Bogotá

28 Feb 2012 - 10:55 p. m.

El regreso del agua

Tercera y última entrega del especial de páramos, a partir del proyecto que busca construir un corredor ambiental que garantice el abastecimiento de agua para Bogotá en el futuro.

Juan Camilo Maldonado T.

El 7 de diciembre fue siempre una de sus fechas favoritas. Cuando era niño, Vicente Vela se unía a los vecinos de su vereda que se congregaban alrededor de enormes pilas de frailejones. Entonces, bastaba con una pequeña chispa para que el fuego se contagiara entre las hojas. Cada año, el día de las velitas, en la vereda Margaritas, en el páramo de Sumapaz, era una fiesta luminosa e inolvidable.

Así fue creciendo don Vicente y así se fue consumiendo el páramo. La ceniza que quedaba de la quema abonaba generosamente el suelo, para que durante las semanas siguientes, primero a punta de azadón y años después con tractor, la comunidad plantara papa y pasto para el ganado, penetrando las colinas del páramo.

Es difícil calcular la magnitud del daño. Pero al caminar por el Páramo de Sumapaz, el más grande de todo el país, el avance de la depredación se hace evidente: los sembrados parecen manchas de petróleo negras, geométricas, que avanzan hacia el tope de la montaña, mordiéndole espacio a los mantos verdes de frailejones.

Vicente ya no es papero. A él, a su esposa y a sus dos hijos, les toca “comprar la papita”, pues desde hace un tiempo dejaron el cultivo y se convirtieron en los administradores de un pequeño vivero, a orillas del río Chusacá, justo en ese extraño lugar del Sumapaz donde el páramo se estrella con la ciudad, en la localidad de Usme.

Río arriba está la sagrada laguna de Los Tunjos; río abajo, el embalse de La Regadera, represa que recoge las aguas heladas de Sumapaz para surtir de agua a buena parte de los bogotanos del sur de la ciudad.

A medio camino entre la laguna y el embalse, el vivero que cuida con paciencia la familia Vela ha venido llenándose de tallos de pentacalia y de lupinos de flores púrpuras que están a punto de brotar. También hay miconias con flores diminutas y clethras de hojas verdinaranjas. En total, unas 40 especies crecen tímidamente en este espacio que no es más grande que una cancha de baloncesto, pero que tiene grandes aspiraciones.

“Este es un modelo de recuperación de páramos que podría ser replicado en el resto de los páramos que rodean el distrito”, dice Olga León, miembro del grupo de restauración ecológica de la Universidad Nacional. León lidera la lucha contra el retamo espinoso, esa planta expansiva que está pasando desapercibida para la mayoría de la gente mientras que se devora el ecosistema paramuno.

León es una experta en la materia, pero no la tiene fácil. En los últimos años, y con una inversión de $800 millones, su equipo, junto a la familia Vela, ha logrado arrebatarle al retamo espinoso 29 hectáreas del Sumapaz y convertirlas de nuevo en un sistema ecológico complejo gracias a las plantas que crecen en el vivero.

Pero 29 hectáreas son apenas un suspiro en un parque nacional natural de 154.000 hectáreas que, durante las últimas décadas, quedó en manos de la guerrilla o el Ejército, y en donde aún hoy no hay una sede de Parques Nacionales pero sí un batallón del alta montaña.

Lejos de ahí, en las oficinas del área ambiental de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, Martha Cruz lleva nueve años devanándose los sesos para crear un esquema a gran escala de recuperación de los páramos de Bogotá. Es un proyecto ambicioso, que cubre una extensión que comienza en el Páramo de Guerrero, hoy amenazado por paperos, mineros y el malicioso retamo, pasa por Chingaza, donde hoy sólo sobreviven 12 osos de anteojos y se produce el 80% del agua que consumen los bogotanos, y termina en el Sumapaz, “el páramo más grande del mundo”, “reserva biótica de los Andes colombianos” y “una de las mayores reservas hídricas de Colombia”.

Inicialmente, el proyecto se llamó Corredor de Conservación Guerrero-Chingaza-Sumapaz. Hoy, quienes lo conocen lo llaman el proyecto de los Tres Páramos. Un concepto más mercadeable, fruto de la persona que, aseguran, se ha convertido en su principal abanderado: el alcalde Gustavo Petro, quien supo del trabajo de Cruz hace algunos meses, cuando comenzaron las reuniones de empalme entre las administraciones entrante y saliente.

Pero lo que Cruz y el resto de su equipo han diseñado es mucho más que el fruto de un empalme. Desde 2003, esta profesional ambiental se dedicó a identificar la manera en la que se podían utilizar los entonces recién creados mecanismos de desarrollo limpio, instaurados en el Protocolo de Kioto de 1997, para promover la protección de los sistemas de agua de Bogotá.

Primero dio con una idea: crear un generador de energía en Santa Ana, aprovechando la caída del agua que sale de Chingaza y llega a Bogotá por La Calera, para luego vender en los mercados internacionales los kilovatios de energía generada traducidos en certificados de reducción de emisiones de dióxido de carbono (CRE). La idea le dio resultado.

Desde que fue construido el generador, el proyecto ha producido $1.630 millones gracias a los certificados de reducción de emisiones, que han sido reinvertidos en la conservación del páramo.

Ahora, el reto de Cruz es a gran escala. Necesita convencer a los pesos pesados de la política ambiental para que financien la recuperación de las 174 mil hectáreas que cubre el proyecto de reforestación de los Tres Páramos (en total el Corredor de Conservación cobija cerca de 600 mil hectáreas), a través del cual se aspira emitir certificados de emisión que rueden en los mercados internacionales.

La lógica es elemental: “Con este proyecto buscamos mitigar los efectos del calentamiento global, y a su vez generar una fuente de ingresos para motivar acciones de adaptación y protección de los páramos, de cuyo sistema depende nuestra agua”, dice Cruz.

El equipo aspira a lograr, entre 2012 y 2041, la recuperación de una tercera parte del corredor. Sus proyecciones estiman que, de triunfar, podría ahorrarse la emisión de seis millones de toneladas de dióxido de carbono, lo que a su vez implicaría la entrada de alrededor de US$ 52,9 millones en certificados verdes, que luego serían reinvertidos en la ampliación de programas de protección que multipliquen viveros, como el que vigila, con lealtad, don Vicente.

Recuperar un corredor tan vasto requiere de US$158 millones, cifra considerablemente superior a las ganancias que se estiman en el mercado de bonos verdes.

Los gestos del alcalde Petro parecen haberlos entusiasmado. Dicen, quienes lo vieron, que bastó con escuchar la idea para que el alcalde dijera que los tres páramos serán la punta de lanza del reordenamiento ambiental de Bogotá. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho. Por ahora, Martha, Vicente, Olga necesitan que varios le apuesten a su sueño. De eso depende el agua de los bogotanos.

¿Cómo llegar a Sumapaz?

Para llegar al páramo de Sumapaz hay que seguir por la vía que conduce de Bogotá a Usme. Después de llegar a la localidad es necesario conducir 31 km más (dos horas de recorrido) por carretera destapada en buen estado, antes de llegar a la laguna de Chisacá, que marca el inicio del parque.

Aunque el ecoturismo no es una actividad regular en la zona, sí hay senderos naturales a través de los cuales los visitantes pueden llegar la laguna de Chisacá, la laguna Negra, la Bocagrande y el pantano de Andabobos, principales sitios de interés del páramo.

Comparte:

Regístrate al Newsletter de hoy

Despierta con las noticias más importantes del día.
Al registrarse, acepta nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
X