'Con tenis, no'

Crónica sobre la imposibilidad de entrar a una velada en el Club El Nogal donde el arte sería un medio para la benevolencia.

Esta pintura, parte de la serie de pinturas sobre Guasca, de Ana Mosseri, sería subastada durante el evento.
Esta pintura, parte de la serie de pinturas sobre Guasca, de Ana Mosseri, sería subastada durante el evento.

Caminé hacia la entrada del Club El Nogal, eludiendo vigilantes y policías y militares, con el propósito de asistir a la subasta de arte que la Corporación Matamoros realizaría para ayudar a los heridos en combate de las Fuerzas Armadas. El acceso fue sencillo, sin aspavientos. En la recepción, un hombre realizó el registro y me preguntó si venía de prensa, pidió mi cédula, anotó mis datos. Entonces me dijo que subiera al piso octavo, al Gran Salón; allí sería la subasta. Di apenas algunos pasos y esperé acompañado por dos hombres trajeados con corbata, de paño, mientras bajaba el ascensor. Se abrieron las puertas, la ascensorista saludó y entré. De repente, de fuera del ascensor, se escuchó que llamaban a alguien. La voz, al poco tiempo, apareció acompañada de la figura de un hombre menudo.

—Señor, ¿podría salir un momento? —me dijo, mientras los demás miraban, señalando hacia la recepción contigua al lobby—. Lo necesitan en recepción. Es que no se puede subir con tenis.

Salí, pues, y me encaminé a la recepción guiado por el hombre. Allí otro hombre me recibió y me dijo que esperara un momento; dijo, de nuevo, que el ingreso en tenis no estaba permitido, a pesar de que la invitación inicial advertía apenas que estaban prohibidos los blue jeans. El arte no puede ser visto sin el traje adecuado. Delante de mí, en la fila, una pareja de ancianos esperaba su turno para entrar. El hombre hizo varias llamadas y otra vez me solicitó mi espera. La recepcionista que lo acompañaba, y que atendía a otros clientes del club, me miró y me dijo que esperara un momento, señor, no se puede entrar en tenis, ya llamamos al gerente de turno.

El gerente de turno atendió al hombre diez minutos después. Con el teléfono en la oreja, el hombre murmuró, con el ceño algo inquieto. De pronto levantó la voz:

—¿Usted viene de montaje, invitado o…? —me preguntó.
—De prensa.
Repitió la respuesta en el teléfono. Balbuceó una, otra vez. Colgó.
—¿Podría, por favor, esperar en el lobby? En un momento baja el gerente de turno y lo atiende.

Fui al lobby. Un hombre leía un periódico del día, despreocupado. Poco a poco, llegaban las camionetas de los militares de bota alta y castrense que asistirían a la subasta, camionetas negras y amplias, y también carros lujosos de los que se bajaban mujeres relucientes, sonrientes, seguras de sí mismas, de tacones altos. Venían acompañadas, la mayoría, por hombres de saco y corbata, con zapatos negros, de charol unos, de gamuza otros, convenientes para la ocasión.

Esperé cinco, siete minutos, mirando a lado y lado para advertir la presencia del gerente. Pero no venía nadie. Luego, volví la mirada al sentir un roce y vi frente a mí al recepcionista que me había enviado allí a esperar. Me miró a los ojos y dijo:

—Infortunadamente, señor, no podrá ingresar. De acuerdo con la gerencia, no cumple el perfil para el evento. Si pudiera cambiarse los zapatos…
Estuve en silencio algunos segundos. Entonces le agradecí, me despedí y salí del club.

A la salida, llamé a una de las organizadoras del evento y le conté mi situación. Entonces dijo que bajaría y buscaría una solución. Apareció quince minutos después e ingresé de nuevo, sólo hasta la recepción. Allí había otras tres personas, también con tenis, sentadas en un mueble aparte de la fila para el registro del evento, esperando. Entre los tres, había una periodista con tenis azul claro, informal. La organizadora, mientras tanto, charlaba con quienes iban llegando, hombres delgados y altos, hombres ventrudos y barbudos, lejos de quienes estábamos en el mueble, escapando a las miradas. Al poco tiempo, una mujer se acercó desde la recepción. La organizadora dijo que ella era parte de la corporación. La mujer, entonces, preguntó si no había forma de que nos calzáramos otros zapatos. El señor que esperaba sentado dijo que no, que él venía con su hija, que no podía, y amagó a irse.

—Perdone, señor —le preguntó la mujer, interrumpiendo su movimiento—, ¿quién es usted?
—Mi nombre es Carlos Torres, yo soy artista.
—Ahhh, pero usted es maestro… Espéreme un momentico.

Fue a la recepción, se perdió de vista y segundos después volvió. Le dijo al artista que siguiera, que el ascensor quedaba a la izquierda, sí, señor, al fondo. El hombre se levantó y dirigió a su hija, que venía en muletas, hacia el ascensor. La organizadora preguntó, casi en voz baja, como quien hace una sugerencia indebida, por qué no entrábamos todos de una sola vez. Entonces la mujer volvió y la apartó, para hablarle en privado, pero primero alcanzó a decir algunas palabras en voz alta. Dijo, se alcanzó a escuchar, que el maestro era un caso especial. Y luego balbuceó, balbuceó.

La mujer se alejó y la organizadora se acercó a nosotros, los dos periodistas en tenis, que esperábamos una respuesta.

—No —dijo, con gesto de compasión—, el gerente dice que no y aquí no dejan pasar con tenis. Ni del ascensor.

Agradecí su ayuda, me despedí y volví hacia la salida. Para entrar, ver, divagar y comprar arte, hay que calzar los zapatos adecuados.