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La aristocracia de los perdidos

Liliana Samper, entre la alcurnia y los perros callejeros. Tiene 86 fieles compañeros caninos que se han convertido en la razón de su vida, pero también, en la causa de su  ruina.

María Camila peña

15 de mayo de 2008 - 05:52 p. m.
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Sentada sobre el caballito de metal que su padre, Fernando Samper, le regaló cuando era niña y que a pesar de los años sigue anclado en el patio de la casa en donde ha vivido toda su vida, Liliana Vicenta María del Pilar Fernanda Samper recuerda las épocas pasadas, cuando Chapinero era un barrio tranquilo, próspero y elegante. A su mente llegan los días cuando su padre era accionista de la fábrica de cementos que lleva su apellido, los paseos de domingo en la hacienda de la 134, las reuniones con sus amigas del colegio, las historias de su abuelo de cómo trajo la luz a Bogotá y las peleas entre sus padres por los burros lesionados que él llevaba a casa y que terminaban pisoteando libremente el jardín que su madre tanto cuidaba.

Hoy, más de medio siglo después, los patios de esta casa de fachada roja e incrustaciones de yeso blanco siguen siendo testigo de las proezas de los Samper y su dedicado amor hacia los animales. Si antes los alrededores de la casa estaban repletos de burros callejeros que sus amos habían tirado al olvido, hoy Liliana Samper se ha encargado de que en su hogar se sientan a gusto aquellos perros que por desprecio o simple azar terminaron habitando las frías calles bogotanas.

“¿Y cómo no voy a ser así si tengo los genes? Yo no puedo dejar de recoger a un perro si sé que nadie más lo va a hacer”, dice, mientras mira a los seis fieles compañeros que la resguardan celosamente con el hocico. Desde hace nueve años comenzó con la ardua labor de recoger perros callejeros o “criollos”, como ella les llama, y desde el primer día no ha podido parar de hacerlo. “Cuando veo un perro en la calle se me bloquea la mente y no me importa si tengo que atravesarme la avenida o saltar un abismo con tal de cogerlo”.

Durante años se hizo cargo de perros y perros sin percatarse de la magnitud de las responsabilidades que iba adquiriendo, y fue solamente cuando las finanzas comenzaron a fallarle cuando se dio cuenta de que tenía bajo su responsabilidad 86 perros, y que sabía el nombre de cada uno. Ese día entendió que ya no podía más, que había vendido todo por ellos, que lo había perdido todo y que era el momento de parar. “En cada crisis económica vendo lo que tengo. Ya salí del carro, de las joyas y hace meses que no me compro algo para mí”.

Pasó algunos meses sin recoger ni un solo perro, sin embargo, no fue capaz de resistir la culpa de ver a sus pequeños en la calle, y al final pudo más la nostalgia que la sensatez. Su hijo la tildó de loca, sus vecinas trataron de ayudarle económicamente, pero al final su carácter dominante les hizo desistir de su proeza. Algunas, incluso, la acusaron de dejar morir a sus animales de hambre y de mantenerlos en terribles condiciones.

Pese a los rumores, Liliana siguió volcando su vida a esos animales que le traían tanta alegría. Aunque no contaba con el apoyo de su familia y muchas veces no tenía con qué darles de comer, “en mi puerta siempre apareció un ángel de la guarda con un bulto de concentrado, una libra de carne o un jabón debajo del brazo”.

Para esta arqueóloga cada uno de sus 86 perros es especial, “no podría decir a quién quiero más o cuál es más lindo”. Recuerda que los primeros perros de su vida se los regaló su papá. “Eran cinco pastores alemanes, como no tuve hermanos jugaba a la pelota con ellos en la cancha que papá mandó a construir. En esos días mamá siempre estaba molesta porque los perros me acompañaban a todas partes, hasta en el comedor”.

Los fines de semana iba de paseo con ellos a la finca que quedaba en la calle 134, en donde funcionaba la fábrica de Cementos Samper que su abuelo, Santiago Samper Cruz, y sus otros tres hermanos habían fundado en 1909. En las tardes de domingo le gustaba ver las canastas de cemento bajar de la montaña, tiradas por alambres, y caminar por los bosques que conectaban con el sector de La Calera, en lo que hoy es el Colegio Femenino.

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Tal vez lo que más recuerda de su abuelo era su devoción por ayudar a los demás. De niña, Liliana Samper gozaba con las historias de don Santiago Samper sobre la Guerra de los Mil Días, las descripciones de los centenares de muertos y la destrucción que sufrió la ciudad. Entre las tantas anécdotas le encantaba oír cómo su abuelo se había convertido en uno de los fundadores de la Cruz Roja colombiana, simplemente por el hecho de poner a disposición de la ciudad algunas ambulancias y personal médico capacitado para atender a los heridos.

De su padre recuerda que en las tardes le gustaba ir a comer gelatina a Unicentro, “hasta en sus últimos días pidió que lo llevaran”, caminar por el jardín, lavar el antiguo coche de tiro de caballo que perteneció a su abuela y contar una y otra vez que cuando era niño su padre lo había llevado al Salto del Tequendama y le había dicho: “Hijo, en unos años, esto que ves acá se convertirá en luz para la ciudad”. Don Santiago Samper, además de ser reconocido por su industria y sus obras sociales, fue quien trajo la energía eléctrica a los hogares de los capitalinos más respetados de principio de siglo.

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El Gamín, una mezcla entre siberiano y criollo, fue el primer perro que Liliana Samper recogió. “Fue hace nueve años. Eran las seis de tarde, yo venía por la carrera once y de pronto vi un perrito que corría detrás de un carro. Intenté hacerle señas al conductor para que parara, pero lo único que logré fue que cogiera por el primer desvío”. Como en ese entonces vivía en un apartamento al norte de la ciudad, no tuvo más opción que llevarlo a la casa de sus padres. “Gamín salía en las noches y a la madrugada volvía con un montón de perros. Al poco tiempo ya habían llegado 10 criollos”.

Por un tiempo tuvo a todos sus perros en el jardín de la casa de sus padres, pero cuando ya eran demasiados para tenerlos en la ciudad, y la Secretaría de Salud y los vecinos comenzaron a ponerle problemas, se llevó a algunos a un lote en Yerbabuena y a los otros a su finca en Sopó. En este momento solamente Tintín, Katiuska, Jimmy, Pinina, Lupita y René viven con ella. “No me importa que la gente piense que estoy loca o que hablen mal de mí.  Lo importante es preservar la vida de estos animales. Yo siento que si no los cuido nadie más lo va a hacer”.

Por María Camila peña

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