19 Feb 2020 - 7:41 p. m.

Del porqué apoyar el libre mercado y ser mujer es un oxímoron

Laura Macias

Laura Macias

Columnista

Cuando las mujeres defienden ciegamente un sistema de libre mercado, un capitalismo altamente desregularizado, debo confesar que se me pone la piel de gallina. Si bien el feminismo no se hizo para decirle qué y cómo pensar a otras mujeres, quiero dedicar esta columna a algunas reflexiones de esas defensas apasionadas, sin mucho sentido crítico y muchas veces cimentadas en la desinformación. Pero sobre todo en el porqué defender un mercado sin regulación alguna y ser mujer es un oxímoron.

Una de las causas de los fuertes desbalances de poder entre hombres y mujeres en las sociedades modernas es el evidente desempoderamiento económico de estas últimas. Esto causado al mismo tiempo por la intransigente división del trabajo, los hombres como proveedores y las mujeres como dadoras de cuidado. Los hombres encargados de la vida pública y las mujeres del hogar. Por supuesto, la maternidad como la mayor carga y el mayor castigo para una mujer que pretende revertir los roles, y dedicarse ella a ser su propia proveedora. Basta con mirar las mediciones sobre la brecha salarial, como cada hija/o amplia dicha brecha.

Un mercado desregularizado bajo los canones y creencias culturales actuales no hace más que reforzar y ampliar las desventajas entre los géneros. El mercado falla, y generalemente le falla a aquellos/as en situación de mayor vulnerabilidad. No se trata de satanizarlo, se trata de mirar la evidencia y reconocer que dicha “economía de libre mercado” no es siempre la respuesta para una sociedad próspera e incluyente.  El mercado falla en proveer servicios como guarderías y hospitales para todos los niveles socio-económicos, el mercado falla en brindarle trabajos dignos, estables y con igualdad de salario a las mujeres; las cifras muestran cómo países con un amplio sector público tienen mayor igualdad de género laboral, porque hay más mujeres contratadas para trabajar en lo público, que en lo privado.

Las mujeres son las últimas en ser contratadas y las primeras en ser despedidas en las crisis financieras, como lo demuestra Kisten Ghodsee, investigadora en la Universidad de Pensilvania. Crisis que por cierto son cíclicas en el sistema capitalista. Para nadie es un secreto, por ejemplo, que las mujeres fueron quienes más sufrieron la crisis Europea, y las que continuan sufriendo en gran medida las políticas de austeridad que recortaron el gasto públio. La intervención del Estado es necesaria para equilibrar la cancha entre mujeres y hombres, las políticas de acceso gratuito y universal a guarderías y salud son imperantes para cualquier país que quiera alcanzar la igualdad entre los géneros.

Cuando hablamos de un país como Colombia donde la situación de las mujeres rurales y pobres es aún más compleja, este tipo de intervenciones, como bien lo expone Ghodsee, son de gran apoyo para las cabezas de hogar (en su mayoría mujeres), les permite a ellas abandonar situaciones de abuso con mucha más facilidad y les brinda libertad sexual y control sobre sus cuerpos.

Esto no es populista, ni castro-chavista. Necesitamos dejar de satanizar las políticas de intervención social, basados en el mito de la “meritrocracia”, del “que quiere puede”, de romantizar a aquellos/as que en medio de la dificultad renuncian a sus derechos humanos y dignidad para avanzar en un sistema que ha sido creado por y para beneficiar a una sola parte de la población. 

El día en que hayamos superados los sesgos y estereotipos en un cien porciento, ese día hablemos si la completa desregularización del mercado es el camino indicado.

@lmaciaslozano

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