Bogotá

16 Mar 2012 - 9:59 p. m.

Jardineros insurgentes

Un grupo de diseñadores siembran plantas en la ciudad para transformar espacios que eran inhabitables.

Santiago Valenzuela, especial para El Espectador

Dos diseñadores, María José Olmos y Santiago Mejía, se han propuesto cambiar el asco y la inseguridad que provocan muchas esquinas de la ciudad. Con arte, con siembra de plantas, buscan transformar la hostilidad de los espacios urbanos. ¿Cómo lo logran? Con jardinería insurgente.

Olmos y Mejía son miembros de Casaentrecomillas, un grupo de artistas bogotanos que un día, cansados del mal estado de la calle donde se encontraba su oficina, en el barrio Teusaquillo, emprendieron la tarea de alterar el espacio urbano. Los resultados fueron sorprendentes.

“Durante dos años era recurrente encontrar en el callejón de la calle 45 basura esparcida por el suelo, heces fecales y un insoportable olor a orines. Entonces nos pusimos a imaginar una cuadra diferente, una suerte de ‘barrio artístico’, en donde el arte empezara a ocupar cada rincón del callejón, y así construir un lugar más amable para con-vivir”, comentan los diseñadores.

La cosa se habría quedado de esas dimensiones, pero en 2011 los miembros de Casaentrecomillas supieron de una convocatoria del Distrito orientada a localidades “culturalmente activas”. Propusieron el proyecto de jardines insurgentes y se ganaron el dinero. Con él convocaron a otros colectivos a unirse a una gran campaña de siembra de jardines en otros puntos de la ciudad.

“Observamos la cartografía de la ciudad y creímos que lo más adecuado era intervenir los lugares que estaban más abandonados y en peor estado”, comenta Olmos.

Hoy, este colectivo ha sembrado jardines insurgentes en el colegio Manuela Beltrán (ubicado en la 57 con Caracas), la esquina Cul-de-sac (en la calle 45 con carrera 17), la Redada (una casa ubicada en el centro histórico de Bogotá, en la calle 17 con carrera 2ª) y el río Arzobispo, en la calle 40 con Caracas. Todos eran espacios donde impera la lógica de la inseguridad: paisajes en donde resaltan los consumidores de bazuco, las prostitutas y travestis, y los baños de borrachos y habitantes de la calle.

Los cambios, según los diseñadores, han sido fructíferos. Después de instalar los jardines, Olmos y Mejía han descubierto que el uso y la concepción del lugar ha venido cambiando.

Para lograrlo, la ayuda de los vecinos en el trabajo de siembra ha sido útil. “Doña Ana, una activa participante de la siembra y vecina del lugar, días después de la intervención en el río Arzobispo nos confesó que hace más de cinco años no veía a nadie leyendo el periódico allí”, comentan los líderes de Casaentrecomillas.

Sin embargo, el proyecto tiene sus dificultades. En especial, que algunos jardines insurgentes se deterioran por la problemática del sector: “Las situaciones y los contextos hacen que las dinámicas sean diferentes en cada jardín. Los materiales de las materas, por ejemplo, son muy solicitados por recicladores y habitantes de la calle que ven en ellos dinero, bien sea para comprar alimento o droga. Nuestro trabajo no es asistencialista; los jardines son una posibilidad de cambio, de nuevos paisajes que siempre van a depender de la comunidad para prosperar. Si la comunidad se compromete y tiene el interés y el amor por cuidarlos, prosperan; de lo contrario, mueren por el abandono”, dice María José Olmos.

Para Óscar Iván Salazar, profesor e investigador en temas urbanos de la Universidad Nacional, este tipo de proyectos cambian el significado de lo urbano: “En las últimas décadas, lo urbano ha estado planteado desde la metáfora de ‘la ciudad es una máquina’, lo que implica que veamos un espacio público que se construye para la movilidad, la circulación y otras características relacionadas con la ordenación y regulación de la ciudad. Pero en los jardines insurgentes veo una intención por apropiarse y ocupar el espacio de una forma alternativa a la tradicional. Aquí hay un interés en relación con lo que los ciudadanos pueden aportar a su concepción de ciudad. Se está discutiendo el espacio público desde la estética y cotidianidad de la gente y no de los expertos”.

Casaentrecomillas también trabaja con “intervenciones guerrilla”, que consisten en introducir plantas en los huecos que deja el robo de tapas de los registros del acueducto. Estos huecos, además de causar accidentes, dejan un espacio para que los ciudadanos boten la basura. Hasta el momento, 15 huecos, entre las calles 57 y 39 en la avenida Caracas, se han convertido en pequeños espacios verdes.

Las “intervenciones guerrilla” en ciudades como Londres, Nueva York, Manchester y Berkeley fueron referentes importantes para Casaentrecomillas. La jardinería guerrillera (guerrilla gardening) surgió en 1973, en Nueva York, luego de que una mujer llamada Liz Christy buscara hacer un jardín comunitario en el área de Houston Streets. La idea fue ampliándose a diferentes ciudades de Europa y Estados Unidos, hasta el punto de que en la actualidad están documentadas 30 ciudades que implementan este tipo de agricultura en espacios urbanos.

Ahora, el turno es para Bogotá. Casaentrecomillas adelanta en los barrios La Paz y Egipto un meticuloso “ejercicio etnográfico”, para “ir conociendo a la gente, hablar con ellos, escuchar sus necesidades, y luego intervenir”.

Lo hacen porque están convencidos de que, como explica Olmos, “se puede interrumpir el abandono al que sometemos la ciudad. Creemos que ésta es una buena excusa para fomentar ciudadanías más activas y críticas con los modos como estamos habitando Bogotá”.

Ahora sólo necesitan más ciudadanos que se unan a su causa. Más jardineros insurgentes.

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