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22 Sep 2014 - 2:12 a. m.

Tiffany en Colombia

La legendaria firma de joyería llega al país y abrelas puertas de su primera sede en Bogotá. Su estilo inconfundible y sus historias están más vivas que nunca.

Rocio Arias Hofman *

Tiffany en el siglo XXI se define como un diseño elaborado, accesible, deseable y vanguardista, pero fiel a sus raíces.  / Cortesía Tiffany
Tiffany en el siglo XXI se define como un diseño elaborado, accesible, deseable y vanguardista, pero fiel a sus raíces. / Cortesía Tiffany

Nada malo te puede pasar allá dentro, quiero encontrar un lugar como Tiffany”, le dijo Holly (Audrey Hepburn) a Paul (George Peppard) en la archifamosa película Desayuno con diamantes que dirigió Blake Edwards en 1961, basada en el libro escrito por Truman Capote. Ha pasado medio siglo desde el rodaje de esta escena y la sensación que transmitía la actriz sobre Tiffany —entre candorosa, vivaz y de inevitable coquetería rebelde— continúa resultando tan natural como sorprendente.
La esquina elegida por la marca para instalarse en Bogotá, en el costado occidental del centro comercial Andino, en el norte de la ciudad, con acceso directo sobre la calle, señala, de entrada, qué quiere contagiar Tiffany en el siglo XXI: un diseño elaborado, asequible, deseable y vanguardista, pero fiel a sus raíces. Una intervención singular nunca antes permitida en este sector comercial.

En el interior del local, el revestimiento en estuco de las paredes, la luz dirigida a cada joya, los pequeños retablos que muestran los dibujos originales de piezas esenciales de la marca, el mural que presenta la más reciente colección a cargo de la nueva directora de diseño, Francesca Amfitheatrof, y el homenaje al fundador, Charles Lewis Tiffany, dotan el espacio de un aire único: es una galería que merece la pena, por lo menos, visitar. Todo envuelto en el halo del famoso “azul Tiffany”, una marca ya registrada, que fue creado para impactar desde sus inicios en la Nueva York gris y decimonónica.

No en vano, en esta firma dejaron huella profunda el movimiento art decó y las esplendorosas fiestas que duraban semanas enteras (de la mano de Louis Comfort Tiffany) a mitad del siglo pasado; así como los fichajes de grandes del diseño, como Jean Schlumberger (1950-1975), Frank Gehry y Elsa Peretti. La vinculación activa de artistas como Andy Warhol y, hoy en día, Paloma Picasso marca el itinerario dirigido a una noción bautizada como “lujo accesible”. Piezas preciosas al alcance del público, obsesión por contar —desde la belleza estética— un universo comprometido con su entorno político y social. De ahí que esta firma acumule hitos curiosos: desde haber realizado el diseño del sello de armas de Estados Unidos en el billete de un dólar y de las medallas de honor que se merecieron los ganadores de la guerra de la Independencia, hasta la primera invitación que se hiciera para inaugurar la estatua de la libertad y la elaboración de la pala de plata con la que se abrió el metro en Nueva York.

Hoy los corazones en plata y oro (que contienen el mensaje impreso de “en caso de pérdida, por favor devolver a Tiffany”), la línea sobria de Atlas, las perlas cultivadas y, por supuesto, los diamantes que han hecho emblemática a la firma sugieren mundos nuevos nacidos de una leyenda. Quizá por eso, Holly (Audrey Hepburn) se permite el lujo de decir, en la biblioteca pública de la Gran Manzana, que es un sitio muy aburrido donde no ve ningún libro. “Ni siquiera es bonito como Tiffany”, asegura en la película con los labios fruncidos.

A Luciano Rodembusch (de origen germano-brasileño), vicepresidente de Tiffany para Latinoamérica y el Caribe, la entrada en Colombia parece haberle estimulado su vocación como talentoso contador de historias. Las cifras y las anécdotas acompañan su conversación. La expansión que realiza actualmente esta compañía pública —que cotiza en la bolsa— está particularmente enfocada en América Latina. Un viraje importante, pues desde que Tiffany decidió crecer fuera de Estados Unidos (en 1986 tenía tan sólo seis tiendas en territorio norteamericano) los esfuerzos estuvieron dirigidos principalmente a Japón y Europa. En este momento, con tiendas propias (México y Brasil) y consorcios locales (Panamá, Ecuador, Colombia, Costa Rica, Argentina, Uruguay y Paraguay), Tiffany se propone seducir a un mercado en claro crecimiento económico. Sus 9.000 empleados y sus casi 300 puntos de venta en el mundo no permiten parar un segundo.

“Nos empeñamos en construir diseño e impactar en el público”, dice Luciano Rodembusch. “Esto viene de nuestro fundador, que en 1837 vivió en un país sin identidad y en cuya construcción se involucró intencionalmente. Estados Unidos no quiso ser europeo, en el sentido de no desear ser aristocrático, pero sí decidió crear lujo. Tiffany intenta armar estándares en este sentido, con sus cuberterías de plata y de antiguas joyas francesas que eran trabajadas de nuevo —fijando nuevas referencias de pureza para el platino, por ejemplo—, así como la manera de relacionarse con la gente. La visión ha sido siempre clara: hay que ser distinto”.

Hubo invención y visión, al tiempo...

Es que la compañía supo aprovechar materiales que a nadie se le había ocurrido trabajar antes en joyería. El cable que se utilizó en 1910 para conectar dos continentes —entre Londres y Nueva York— se produjo en cantidades inmensas. Pues bien, la compañía compró esos sobrantes y realizó collares, pulseras y anillos. Surgió un concepto de desarrollar piezas que estuvieran vinculadas a lo que sucedía en la calle.

- ¿De qué otra manera mostró Tiffany su vigencia en una historia tan prolongada?

El artista y diseñador Jean Schlumberger fue precisamente invitado para insistir en un punto de vista específico sobre la moda, en los 50, una década en la que este sector comenzaba a invadir la vida cotidiana. Desarrolló tantas piezas que todavía conservamos en nuestros archivos dibujos originales de joyas que nuestros artesanos actuales van recuperando poco a poco, según las indicaciones de la directora creativa. Su obsesión por la naturaleza fue inmensa: los pájaros, las flores de pétalos oscilantes en diamantes. Elsa Peretti logró más tarde reforzar esta conexión de Tiffany con la moda. Luego vinieron las invitaciones para que diseñadores internacionales crearan las vitrinas de nuestra sede principal en la Quinta Avenida.

- ¿Cómo es la relación con el consumidor latinoamericano?

Difícil en términos de impuestos, pero culturalmente es muy agradable porque trabajamos con piedras, plata y oro. Estos tres materiales están íntimamente ligados a los pueblos indígenas de este continente. Nos permite conectarnos de manera muy directa, no tenemos que explicar el sentido del color o el valor del material. Hemos creado un equipo de trabajo solamente enfocado en Latinoamérica. Las joyas son un tema cultural y debemos estar preparados para entender las diferencias que encontramos en cada país. Ofrecemos piezas de celebración inmediata o de compromisos más profundos a través de varias líneas de diseño. “Hay Tiffany para todos los momentos y personas”, decía nuestro fundador.

El sector de la joyería mantiene una tensión con el mundo contemporáneo en relación con la problemática medioambiental y las condiciones laborales de sus trabajadores.

- ¿Cómo lidia con esto Tiffany?

Hacemos el montaje de nuestras piezas en Estados Unidos. El corte se hace previamente en Holanda y algunos países africanos. Vietnam es un epicentro muy importante para el trabajo artesanal con diamantes pequeños. Nos hemos involucrado en la calidad de vida de nuestros trabajadores y en la creación de la Fundación Tiffany, que está enfocada en la protección de espacios naturales únicos. Por ejemplo, la compañía le ha advertido a Canadá que no comprará sus diamantes si violenta zonas declaradas protegidas.

 

* Periodista independiente. Creadora del medio de comunicación digital sobre moda en Colombia http://www.sentadaensusillaverde.com.
@sillaverde

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