La familia nómada

Cincuenta artistas de 27 países han viajado por América Latina con ‘Varekai’. En su arribo a Colombia, le contaron a El Espectador cómo diseñan sus vestidos y crean su espectáculo.

 André Solodar sostiene a la gimnasta Emily McCarthy en el entrenamiento previo al ‘show’. /Andrés Torres
André Solodar sostiene a la gimnasta Emily McCarthy en el entrenamiento previo al ‘show’. /Andrés Torres

En una de las carpas del Circo del Sol en Bogotá hay hombres y mujeres saltando, cruzando sus pies por la espalda, creando pirámides humanas. El espectáculo aún no comienza, pero ellos se preparan, estiran, abren las piernas en ángulo llano. Algunos hablan, otros más descansan sobre las superficies azules. Lo que se escucha es una conjugación de voces, de idiomas, y no se entiende nada. Es el circo de Babel.

Detrás de las lenguas y los acróbatas ensayando, cubierto por un muro de gavetas de metal que guarecen la utilería de cada artista, se encuentran los vestuaristas. Marcel Bofill, uno de ellos, tiene al hombro un telecomunicador. Se sienta tras los rollos de hilos que cuelgan de la pared, rodeado por los vestidos de los cerca de 50 artistas que componen Varekai.

—Hay dos metas para mí —dice Bofill, de barba corta, con marcado acento español—. Que si alguien viene a ver el show, los vestidos y el maquillaje lo ayuden a creerse la historia fantástica que es Varekai. Y que cuando el artista salga al escenario y haga su número y sus locuras, sienta que está desnudo, que no haya vestuario que le impida hacer lo que debe hacer.

Bofill cuenta dos años como vestuarista en este espectáculo, cinco junto al Circo del Sol y siete y medio, en total, en el diseño. Antes estuvo en una gira por Europa, pasó por Japón, siguió a Nueva Zelanda y Australia, recaló después en Brasil, Chile y Argentina, y retomó senda hacia Colombia, donde el Circo del Sol estará hasta el 5 de mayo. De aquí partirán a Costa Rica y luego a México. Es la vida intinerante, la vida nómada de los circos de antaño. Son cerca de 160 personas, sumando artistas y equipo técnico, las que se trasladan en cada gira. Y por ello, porque son los mismos todos los días, Bofill dice que es una gran familia. La familia nómada.

El vestuario de Varekai fue creado por Eiko Ishioka, la diseñadora que ganó un premio Óscar en su categoría por Drácula (1992), dirigida por Francis Ford Coppola. A partir de sus diseños, un departamento especializado en las oficinas del circo en Montreal, Canadá, se encarga de buscar las telas más eficaces para ese tipo de vestuario, dependiendo de los movimientos y la contextura de cada uno de los artistas.

Cuando reciben las telas —por lo general lycra en diferentes texturas, por completo plana y blanca—, otro equipo realiza un proceso de serigrafía (pintura sobre tela) y adiciona otros materiales (entre ellos, neopreno) para aumentar la duración de los vestidos. Luego esbozan el patrón (que será el vestido final), cortan y cosen. El mismo proceso es utilizado para la fabricación de zapatos y sombreros, elementos esenciales en la escena de Varekai. Por esa razón, en Montreal existe una sala con los modelos en arcilla de las cabezas de todos los artistas del circo, lo que permite trabajar en nuevos trajes, incluso sin tener al lado a quien lo utilizará. Es un salón de cuatrocientas cabezas inertes, dice Bofill, pero que miran con atención.

Bofill y su equipo reciben los vestidos desde Montreal y piden a los artistas que acudan para realizar una primera prueba. A partir de allí, dedica su tiempo a ajustar las medidas, verificar si incomoda alguno de los accesorios, si quizá podría desconcentrar al acróbata. Crear un vestido en el Circo del Sol requiere de tanta exactitud como un salto al vacío.

Mientras Bofill muestra los diseños de Varekai y las costureras reparan algunas piezas para el número de la noche, del otro lado del muro de gavetas de metal está el equipo que realiza una parte del espectáculo: Sliding surface, o Superficie deslizante. Sobre una base azul, como el mar, construyen pirámides humanas, desdoblan sus piernas, las pasan por los hombros, llegan hasta el pecho.

—En el escenario puede haber errores —dice André Solodar, uno de los integrantes—. Nuestra misión es cubrirlos rápidamente, ¿sabes? —ríe—. Eso incluye aprender cómo salir de un error y hacerlo lucir bello. Hacer que el show sea siempre perfecto.

Su vida es, pues, el circo. Llegan temprano, comen, entrenan una o dos horas, descansan, comen de nuevo algo suave, se maquillan, estiran. Poco antes de salir a escena, cada uno tiene un ritual, una costumbre para enfrentar su arte. Unos se miran siempre al espejo, otros repiten los movimientos, unos más rezan. Y entonces, a punto de salir con su grupo, en su mayoría conformado por mujeres, Solodar grita: “¡Vamos, chicas!”, en inglés y en ruso.

Aunque pasan miles de cosas a su alrededor cuando están en la tarima, las gimnastas del Circo del Sol no pierden de vista su trabajo. El resto desaparece. Miran al público sólo al final, o poco antes de abrir el acto. Y se comprenden entre ellas, a pesar de las tantas lenguas que conviven en el circo. En la gran familia.

—En el comienzo era difícil entenderse —dice Ayla Ahmadova, gimnasta azerbayana y parte de este grupo—, pero se ha vuelto más sencillo. Nos entendemos.

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