1 Jul 2021 - 8:55 p. m.

Convertirse en el desaparecido

Albeiro Montoya Guiral @amguiral

Tener un desaparecido en la familia es padecer un dolor que no se cura ni siquiera con la muerte. Uno se acostumbra, con amargura, a esperarlo regresar día tras día, a engañarse con los golpes fortuitos en la puerta de la casa, con las llamadas de números desconocidos al amanecer; a sufrir al repasar las fotografías del álbum familiar y notar que se ha olvidado la voz de una de esas personas entonces sonriente; a servir la mesa con un plato de más; a juntarse en el jardín, cuando cae la tarde, con una taza de café para el ausente, con algunas palabras que arrancan risas y lágrimas.

Nuestro desaparecido se llama (¿se llamaba?) Carlos Enrique Guiral. Para mis hermanos y yo, niños en aquel momento, se trataba del tío mago, del tío tahúr que compartía sus conocimientos en barajas y caminos con nosotros. Experto en pájaros, nos enseñaba a seguir su vuelo, a distinguirlos en el nido, a llamarlos por su nombre. Andariego por vocación y por tradición familiar, no había un cafetal que no conociera ni dónde no hubiera dejado a alguna muchacha suspirando. Un día, sin embargo, decidió cambiar los cafetales risaraldenses por las cocaleras del Guaviare; dejó de ser recolector de café para ser recolector de hojas, “por probar suerte”, decía, “para ahorrar y vuelvo”.

Su partida coincidió con el terremoto del 25 de enero de 1999 que resquebrajó al Eje Cafetero, que averió su arquitectura y su memoria. Desde entonces no hemos sabido nada de él, y nunca hemos dejado de esperar ni de buscarlo. Un amigo suyo de infancia, que terminó siendo militar con el tiempo, nos aseguró, sin pruebas, haberlo visto muerto, baleado, según él, en un enfrentamiento. No le creímos. Un muerto de verdad es aquel que uno mismo entierra, aquel que es llorado y besado las mejillas y despedido, y no aquel que no se sale de los márgenes de la imaginación.

En toda la historia de Colombia la mayoría de las familias que han sido víctimas de la desaparición forzada, o de las ejecuciones extrajudiciales, no han podido enterrar a sus seres queridos; les saben, como en nuestro caso, les suponen muertos, pero siguen buscando y esperando hasta no hallar una vislumbre de justicia o al menos de verdad. En este momento, a dos meses de haber iniciado el Paro Nacional, se cuentan más de mil personas desaparecidas en Colombia, sin olvidar los casos de asesinato, abuso sexual, detenciones arbitrarias y otros hechos violentos perpetrados por la fuerza pública. Cifras terribles para dos meses. Una violencia sin nombre que parece pasar de largo ante la mirada internacional, y las familias se quedarán a solas con su dolor, con su desesperación, quién sabe por cuánto tiempo.

Miles de familias, tal vez, como la mía, buscarán anónimamente por más de veinte años sin obtener respuesta: un cuerpo para sepultar. Y a pesar de saber que reinará la impunidad no dejarán de preguntar y de hurgar en la memoria colectiva, como mi abuela, quien esperó a su hijo todos los días, todas las horas de su vida y, con el tiempo, creo que de cierto modo se convirtió en su hijo, se convirtió en su desaparecido. Una mañana de octubre, en su jardín, la sorprendió la muerte, con dos tazas de café en su regazo. Desde entonces sentí que me convertía en mi abuela, que la búsqueda no se detendrá jamás, que todos en casa somos ella ahora, que todos en casa somos ahora el desaparecido.

Comparte:

Inscríbete a Nuestros Newsletter

Despierta con las noticias más importantes del día.
Al registrarte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Para tener acceso a todos nuestros Newsletter Suscríbete