona. No tenía esposa ni hijos. Estaba solo porque esa era su decisión, como diría un conocido suyo. Optó por llevar la vida de ermitaño, solo, con los baldes de agua que ocupaban toda la cocina y con las ratas que disputaban su comida y con los vidrios rotos. Nadie lo convenció de que abandonara la casona, pero dos hombres lo sacaron cuando ya no tenía voluntad, cuando ya no vivía. Después de varios meses la familia lo volvió a ver a través de unas fotografías y un video que parecen de terror: dos maletas, el cuerpo partido por la mitad, la piel calcinada y dos hombres cubriéndose el rostro, mientras argumentan: “No entendemos qué pasa, no sabíamos qué había en esas maletas”. 

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