Otros aires de moda

Más allá de las pasarelas de las casas italianas, esta semana de desfiles dejó ver que los diseñadores locales empiezan a tener mejores apuestas y nuevos referentes.

Una edición más de la feria Cali Exposhow llega a su final y aunque los desfiles de las dos casas internacionales, particularmente el de Moschino, se llevaron los aplausos y el beneplácito de la crítica, hay que decir que, en materia de moda, Cali empieza a mostrar evolución en las creaciones de sus propios diseñadores. La feria comienza así a mostrar frutos, unos que se pueden evaluar más en ese crecimiento creativo y en la sofisticación de las apuestas locales, que en el logro de traer importantísimas casas de moda internacionales por las que hay que pagar cantidades estrambóticas y cuyos impactos en la moda local, más allá del espectáculo y el cubrimiento mediático, no se pueden medir a largo plazo.

Hace unos años, cada vez que se acababa la feria quedaba la sensación de que en este lado del mundo sólo se podían ver vestidos largos de reinas —la maxifalda sigue siendo un mandato—, siluetas ceñidas en busto y cola y una cierta añoranza por las telas brillantes que no solían superar la calidad de un mal poliéster. Sin embargo, es crucial notar que en la edición 2011 no sólo se logró desbordar esa manida silueta, sino que los diseñadores están escudriñando nuevas inspiraciones, materiales y otros referentes para la construcción de vestidos.

La creadora caleña Johana Ortiz lo admite, al sugerir Anicca como el nombre de su colección. La palabra significa intermitencia o falta de continuidad y celebra un salto a otras posibilidades, lo cual hace esta diseñadora al abandonar las líneas que siempre ha trabajado. Esta vez, una moda más cotidiana, inspirada en la feminidad de los años cincuenta y que sabe afinar la cintura sin llamar a la exhibición, habló de una mujer que traduce su propio universo en 45 looks que incluyen chaquetas estructuradas, faldas de vuelo amplio, vestidos elegantes y sutiles en chifón y chamuse y pantalones de bota recta.

Andrés Otálora, otro diseñador local, también mostró visos de evolución. Pudo definir un tema claro, en este caso la ciudad de Río de Janeiro, y hacer que lo ayudara a estructurar una apuesta que, sin embargo, habría tenido mayor coherencia con la presentación de menos looks y una mejor edición de la colección.

La otra caleña que dejó ver que algunas cosas interesantes pasan en la capital del Valle fue la diseñadora Renata Lozano, que si bien el año pasado ya había sido nominada por los premios Cromos de Moda como mejor diseñadora, este año mostró un despliegue de sofisticación y buenos materiales, acompañados, además, con la música de un sexteto de cuerdas en vivo que llenó la pasarela de inspiración. Lozano hizo alarde de complicadas técnicas manuales y creó una opción que puede ser la más eficaz para llevar un remedo de piel en tierras más calurosas. La diseñadora presentó vestidos y faldas llenos de texturas, jugando con el deshilado de chifones negros, camel y avellana, que se balanceaban sobre el cuerpo como si de pelo animal se tratara. Supo jugar con los equilibrios, contrastando piezas pesadas con siluetas y materiales fluidos. Desechó esa tentación del multicolor y la mezcla de texturas (patchwork) tan propia de esta tierra, y se fue más bien a jugar con la sutileza del crepé, la organza, el raso y el jacquard para crear faldas con vuelos, vestidos hechos de lentejuelas cuyo brillo era minimizado por otra capa hecha en guipur y blusas de manga tipo balón.

En materia de accesorios también se lograron algunas conquistas, como la de la diseñadora Nelly Rojas, de la marca Senda, que con sus cruces extremas, su alusión a la iconografía religiosa y su mezcla de perlas y piedras preciosas conquistó el cuello de la condesa italiana Marta Marzotto, quien vino como parte de la comitiva de Alberta Ferretti y de quien esperamos que, a pesar de no pagar por esas cuatro bellísimas piezas, haga alarde de la calidad de las creaciones nacionales.

Temas relacionados