Colombia + 20

2 Dec 2022 - 4:09 p. m.

¡Contemos con los que sí saben de paz!

Joan C. López*

En los últimos días ocurrieron dos eventos importantes: el restablecimiento de la mesa de negociación entre el Gobierno nacional y el Ejército de Liberación Nacional (Eln), y el sexto aniversario de la firma del Acuerdo de Paz entre el Estado colombiano y las ya desmovilizadas Farc. Ambos eventos han de ser ponderados dado que contribuyen a la construcción de paz en este país. Ahora, también hay que decir que desde hace al menos 100 años se están gestando procesos de paz con características similares, la mayoría sin mucho éxito. Entonces es importante preguntarnos hoy, ¿por qué estos procesos no han sido suficiente para concretar una paz sostenible?

La historia de Colombia también puede ser leída como una historia de procesos de paz, donde si bien se han mitigado algunos de los efectos terribles del conflicto armado, ninguno ha sido completamente exitoso. Los procesos de paz en Colombia han servido más para desmovilizar grupos armados que para sentar las condiciones sociales que garanticen una paz sostenible, donde los jóvenes no encuentren en las armas una opción de vida. El desarme de un grupo o el otro es importante, pero no es suficiente dado que esto ignora las condiciones económicas y políticas que a la vez son las generadoras del conflicto. Es en la política y en la economía donde está el semillero del conflicto y hasta ahora ningún proceso de paz lo ha abordado con juicio.

Después de las guerras de independencia a principios del siglo XIX, se desató un conflicto armado entre Liberales y Conservadores, mejor conocida como la Guerra de los Mil Días (1899–1902). Esta terminó mediante un proceso de paz–el acuerdo del Wisconsin– que apaciguó los ánimos hasta el asesinato de Rafael Uribe Uribe en 1914. A mediados del siglo XX el país estuvo marcado por lo que aprendimos a llamar La Violencia, que inicia para muchos con el asesinato de Gaitán en 1948. Este conflicto, que en realidad fueron muchos conflictos –políticos, económicos, religiosos–, llegó a su término con el “acuerdo de paz” del Frente Nacional en 1958. Porque este fue un acuerdo excluyente frente a otras expresiones políticas, el descontento dio origen a la guerra de guerrillas.

(Lea también: Los retos de la paz tras seis años del Acuerdo)

Desde entonces, sobre todo a finales de la década de los 80 y durante los años 90, el país ha sido testigo de distintos procesos de paz con guerrillas como Quintín Lame, Ejército Popular de Liberación, M-19, entre otros. Por medio de indultos y amnistías se desmovilizaron varias guerrillas. A principios del siglo XXI vimos cómo por medio de un proceso de paz a puerta cerrada, que terminó con la ley de Justicia y Paz, se desmovilizaron las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc). En el 2016 la guerrilla más antigua de América, las Farc, se desmovilizó como resultado de un proceso de paz con el gobierno. Y hoy estamos viendo cómo el gobierno nacional y el Eln se sientan a conversar y a negociar la paz.

Cada uno de estos procesos de paz tiene sus particularidades y matices, y han generado avances para la democracia del país, tal como la construcción de la constitución del 1991, pero comparten una cosa: todos han sido pactados entre élites políticas, económicas, y bélicas. Dado esto, nos hemos acostumbrado a ver la paz en términos negativos, o sea, como la posibilidad del desarme, la desescalada de la violencia, y la ausencia de la guerra y la violencia directa. Poca atención le hemos puesto a la construcción de una paz positiva, o sea, una que construya una sociedad con equidad y justicia social, incluyente y plural. En otras palabras, nos ha importado más tratar los síntomas del conflicto que abordar sus causas; y ambas cosas son imprescindibles.

(Vea: Los mínimos en el proceso con el Eln)

Otro aspecto imprescindible es la inclusión de los que sí saben de paz en este país: las personas y comunidades que han estado en el medio del conflicto y que han decidido organizarse y responder al mismo de formas no violentas.

Por medio de mi trabajo etnográfico en zonas de conflicto, he conocido expresiones de construcción de paz territorial poderosísimas, tales como las Comunidades de Paz, la Ruta Pacífica de la Mujeres, los procesos sociales juveniles como Jóvenes Creadores del Chocó en Quibdó, Casa Kolacho en Medellín, la Corporación Hatuey en Bogotá, Afrodes en Cali, la Casa de la Memoria en Pasto y Cabildo de Tambores en Cartagena, entre muchas, muchísimas otras. Estas expresiones de construcción de paz territorial han diseñado, a través de los años, tecnologías y prácticas pacíficas para responder al conflicto que, si se toman en cuenta, tienen todo el potencial para construir una paz positiva capaz de abordar y transformar las causas del conflicto. Es más, si Colombia no ha sucumbido completamente ante el conflicto armado es por procesos de organización social y territorial tales como estos.

El gobierno actual habla de una política de Paz Total. Hasta ahora hemos visto esfuerzos para que este proceso sea más incluyente que los anteriores. Está bien que se negocie con los guerreros, con las elites gremiales y políticas, pero ojalá que esta vez también se incluya a los que sí conocen de paz y han invertido sus vidas enteras a la búsqueda de la paz y la convivencia en sus comunidades. Si no contamos con el conocimiento y las prácticas sociales de los que sí saben de paz, el hilo conductor de la historia de Colombia seguirá siendo el de procesos de paz fallidos.

*Columbia University

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