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Como en un folletín policiaco, un hombre de tez oscura, corpulento, de cincuenta y tantos años, vestido con una chaqueta negra y pantalón en tonos caqui, mantuvo el miércoles en la mañana en vilo a la ciudad. Su nombre se supo minutos más tarde, sobre las 10:30 a.m.: Édgar Paz Morales. Aproximadamente treinta minutos antes había llegado hasta el primer piso del edificio de Porvenir, sobre la Séptima con calle 17, dispuesto a “matar o morir” con tal de que sus exigencias fueran transmitidas por la periodista Vicky Dávila, de RCN Noticias.
Algo nervioso, anunció que llevaba en la mano una granada y que la haría estallar si no lo obedecían. Tomó a 15 personas como rehenes y poco antes de las 12 del medio día abrió las puertas de la oficina donde se encontraba, para dejar ingresar a algunos periodistas con toda su parafernalia a cuestas. Entonces ingresaron camarógrafos, presentadores, asistentes y, camuflados entre todos ellos, tres agentes del Gaula de la Policía.
Pasados algunos minutos, le entregó a una funcionaria de Porvenir, que se hizo pasar por periodista, su comunicado. Las cámaras de televisión se encendieron. Mostraban el rostro alterado del hombre. Sus manos, la granada, su dedo índice acariciando una y mil veces la espoleta, y a la improvisada periodista, que comenzó a leer los documentos de Paz repitiendo algunas palabras. El texto, redactado en primera persona, recordaba viejos y siniestros sucesos del año de 1980, cuando un comando del M19, al mando de Rosemberg Pabón, se tomó la sede diplomática de la República Dominicana. Paz había sido designado por el mando militar de la época para vigilar desde una ambulancia a los delegados del gobierno de Julio César Turbay Ayala, quienes buscaban un acuerdo con la líder guerrillera Natalia Mendoza Arias, más conocida como La Chiqui.
Luego Paz, en voz de la asustada funcionaria de la sede financiera, relató minuciosamente los hechos que lo llevaron a hacer parte del grupo de fuerzas especiales del ejército. Tiempo después, según el mismo Paz, fue entrenado por el mercenario Yair Klein, al sur de Bogotá. El retirado coronel israelí les brindó instrucción militar a comandos de los grupos paramilitares en Puerto Boyacá, que estaban bajo el mando de los asesinados hermanos Fidel y Carlos Castaño. Klein salió del país pocos años después y fue pedido en extradición un año atrás.
“El tipo, Paz Morales, siempre fue muy bueno para las operaciones especiales”, diría en la tarde Alfonso Fierro, capitán en retiro de la Armada, presidente de la Asociación Nacional de Veteranos. “Por eso tiene mucha información. Yo no lo puedo confirmar con documentos sólidos, pero en la milicia todos sabemos de oídas qué pasa. Paz es un tipo que sabe mucho acerca de la conformación de ciertos grupos destinados a cometer fechorías. Más de una vez ha estado aliado con fuerzas irregulares para conseguir objetivos comunes, como en el caso de la liberación de la hermana de los Ochoa, cuando ésta fue secuestrada por la guerrilla. Sabe mucho. Además, él tenía instrucciones precisas de asesinatos ordenados por el Estado”.
Paz Morales llegó a las oficinas de Porvenir para exigir que el Gobierno le pagara la pensión por haber servido durante 21 años en las filas del Ejército. Desesperado por haber tenido que vivir desde su retiro sin un peso en el bolsillo, aguardando un reajuste en la pensión que le han prometido y prometido, pero nunca ha llegado, se fue convenciendo de que la única forma de presionar era con amenazas. A fin de cuentas, su vida siempre ha estado ligada a la violencia. “Su historia salarial —comentó el capitán (r) Fierro— comenzó a escribirse a mediados de 1991, cuando en el gobierno de César Gaviria, en medio de las medidas de excepción instauradas para combatir el régimen del terror del narcotráfico y Pablo Escobar, se ordenó la
última nivelación de salarios para todos los rangos de la fuerza pública”. La nivelación terminó siendo un espejismo: la medida sólo benefició a los oficiales que ostentaban rango de coronel. De ahí hacia abajo, nada.
Los días y los meses y los años pasaron. Paz Morales recibía de cuando en cuando primas cuyo principal objetivo era calmarlo. El Consejo de Estado emitió un fallo para que la nivelación se hiciera efectiva. Nadie dentro de las instituciones militares lo tomó en serio. Hubo demandas, cientos de demandas. La neurosis de Paz iba en aumento. El pasado 6 de mayo, un grupo de antiguos combatientes ingresó prácticamente a la fuerza hasta las oficinas del Ministro de Defensa. No los atendieron. el miércoles, el Ejército publicó un comunicado en el que aclaraba que el sargento Édgar Paz Morales no reunía los requisitos necesarios para ser pensionado, pues no sólo el tiempo de servicio cuenta.
Paz quería que el país conociera sus proezas el miércoles, para luego concluir que el Estado había sido injusto con él. Cuántas veces, entre insomnios y pesadillas, las habrá repetido en su mente, imagen tras imagen, disparo tras disparo, toma tras toma. Cuántas veces en los últimos años habrá recordado cuando lo reclutaron para que hiciera parte de un grupo que debía atentar contra la vida de Antonio Navarro Wolf. Él mismo lo escribió en su comunicado: “A finales de 1981 aparece la cooperativa Convivir (conformada por varios miembros del Ejército), con el patrocinio de la Gobernación de Antioquia bajo el mando de Álvaro Uribe. En ese mismo tiempo recibimos la orden en la cooperativa de eliminar a Navarro Wolf”.
El resto de sus “hazañas” quedó como letra “top secret” en el comunicado. La funcionaria devenida en periodista no las leyó. No las podía leer, pues antes de las 12 m., la señal de televisión de Citytv se cortó. En lugar de Paz Morales aparecieron escenas de una serie de muñequitos. Hubo una llamada que provenía de la Comisión Nacional de Televisión, según la cual el contenido de la transmisión era considerada “una apología a la violencia”. Cientos de miles de televidentes soltaron un sentido ¡ahhhhhhhh! Les acababan de sacar del aire el reality de mayor sintonía en los últimos tiempos. Las calles del centro estaban semivacías, y la Séptima con 26, acordonada. El comandante de la Policía, Rodolfo Palomino, había llegado al lugar de los hechos minutos después de que la radio anunciara la “toma”. Dijo: “Es necesario que la gente mantenga la serenidad, estamos manejando esto con acierto para preservar la vida de las personas que están como rehenes”.
En un momento dado, sin luces ni cámaras, Paz Morales apartó su dedo índice de la espoleta de la granada. Los agentes del
Gaula se le lanzaron encima. Lo derribaron y le dispararon con una pistola paralizante. Los rehenes salieron corriendo a la calle. Hubo gritos, aplausos, gente que intentaba poner orden dentro del alboroto, y gente que con el típico humor bogotano hacía gestos de “bah, se acabó la película”. Hacia las cuatro de la tarde, las autoridades informaron que Édgar Paz Morales podría ser sindicado por porte ilegal de armas, terrorismo y secuestro, y condenado, como mínimo, a ocho años de prisión, y como máximo, a 40. Su comunicado se esfumó, igual que la mujer que comenzó a leerlo, con la voz algo nerviosa y una sonrisa de estrella espontánea. Paz Morales fue trasladado esposado al Comando Central de la Policía Metropolitana. Su familia debió verlo así, derrotado una vez más, como durante los últimos años.
La opinión del psicólogo
En estos casos lo primero que se debe analizar es el temperamento que ha tenido el individuo siempre, porque puede ser un trastorno en la personalidad que se empieza a manifestar ahora, pero también puede ser, simplemente, consecuencia de la desatención que tienen los soldados por parte del mismo Estado.
Es complicado, pero es muy probable que estas circunstancias desencadenen aspectos de la personalidad que estaban latentes y que, bajo circunstancias de presión, fluyen. Nadie puede afirmar que el señor es un sociópata. Su acto puede ser consecuencia de un aspecto estructural de su personalidad que se venía manifestando, o resultado de algún factor que se exacerbó en una situación crítica.
Juan Daniel Gómez, psicólogo neurológico.
Cronología
• Mayo 23 de 1988
El ex convicto Gonzalo Carreño Nieto en el aeropuerto José María Córdova, de Rionegro (Antioquia), secuestró un Boeing 723 de Avianca amenazando a los pasajeros con una granada de juguete. El secuestrador obligó a dirigirse hasta Aruba y luego a Cartagena, donde emprendió su huida. Sin embargo, fue capturado días después.
• Enero 15 de 1999
Tres asaltantes, de entre 24 y 29 años, tomaron como rehenes a 26 personas en el Banco Nacional de Comercio a las tres de la tarde. El objetivo de los atracadores, que según los rehenes eran inexpertos, fue una remesa de $115 millones.
• Septiembre 21 de 2000
La cárcel La Picota de Bogotá vivió 14 horas de tensión, cuando algunos presos ocasionaron disturbios en los que retuvieron a 73 guardias. Los reclusos protagonizaron este amotinamiento porque había maltrato y restricción de visitas. Pero las autoridades dijeron que lo que querían era fugarse.
• Julio 17 de 2003
Un hombre en el puente de la carrera séptima con calle 34 en Bogotá amenazó con lanzar una granada si no le consignaban $20 millones. Éste decía que estaba desesperado y a punto de perder su casa. Fueron tres horas de negociación antes de que el extorsionista y suicida activara la granada, la cual dejó dos heridos.