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Cada vez es más cotidiano en Colombia observar noticias sobre el borrado de murales. Pero, ¿cómo puede un mural convertirse en escenario de combate al que concurren políticos, activistas, policías, periodistas y víctimas? ¿Cuál es el impacto social, cultural y político de un mural en un país atravesado por la violencia? ¿Por qué mientras unos grupos sociales crean murales, otros buscan borrarlos, incluso como decisión político-administrativa? ¿Qué relación guardan los murales, la memoria y la paz?
La memoria ha sido fundamental en el desarrollo cultural y político de las naciones, en la medida en que tradicionalmente constituyó una identidad nacional a través de relatos oficiales de Estados, de héroes y proezas: una memoria nacional positiva. Los estudios sobre la memoria plantean que desde los años 70, víctimas y minorías han venido adelantando un proceso de refutación de relatos y narrativas oficiales, construyendo memorias dispares. Esta transformación ha virado también hacia formas de institucionalización como políticas públicas, con entidades e instituciones particulares en todo el mundo: centros de memoria, comisiones de la verdad, apuestas museográficas.
El efecto del mural, y en general de cualquier dispositivo de memoria, es tener un impacto en la sociedad recurriendo a una evocación del pasado que busca saldar deudas, intentar sanar heridas y gestionar traumas. El valor de algunos de estos ejercicios de memoria buscan incluso ser patrimonios. Los murales, sus mensajes, sus lenguajes y los símbolos que evocan, revisan críticamente el pasado, buscan conmover con los testimonios, las narrativas y los relatos de aquellos que sobrevivieron a la guerra. Hay en cierta medida una importancia moral del pasado que trasciende el ejercicio memorial.
Existe una hipótesis que atraviesa el ejercicio memorial en un proceso transicional: la no repetición, entendida como la capacidad y el efecto de la memoria para prevenir el resurgimiento de la guerra, de los odios y de los estereotipos que contribuyeron en la generación de genocidios, desapariciones, asesinatos, entre otros. El mural no solo viene con el ejercicio de la pintura sobre una estructura, sino que moviliza instrumentos de acciones públicas simbólicas, que son inmateriales, de hecho poco técnicos si se quiere, y que contribuyen a la ritualización de lo colectivo, pues genera interacciones sociales heterogéneas.
Parte de lo que se observa en el caso colombiano es que sectores pintan murales con cifras icónicas que reflejan una verdad judicial ampliamente investigada, no solo por el componente judicial transicional colombiano, sino por investigaciones académicas, periodísticas e internacionales. Estos pueden generar efectos inesperados: a veces convencen a indecisos sobre el pasado, en otros polariza, en otros elimina los prejuicios y en otros, los refuerza. Un mural puede hacer públicas las memorias, los símbolos que emanan del esclarecimiento y la objetividad judicial —las cifras de las ejecuciones extrajudiciales y su contrastación con la evidencia empírica de la JEP o las sentencias de aparatos judiciales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos—, que en efecto buscan denunciar las violaciones a los derechos humanos, los hechos victimizantes, los sufrimientos causados y la posibilidad —ardua y a veces tediosa— de gestionar los legados del conflicto violento y generar apuestas de paz.
El mural como dispositivo es un recurso que educa; el intento de la conexión con el símbolo que este demarca es la evocación pública del pasado doloroso, pero también el combate de memorias belicosas. En términos de la capacidad simbólica, las frases, los colores, los números, la estética de este, enuncian versiones del pasado que buscan armar al ciudadano contra violencias futuras, cumplir los imperativos de los “nunca más” que han caracterizado a las comisiones de la verdad en el mundo: nunca más discriminar, nunca más desaparecer, nunca más asesinar.
Sin embargo, la memoria es un campo permanente en disputa. Cuando aparecen noticias sobre el borrado sistemático de murales, estamos presenciando algo más que simple vandalismo o decisiones administrativas menores. Se trata de una segunda victimización: el intento de silenciar las voces que han logrado emerger en el espacio público. El acto de borrar un mural que denuncia violaciones a los derechos humanos constituye una forma de censura que revela las tensiones no resueltas de la sociedad colombiana.
Detrás de estas decisiones están actores de poder que se sienten amenazados por la verdad que estos dispositivos de memoria hacen visible. Los murales que emergen y son borrados representan la tensión entre una Colombia que busca la paz y otra que se resiste al cambio. Esta resistencia evidencia que sectores de la sociedad aún no están dispuestos a asumir la responsabilidad histórica que implica la construcción de paz.
La inmersión en dispositivos memoriales —sean monumentos públicos, museos, placas, exposiciones o murales— implica la búsqueda de transformación de comportamientos que propenden por la pacificación de las relaciones sociales. Cuando se borran sistemáticamente, se está atacando no solo la memoria de las víctimas, sino la posibilidad misma de construir una sociedad democrática basada en la verdad y la no repetición. El borrado sistemático evidencia una paradoja de la justicia transicional colombiana: mientras institucionalmente se promueve la memoria, la verdad y la reparación, en la práctica cotidiana persisten resistencias profundas a enfrentar el pasado violento.
El desafío no es menor. La defensa de estos espacios de memoria no es solo una cuestión estética o cultural, sino profundamente política: es la defensa del derecho de las víctimas a ser escuchadas, del derecho de la sociedad a conocer su historia y del derecho de las futuras generaciones a heredar una memoria que las proteja de repetir los errores del pasado.
La memoria, materializada en murales, no busca abrir heridas sino cerrarlas desde la verdad. Borrarla es mantenerlas abiertas para siempre.
*PhD Estado de Derecho y Gobernanza Global. Miembro de Berliner Gruppe für interdisziplinäre Friedens-und Konfliktfors -GIFK-, en español: Grupo de Berlín para la Investigación Interdisciplinaria de la Paz y los Conflictos. william.mesa.cardenas@gmail.com
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