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hace 3 horas

Arroz atollado

El público inundó el recinto ferial como si fuera una marea de subienda, en el evento que finalizó el sábado en la capital del Valle del Cauca.

El diseñador francés Jean Paul Gaultier durante su participación en Cali Exposhow. / AFP
El diseñador francés Jean Paul Gaultier durante su participación en Cali Exposhow. / AFP

Prefiero aclarar que así como titulo esta columna “Arroz atollado” también podría haber escrito “Fabada asturiana” o “Stir fry vietnamita”. Es decir, me sirve cualquier plato que sea lo que es la especialidad valluna: un cúmulo de ingredientes variadísimos (carne, pollo, papas, arroz, tomate chonto, comino, ají dulce, cilantro...) que se dan cita sin misericordia en el mismo plato, todos al tiempo, y que dejan al comensal sudoroso y fatigado. Mi dedo no señala el plato que gustosamente se sirve en Cali por encontrarle a él precisamente méritos cuestionables (la lista gastronómica sería interminable país por país), pero sí me detengo en el arroz atollado porque su mezcolanza y asopado aspecto resumen muy bien lo que está sucediendo con buena parte de los eventos pseudoartísticos y comerciales que se citan en el país. Y del que voy a hablar tuvo lugar estos días pasados en Cali.

Hace doce años Fenalco, en su capítulo Valle del Cauca, tomó la decisión de crear un evento insignia para su capital, Cali. Con el brío propio de esta agremiación de comerciantes, enseguida quedaron trazados los ejes principales. Moda, salud y belleza. Buen olfato, claro. Con el primero se sumaban al nicho iniciado de manera pionera por la Fundación Inexmoda en Medellín, quince años atrás, con Colombiatex y Colombiamoda, pero lo “calinizaban” pues con los paisas, se sabe, pocón. Con el segundo contribuían a extender una conciencia social sobre el cuidado del cuerpo (del espíritu no sabemos mucho más). Con el tercero, cogían de gancho el sueño aspiracional y obsesivo de millones de mujeres que en el país son víctimas de un espejo 90-60-60. Remataron la faena con un nombre más propio de un casino en Las Vegas: Cali Exposhow. Un equipo de profesionales no ha dejado desde entonces de lograr dinero para financiar el evento con patrocinios públicos y privados ($4.000 millones de pesos, el costo del evento 2012), de vender stands a las marcas interesadas, de convocar a ríos de gente, invitar prensa nacional e internacional y agrandar cada vez más el Centro de Eventos Valle del Pacífico, su sede ubicada en el norte de la ciudad, cercana a la zona industrial y a la salida hacia Yumbo.

Su nivel de gestión es tan eficiente que incluso han roto mitos como eso de exhalar suspiros porque a Colombia ninguna figura se atrevería a venir. Y lograron que personajes grandotes, luminarias luminosas, de la industria de la moda lo hicieran: Moschino, Alberta Ferretti, Roberto Cavalli. Y este año, ohhhh, Jean Paul Gaultier. En verdad, para quitar el aire. El pasado miércoles, Gaultier mostró un fragmento tan compacto de la moda parisina que respiramos casi 100 años de costura, patronaje y diseño del más artesanal, del más puro y contaminado por la vanguardia del diseñador francés. Un lujo poco convencional y eso, gracias, a Cali Exposhow y a la gestión inocultable de la exmodelo Carolina Castro, convertida desde hace seis años en la jefe de prensa de la Casa Gaultier en su cuartel general de París. Ella le habló tanto de Colombia al oído al extrovertido y llanote creador del barrio Arcueil, que logró que él mismo, el laureado hombre de las rayas marineras, comiera el miércoles pasado arroz atollado (y encima con camarones) bajo un frondoso samán vallecaucano.

En esta cita alrededor de la moda tampoco faltaron los diseñadores nacionales. Una selección de quince compuso el panorama creativo: Beatriz Camacho, Andrés Otálora, Ricardo Pava, Bettina Spitz, Duplicity, Pink Filosofy, Julieta Suárez, Judy Hazbún, Hernán Zajar y Nelly Rojas.

El público inundó el recinto ferial, día tras día, como si fuera una marea de subienda. Pude comprobarlo. Y también constaté cómo se han ido poblando estos años las áreas destinadas al espíritu comercial del evento por consultorios de cirugía plástica, centros de masaje, abanderados de lo que se llaman “tratamientos no invasivos” y eso que te asaltan con publicidad en mano, laboratorios de esencias y olores, esteticistas y estilistas, maquilladores y vendedores de esmaltes para uñas, salitas de relajación con lo último en martillos de madera, bares, zonas exclusivas para la cerveza y para el aguardiente, comidas tan ricas en calorías que enseguida dan ganas de pasarse por algunos de los stands anteriores, diseñadores de miles de accesorios, promotores aburridos de tecnología celular y, en un rincón, me topé con un stand institucional de la Gobernación decorado con unos ponchos (¿ponchos en Cali?) y unas fotos de bailarines de salsa, campos de caña de azúcar y algo que pareciera el lago Calima pero no estoy muy segura. Quizá yo estaba desenfocada. Pero es que estaba nerviosa, ¿dónde quedaba Cali en todo esto, dónde podía encontrar a la ciudad que tan azotada ha estado pero cuya infraestructura regional, baja tasa de índice de paro (apenas el 15%), magnífico paisaje y pujante franja universitaria la hacen única en el país?

Juro que intenté correr la cortinilla tintineante de los llamados a firma de autógrafos con una actriz para no perder de vista mi tema que es, finalmente, la moda. Una niña de facciones irrepetibles de princesa, vestida con prendas prestadas (desaparecía peligrosamente entre el strapless esmeralda y los zapatos de 17 cm), sudorosa y preocupada, no sabía cómo hacer efectiva la boleta que había ganado en una emisora para asistir a uno de los desfiles. Acababa de llegar en bus, un trayecto difícil desde un barrio lejano. Qué afortunado hubiera sido que ella, como muchos otros en las filas de espera en el pabellón de pasarelas, pudieran haber visto alguna muestra del diseño colombiano (incluso, cómo se cosen y ensartan algunas prendas de Gaultier), tener algún papel en el que supieran qué iban a ver y por qué Beatriz Camacho, por ejemplo, decidió inundar de bouquets florales su más reciente colección. ¿Muy difícil?

Pareciera que aquello del bigger is better, una suerte de “efecto Corferias” se ha contagiado a lo largo y ancho del país. Cuanto más gruesas sean las cifras de asistentes, ruedas de negocios (nunca queda claro quién le vende qué a quién por cuánto), perros calientes, conferencias, pasarelas, stands, metros cuadrados de tapete rojo o gris, resulta mejor el evento. Es decir, lo cuantioso refrenda el esfuerzo sin cuestionarlo. Como el arroz atollado. Como si los comensales fueran invitados de piedra. ¿No será que de una vez por todas nos tenemos que tomar en serio al público en el país y atrevernos a dejar de pensar que da igual lo que recibe, sobre todo cuando un evento involucra alguna disciplina artística?

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