Rara avis

La moda es un territorio pleno de vitalidad en Colombia, y los diseñadores son quienes le dan el contenido indispensable a esta industria. Entrevista con una creadora.

Uno de los diseños exhibidos por Kika Vargas en el Círculo de la Moda, que terminó el jueves en la noche. / David Schwartz
Uno de los diseños exhibidos por Kika Vargas en el Círculo de la Moda, que terminó el jueves en la noche. / David Schwartz

Se llama Kika Vargas porque así la llaman sus amigas. Es bogotana raizal, pero se siente como pez en el agua, sobre todo, en Nueva York. Y esto sucede por algo más que un capricho viajero. Allí, en la Gran Manzana que todo el mundo quiere mordisquear, Kika Vargas encuentra telas, motivos para crear, motores para indagar más sobre su oficio de diseñadora, alas para volar hasta las cubiertas grises de la ciudad y lugares —como el Soho— para vender sus prendas.

De las prendas es que se trata todo el revuelo causado en el Círculo de la Moda de Bogotá que acaba de culminar. Lo hizo con una colección integrada por treinta y ocho salidas elaboradas en variedades de textiles en seda (chiffon, velo y satín), con las que puso a temblar al público. Fueron kimonos, camisones, vestidos, abrigos, blusones, pantalones, batas y faldas creados por una mujer de 29 años dotada de una cabeza incrustada en el devenir de la moda desde principios del siglo XX y con talento suficiente para causar una implosión en el mundo contemporáneo al que pertenece. “En el backstage todos quedamos mudos con esta colección y nos metimos en el mundo de Kika sin quererlo: modelos, estilistas... yo misma sentí que tenía que botar todo de mi clóset y hacerle sitio a la ropa de Kika”, me susurró una de las más expertas en organizar desfiles, Chacha Posada, dueña de Informa Models. “Apenas es su segunda pasarela. Recuerdo cuando se presentó por primera vez el año pasado, también aquí en el Círculo de la Moda, y así de centrada y clara se mostró también”, añade Margarita Calle, codirectora de este evento en Bogotá.

Kika Vargas cuenta con un taller de trabajo y salón para vender en plena Zona Rosa de Bogotá. Allí donde los rumbeaderos se tomaron el derecho de conjurar el día y espantaron a parte de los diseñadores que alguna vez inundaron este par de cuadras. Al más fiel estilo de una casa de modas, una escalera empinada conduce a un segundo piso donde se alinean las fantasías de Kika Vargas. El abrebocas es un chaleco en tul negro que llega hasta el piso y cuya estructura es armada por plumas de avestruz. Todo es silencio y brillos que destellan de las telas. Cada pieza es algo único y que alude al movimiento. Es un espacio similar a una biblioteca jugosa en ediciones preciadas, difíciles de encontrar.

A este lugar, marcado con la K del logo que hace su marca en dorado envejecido, llegan mujeres de todas las edades con cultivada curiosidad a probar cómo se vería “una Kika” (digámoslo así) en ellas. También arriba algún empresario visionario a proponerle algo. Cada vez son más quienes reparan en esta fuente de talento, formada en diseño entre Chicago y Milán.

Esa visita al pasado en su colección ‘Everywhere’ es inherente a su trabajo. Casi todas las prendas parecen entablar un diálogo con otras épocas. ¿Es pura fascinación por tiempos que se fueron?

Sí, en verdad es pura fascinación. Los años 20 siempre me encantaron, aunque estudio todas las épocas. Algo en el fondo del estómago me dijo que debía dedicarme a este momento, a su música, a sus artistas. Creo que no lo hice en vano porque hoy la gente le para muchas bolas a esta época.

La seda tiene un nombre de finales del siglo XIX, entre muchos, para destacar: el pintor español Mariano Fortuny, quien revolucionó la moda para crear sus sedas. Él volcó su mirada al Oriente para hacer del kimono una prenda occidental. ¿Qué tiene Asia reservado para usted?

El Oriente es el palacio de los sueños. La comida, los olores, los colores son estimulantes. En un viaje que hice hace dos años quedé muy impactada. Tailandia, Vietnam, Laos y Camboya fueron un recorrido maravilloso que me dejó la impronta de un color que me hizo explotar. Cada vez estoy más cómoda trabajando con kimonos y paleta abierta. Asia nos está influenciando mucho a todo nivel. Siento que está en un momento económico enorme, que es evidente, y nos afecta también culturalmente. Sigo mi instinto. Intento poner en palabras todo cuando termino la colección, pero, mientras tanto, hablo muchísimo para desarrollar ideas.

Producir con seda debe requerir un esfuerzo financiero importante. ¿Cómo está diseñada la empresa para asumir este reto y cómo les llega a las clientas?

Esta empresa va creciendo con la marca. Intenté hacer un business plan inicial, pero estoy armando un equipo real a partir de lo que sucede día a día. Puse mis metas desde el principio: quiero que mi marca sea global, primero Nueva York y luego Oriente Medio, para llegar después a Europa. Entiendo que las ganancias vienen después. He logrado llegar a un punto de equilibrio, pero necesito alimentar un proceso intenso, lento, pero seguro. Eso requiere paciencia. No estoy creciendo de manera extraordinaria, porque aunque me lleguen buenos pedidos, quizá no tenga capacidad de producción.

Alta costura es un término acuñado en París y adoptado luego en otras capitales, aunque poco usado en Latinoamérica, pero es la senda que ha seguido. ¿En contravía de todo?

No, para nada. Comienzo desde la alta costura porque es magia. El espectáculo que da es maravilloso. Sin embargo, mi trabajo representa más bien la alta costura porque cada pieza en Kika Vargas se hace a mano (plisados, botones de perla). ¡Ojalá pudiera ser alta costura! Por ejemplo, firmé un contrato con quien representa a Roberto Cavalli, y fue posible después de que constataran la calidad de mi producción. Así me van a hacer relaciones públicas a nivel internacional. Tengo una colección primavera-verano en Nueva York, que ahora viaja a París.

Mezclar es un reto enorme. El pulso de un diseñador se pone a prueba porque “así todo valga, no todo vale”. ¿Cómo funciona la composición de cada ‘look’ final?

La primera etapa es producir la colección. La segunda consiste en combinar. Armar esa propuesta debe reflejar lo que tengo en mi cabeza. Las primeras cosas que diseño no suelen ser las primeras en desfilar porque cuando armo los looks se rearma todo y me desvío del punto de partida. Me encariño con las prendas, y tienen mi amor, pero no representan el concepto. Por eso, me gusta trabajar con un stylist, para soltar ciertas cosas; mi ojo para editar no es el más fuerte ahora.

En el cuento ‘La rubia imponente’, escrito por Dorothy Parker en 1929, la señora Hazel Morse se calza diminutos zapatos color champán para vanagloriarse del tamaño reducido de sus pies. El tema de la vanidad y la belleza. ¿Qué piensa de eso?

Cada uno tiene sus extremos, pero siento que la vanidad te hace sentir feliz. Cada vez lo vivo más y gasto mucho tiempo en dedicarme a mí misma para la belleza y la vanidad. A propósito de libros, en esta época de internet nunca tengo la misma sensación profunda que la que me dan los libros.

Abre o cierra los ojos, y ¿para quién está diseñando?

Creo que es fundamental. Cada uno tiene sus extremos, pero siento que la vanidad te hace sentir feliz. La belleza sí duele, te coges el pelo de cierta manera, te pones unos zapatos, pero... el sentimiento de saberte bella es muy fuerte. Cada vez lo vivo más y gasto mucho tiempo en dedicarme a mí misma un rato para la belleza y la vanidad.

En Nueva York se siente como en casa. ¿Qué hay allá para el futuro de su trabajo?

Mi meta es llegar a muchos lugares del mundo, pero produciendo en Colombia. Aunque voy y vengo, siempre entre Bogotá y Nueva York. Para mí es necesario estar en esa ciudad, mi segunda casa, porque me da todas las ideas. Así siento próxima la sensación de mi siguiente colección.