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Colombia ha cambiado. El triunfo de Gustavo Petro y Rodolfo Hernández es el triunfo de la paz, porque ambos defienden la implementación del acuerdo con las Farc y la negociación con el Eln; del deseo de cambio, y de la indignación con el crecimiento de la precariedad económica y social que el país ha vivido desde 2018.
La victoria de Petro y Hernández es la derrota de los partidos tradicionales, de los clanes políticos regionales y de la salida militar al conflicto armado, priorizada por el actual gobierno.
La votación por Petro y Hernández es también una cuenta de cobro a la incompetencia de Iván Duque, a su intervención abierta en política, al uribismo que solapadamente apoyo a Federico Gutiérrez, y al centro, que no logró construir una propuesta apasionante alrededor de la figura de Sergio Fajardo.
Así las cosas, se abre una nueva oportunidad para Colombia.
Las próximas tres semanas son clave. En mi columna pasada mencionaba la teoría del Cisne Negro de Nassim Taleb. Nada podría darle más validez a esta teoría hoy. Hoy, lo impensable parece sentido común.
Hernández y Petro están hechos el uno para el otro. No podría haber dos candidatos más apropiados para este momento histórico. Ambos se presentan como el cambio, se han montado sobre el discurso anticorrupción, y son “outsiders.” Cualquiera de los dos puede ganar en segunda vuelta, ninguno tiene el triunfo asegurado. Esta segunda vuelta es casi un borrón y cuenta nueva.
Para muchos analistas el triunfo del Petro hoy está más lejano que nunca, es un imposible. Según su lógica, sumando los votos de Fico, Hernández logra un 52 %, mientras que Petro capturando la mitad de los votos de Fajardo no pasará del 43 %. La Petrofobia, como la llama María Jimena Duzán, le dará el triunfo a Hernández.
Otros ven que el triunfo de Petro está a la vuelta de la esquina. Consideran imposible que Colombia elija a un personaje que golpea opositores, admira a Hitler, crea que las mujeres deben quedarse en la casa cocinando, y que además de ser investigado por corrupción, él mismo sea el “gallo tapao” del uribismo. Según está lógica, solo hay que quitar el “velo de ignorancia” para convencer a un millón de personas de que el cambio que propone Petro es imparable.
Ambas lecturas son imperfectas ¿Cuántos colombianos saben la historia de Hitler? ¿Qué porcentaje del 43 % de colombianos que no votaron ayer saldrán el 19 de junio y cuántos se abstendrán? ¿Cuántos colombianos les van a pasar las cuentas de cobro del pasado por igual a ambos candidatos? ¿Cuántos colombianos van a preferir votar en blanco? ¿Cuántos colombianos van a decidir su voto a último minuto? Todo puede pasar, así son los procesos de cambio.
Petro y Hernández tienen una gran oportunidad de convocar al país para hablar sobre el cambio que arrancó ayer. Si dejan de lado el ataque personal y se dedican a hablar de cómo van a trabajar por la paz y la reconciliación y qué equipos de trabajo van a construir para derrotar la corrupción y la desigualdad, seguramente van a lograr canalizar la esperanza de millones de colombianos y volverán esta segunda vuelta presidencial parte del cambio para fortalecer la democracia. Pero si se dedican a hacer alianzas y cálculos electorales y a atacarse personalmente profundizando los estereotipos de cada uno estarán llevando el país hacia una fase nueva de radicalización que va en contra del cambio que quieren lograr y que muchos aspiramos ver en nuestra sociedad.
Los cambios ocurren de manera insospechada. La pregunta hoy no es si Colombia quiere cambiar. La pregunta hoy es como podemos participar entre todos en este proceso de cambio para que el remedio no resulte peor que la enfermedad.
*Profesor investigador Centro de Religión, Reconciliación y Paz de la Universidad de Winchester y cofundador de Rodeemos el Diálogo.