Cómo ve José Dolores el problema cafetero

Gabriel García Márquez también escribía reportajes de economía. Aquí, su mirada al café desde el campo, la Federación de Cafeteros y el mercado en Nueva York. Segunda de siete entregas.

El artículo de Gabo se basa en un encuentro en el restaurante bogotano Gran Vatel.  / Fotos Archivo - El Espectador
El artículo de Gabo se basa en un encuentro en el restaurante bogotano Gran Vatel. / Fotos Archivo - El Espectador

A una hora de Bogotá, bajo el tibio clima de Santandercito, vive Arístides Gutiérrez, un agricultor que en parte sostiene a su madre y a sus dos hermanas, y las necesidades de su rancho, con lo que le produce la siembra y la recolección de café. En la mañana de ayer, mientras en Bogotá cundía el pánico, Arístides Gutiérrez no había oído hablar de la baja sufrida por el café en Nueva York, y se dedicaba precisamente a inspeccionar el sombrío de sus treinta cafetos que rendirán su cosecha de abril.

A esa misma hora, el gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, don Manuel Mejía, y el ministro de Hacienda, doctor Carlos Villaveces, conversaban sobre la situación del café en el restaurante Gran Vatel, donde ocuparon puestos inmediatos, por una delicada previsión diplomática de la embajada de Bélgica, que ofreció el almuerzo. El gerente del café, y el ministro que al menos por estos días puede llamarse el “ministro del café”, debieron de analizar todos los aspectos del grave problema que tan duramente afectaba a todos los sectores de la economía nacional, incluso —y de manera muy especial— a ese humilde y desconocido Arístides Gutiérrez, que en la cosecha pasada vendió tres arrobas de café en Santandercito, libra por libra, a cuarenta y ocho centavos la libra.

En la mañana de ayer, el presidente de la Federación de Cafeteros declaró al redactor financiero de El Espectador: “Tengo la impresión, absolutamente personal, de que la crisis cafetera está buscando piso y que el panorama general puede despejarse de un momento a otro”. El redactor de El Espectador que ayer tarde viajó a Santandercito, a entrevistarse con el pequeño cafetero en su propia parcela, le hizo leer la transcrita declaración a Arístides Gutiérrez, y Arístides Gutiérrez confesó no entender una sola de las veinticinco palabras de la declaración de don Manuel Mejía, pero entendió perfectamente que si el café había bajado en Nueva York, no podría pagar este año todas las cuotas de la parcela que compró a principios del año pasado, a tres kilómetros de Santandercito.

Por diferentes motivos, la preocupación de Arístides Gutiérrez y la de don Manuel Mejía, eran exactamente la misma y con los mismos orígenes. Arístides Gutiérrez, que nunca fue a la escuela y aprendió a leer porque le enseñó su padre, muerto hace siete años, manifestó:

—Lo que hay que hacer es guardar el café hasta que se componga el precio.

—¿Y el café no se daña si se guarda? —le preguntó el redactor.

—Si no se moja, no se daña nunca —respondió Arístides Gutiérrez.

Don Manuel Mejía consulta sus precisos y complicados horóscopos financieros. “El mercado de ayer en Nueva York sufrió una seria embestida de los sectores especulativos y bajistas, pero resistió a ella sin sufrir mayor depresión”, declaró en la mañana de ayer. Arístides Gutiérrez consulta a su ruda experiencia. Sin preocuparse gravemente por los cambios de cotización, manifiesta: “Mientras tenga guardado el café, esperando que se componga el precio, venderé los plátanos y las alverjas que tengo allá abajo, en la cañada”.

E inmediatamente explicó su régimen económico: Arístides Gutiérrez no siembra solamente café, “porque no alcanza”. Su parcela está dividida en dos: hacia el lado de la carretera, bajo una espesa fronda de plátanos, tiene treinta cafetos que no le merecen mucho crédito. El año pasado los treinta cafetos se desgajaron, cuajados de racimos rojos. En el presente año no ofrecen buenas perspectivas a causa del excesivo invierno. Como nunca sabe cómo vendrá la cosecha, Arístides Gutiérrez siembra plátanos y alverjas del otro lado de su parcela, en la cañada.

—Según eso, ¿usted no confía en el monocultivo? —se le preguntó.

Arístides Gutiérrez no entendió. Pero cuando se le explicó el significado de la pregunta, manifestó:

—Si me atengo al café me lleva el diablo.

Treinta cafetos no es la única relación de Arístides Gutiérrez con el café. Durante la cosecha se emplea como recolector pocos kilómetros más adelante, en la amplia y umbrosa plantación de don Víctor Burgos, un cultivador de café que allí mismo tiene sus instalaciones para desmontar y fermentar el grano, y que vende anualmente 1.200 bultos a la Federación Nacional de Cafeteros. Don Víctor Burgos, que llega hasta su plantación descendiendo por una laberíntica carretera de piedra sobre las cuatro ruedas de su camioneta azul celeste, está perfectamente enterado de la crisis del café, desde el instante mismo de su origen. Sabe que el año pasado el café se vendió a buen precio en Nueva York porque el Brasil perdió sus cosechas. “La situación es grave, pero no tanto como hace dos años”, explicó, y expuso con extraordinaria precisión sus puntos de vista sobre la crisis.

“A cualquier precio, hay que recolectar —dijo don Víctor Burgos—. No se puede perder ni un grano”. Pero sabe que si la situación no se modifica antes de sesenta días, cuando empiece la recolección encontrará dificultades para enrolar recolectores en la región. El año pasado, cuando el café se cotizaba en Nueva York a 95 centavos, don Víctor Burgos pagó a cada recolector $4,50 por “palito” recolectado. Un “palito” es una medida convencional, una caja de madera construida al margen de la ley de la oferta y la demanda, que se desborda de granos cárdenos durante los primeros días de la cosecha, y se colma con mucha dificultad en los últimos.

En la plantación de don Víctor Burgos, el año pasado, Arístides Gutiérrez recolectó hasta cinco “palitos” diarios en el primer mes de la cosecha. Durante tres meses hizo algunas reparaciones en su casa, perfeccionó el cercado de su parcela y atendió a otros compromisos, con los jornales de la recolección. Ayer, cuando supo que el café había bajado en Nueva York, sin tener la más rudimentaria noción de economía académica, Arístides Gutiérrez declaró que este año no podría enrolarse como recolector, porque seguramente pagarán “el palito” a mitad del precio del año pasado. Don Víctor Burgos confirmó posteriormente esa apreciación: si el café sigue a cincuenta y dos centavos, no pagará más de dos pesos a cada recolector.

Mientras en su parcela de Santandercito Arístides Gutiérrez sacaba cuentas con los dedos y llegaba a la conclusión de que en el presente año tendrá que defenderse con el plátano y las arvejas, un colombiano pensaba en Nueva York, sin haber oído hablar nunca de Arístides Gutiérrez, en novedosos sistemas publicitarios para que Arístides Gutiérrez no pierda la esperanza en su café. Ese colombiano —tan colombiano como Arístides Gutiérrez— es el robusto, calvo y dinámico don Andrés Uribe, una especie de ministro plenipotenciario sin credenciales, que ha escrito un libro —Brow11 Cold, Random House, NY— para que los Estados Unidos sigan tomando café. En ese libro, que es la apoteosis literaria, histórica y científica del café, se incluyen además cincuenta recetas para hacer pasteles, salsas y caramelos, con los granos que cultiva Arístides Gutiérrez en Santandercito, y Arístides Gutiérrez no lo sabe.

A través de la radio y la televisión, don Andrés Uribe está convenciendo a los Estados Unidos de la necesidad de seguir tomando café, en tazas o en cualquier forma, pero consumiéndolo, de todos modos, que es lo importante.

Don Andrés Uribe es el agente en Nueva York de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia, y no sólo los membretes de sus cartas sino hasta la cinta de su máquina de escribir, son de color café. Es un apasionado, un desesperado del monocultivo, que no ha perdido las esperanzas de que las amas de casa norteamericanas les sirvan a sus esposos y a sus niños sopa de café, torta de café, postre de café y una taza de café al terminar. Aunque sea café de a cincuenta y dos centavos para que no se derrumbe la economía colombiana.

Don Manuel Mejía, don Andrés Uribe y unos cuantos millares de colombianos más saben exactamente qué está pasando y qué puede pasar como consecuencia de la baja del café. Arístides Gutiérrez y nueve millones de colombianos no saben qué está pasando en realidad, pero saben confusamente que algo ocurre. Algo que tiene que ver de alguna manera con el costo de la vida.

En Bogotá no se habló ayer de otra cosa diferente a la situación cafetera. No existe otra forma de decirlo: había pánico. En las colas de los buses, en los cafés, en las oficinas públicas, se veían muchas caras tristes, muchas caras sombrías, muchas caras alarmadas. Sin embargo, un redactor de El Espectador se dedicó, durante toda la tarde y parte de la noche de ayer, a pedir una explicación del problema a todo el que sorprendió hablando con mucha propiedad sobre el colapso del café. No sólo ninguna de las personas consultadas al azar pudo dar una respuesta segura, sino que muy pocas lograron explicar la razón de sus preocupaciones ni el mecanismo del mercado cafetero.

Tal vez sospechando la existencia de este estado de cosas, el ministro de Hacienda hizo anoche una exposición documentada, sencilla y completa, de la situación real. La explicación fue transmitida por radio y en algunos sectores cedió la tensión, menos en la casa de Arístides Gutiérrez, sencillamente porque Arístides Gutiérrez no tiene luz eléctrica ni receptor de batería en su parcela. Pero tal vez haya escuchado la didáctica exposición ministerial José Antonio Alvarado, el lustrabotas que ayer a las cuatro de la tarde, en un café central, manifestó explosivamente su complacencia por la baja del café. “Como todo está subiendo, siquiera que baje el café”, dijo José Antonio Alvarado. Y concluyó: “Así volverán a vender tinto a cinco centavos”.