Colombia clasificó a cuartos de final de la Copa América

hace 49 mins
Por: Juan Gabriel Vásquez

La buena televisión chavista

El canciller venezolano, Elías Jaua, dice, rodeado de micrófonos, que Álvaro Uribe Vélez —y repite el nombre varias veces, para que quede claro— es el “jefe de la agresión contra Venezuela”.

Cuando ya se comienza a ir, un periodista le hace una pregunta que es de rutina en el periodismo: “¿Tiene las pruebas, canciller?”. Y el espectáculo, aunque breve, es fascinante: Elías Jaua se da la vuelta y se le va encima al periodista como un vulgar matón de escuela, como los matones de todo el mundo se han ido siempre encima de los matoneados de todo el mundo, y le pregunta: “¿Tú eres venezolano o colombiano?”.

Admitamos que el canciller ha superado incluso a Uribe Vélez, que también solía tratar a los periodistas con desdén, cuando no con altanería y mal camuflado desprecio. Pero, aunque uno puede comentar esa escena grotesca de varias formas, la que me interesa ahora tiene que ver con el ataque rutinario (y desgastado y aburrido, además de inexacto) que el chavismo ha lanzado siempre y sigue lanzando a los opositores, ya se trate de los estudiantes, de Capriles, López y Machado, o de cualquiera, dentro o fuera de Venezuela, que no guste de lo que el socialismo del siglo XXI le ha hecho a Latinoamérica. A todos ellos, el chavismo los señala con el dedo y los llama fascistas. Y para mí es un misterio que los fascistas de todo el mundo no se hayan unido ya para corregirlo.

Pues la Venezuela de la Revolución bolivariana es ya, y ha sido desde hace mucho tiempo, un Estado fascista. Pero no en el sentido falseado en que Maduro y los suyos han abusado del vocablo, sino en el sentido original y todavía válido: un régimen ultranacionalista, autoritario cuando no totalitario, que une el militarismo con el culto a la personalidad. Hace unos días, Héctor Abad señaló algunas características que el gobierno de Maduro comparte con el fascismo tradicional; habló del sistema electoral y de la división de la sociedad (que tanto gustaba también a Uribe) entre amigos y enemigos. Pero el ejercicio da mucho más de sí.

Hace un tiempo, el politólogo norteamericano Lawrence Britt se entretuvo comparando los fascismos del mundo entero, y llegó a definir 14 puntos que todos tienen en común. Además de los que ya he señalado, todo fascismo está obsesionado con la seguridad nacional, vive escogiendo enemigos o chivos expiatorios para unir a la ciudadanía alrededor de un sentimiento patriótico e invierte sus energías en el control de los medios de comunicación o, en todo caso, de la propaganda política, que nunca debe tolerar versiones de la realidad distintas de la que autoriza el gobierno. Son apenas tres características que comparten los fascismos, desde Mussolini en Italia hasta Videla en Argentina. Pero las tres, acaso en su forma más pura, están en esos 26 segundos de televisión que el canciller Elías Jaua nos ha regalado. Ah, sí: hay otra seña de identidad del fascismo, quizás una de las más notorias, que el canciller Jaua comparte y asimila y representa: el uso de la violencia.

El nacionalismo, la identificación del enemigo, la intimidación violenta, el control obsesivo del mensaje y la obsesión con la seguridad nacional. Todo eso en 26 segundos de buena televisión educativa: ¿no es eso maravilloso?

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Gabriel Vásquez

Recuperar la decencia

A manera de despedida

Los libros de Coetzee

¿De qué paciencia estamos hablando?

Peligro: literatura sobre la vida