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En la sala de la casa, en el hogar de una familia campesina, se realizó la diligencia de entrega digna del cuerpo identificado del joven campesino Arnulfo Pesca Pérez, ejecutado extrajudicialmente y desaparecido forzadamente por el Ejército de Colombia, el 29 de marzo de 2004, en la vereda Sirguazá, municipio de Mongüa, Boyacá. Fue presentado por el Ejército como un “guerrillero muerto en combate”, como un mal llamado “Falso Positivo”; una de las víctimas que no hacen parte del macro caso 03 de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), una de las tanatas víctimas que jamás contó con una investigación en la Fiscalía, una de las millares de víctimas desaparecidas forzadamente por agentes del Estado para ocultar una ejecución extrajudicial.
Arnulfo, nació el 15 de enero de 1985 en la Vereda Sirguaza, de Mongüa, Boyacá, del hogar integrado por Yolanda Pérez Merchán y Carlos Julio Pesca Maldonado, ambos asesinados. Su padre en 1987, en medio de una riña; su madre en 1998 por guerrilleros del Frente 38 de las FARC.
Pesca Pérez creció al lado de su hermano Flover Fermín, un año menor, en la casa de los abuelos maternos. La misma casa que una noche fue asediada por uniformados que se hicieron pasar por guerrilleros del ELN, cuando realmente eran del Ejército. Los ultrajaron, torturaron, los amenazaron con matarlos “si no decían dónde están las armas”.
Aproximadamente a mediados del año 2003, Arnulfo con la primaria cursada, cumplidos 18 años, se fue a prestar el servicio militar al Batallón de Artillería No. 1 “Tarquí”, con sede en Sogamoso. A los tres meses salió de permiso y no regresó porque la guerrilla del ELN lo amenazó con hacerle daño a él y a su familia si volvía al batallón, bajo el argumento que tenía mucha información de la vereda. Arnulfo siguió sus labores agrícolas en la vereda Sirguazá. Pero unos nueve meses después, un 29 de marzo de 2004, unidades militares llegaron a su lugar de trabajo, lo ejecutaron con tres disparos y simularon un combate. Su cuerpo fue llevado por los militares, nunca se supo más de su suerte y paradero. Quedó en el ambiente una de las frases de un militar “eso les pasa a los desertores del Ejército”.
Su hermano no denunció por miedo, pero en el año 2018 se atrevió a solicitar documentación de su hermano Arnulfo Pesca Pérez al Batallón de Artillería No. 1 “Tarquí”, donde había empezado a prestar el servicio militar, pero el teniente coronel al mando, le negó toda información.
En 2024, una investigadora de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD) visitó Mongüa, se enteró que la familia Pesca tenía un ser querido desaparecido, fue a la casa al final de la tarde, pero aún no llegaba del trabajo el hermano de Arnulfo. Pacientemente esperó fuera de la casa, hasta que pasadas las diez de la noche llegó Flover Fermín y volvió la esperanza a la familia de saber sobre la suerte y paradero de Arnulfo. La búsqueda se inició desde una toma de ADN.
Nadie sabía que, en diciembre del 2021, la Fiscalía había exhumado cinco cuerpos en el cementerio de Sogamoso, uno de ellos con el rótulo de “NN Alias Pesca Pesca Arnulfo”, al que le habían tomado un año después una muestra genética, la cual fue relacionada con la de Flover Fermín y se logró en el 2025 la confirmación que dicho cuerpo era sin lugar a dudas Arnulfo Pesca Pérez.
Luego de muchas insistencias, de trabas burocráticas o falta de respuestas del Grupo interno de trabajo de búsqueda, identificación y entrega de personas desaparecidas (GRUBE) de la Fiscalía, con mucha persistencia se logró programar la fecha de entrega, en la sala de la casa del hogar de la familia campesina de Arnulfo.
En la sala de la casa de su familia, lo esperaban su hermano, la esposa de su hermano, la hija de su hermano, el abuelo materno con quien crecieron, su tía, su primo hermano, con decenas de familiares y amigos. A la sala de la casa llegó Arnulfo en un pequeño cofre, llevado por la coordinadora del GRUBE, un odontólogo forense, uno de los investigadores de la DIJIN, una psicóloga y un trabajador social de la UARIV, la investigadora de la UBPD que inició la búsqueda desde la toma de muestra de ADN a su hermano, una comunicadora de la UBPD (porque la familia solicitó que todo el proceso de entrega fuera público, para que otras familias se contagien de la esperanza que sí es posible encontrar a las víctimas de desaparición forzada). También acompañamos la entrega digna desde la Fundación Hasta Encontrarlos, el P. Javier Giraldo sj, quien es miembro honorario de la fundación y también parte del equipo del Cinep, y quien escribe este relato, testigo de un momento sin precedentes.
Se inició con un momento simbólico en torno a la memoria de Arnulfo Pesca Pérez, recordando su vida, lo que hacía, lo que le gustaba, sus proyectos y anhelos, sus aficiones, la pesca, el fútbol, el trompo, el tejo y el billar, un ser humano que contagiaba alegría, simpático, de ojos que se veían azules y verdes, cabello rubio, con más de 1,80 de estatura, cantaba música llanera, le gustaba la bandola, era un agricultor, pero tenía una especial destreza para rozar. Quería algo más para su vida, salir al mundo, y pensó que prestando el servicio militar se le abrirían las puertas para ello.
Luego siguió un momento acompañado por la Unidad para las Víctimas - UARIV, que permitió reconstruir la historia familiar, donde se pudo entender cómo “el hecho victimizante” no es uno, sino todo un conjunto de hechos y contextos. A pesar de los sucesivos hechos y contextos de victimización y persecución a ARNULFO, a su hermano, a su abuelo, a su tía, a su primo hermano, a su familia, nunca han sido reconocidos como víctimas en el Registro Único de Víctimas (RUV). Una de las miles de familias que formalmente no son reconocidas como víctimas en el país por la UARIV.
La Fiscal, coordinadora del GRUBE, explicó a la familia el proceso de búsqueda. De una manera muy responsable informó sobre los diferentes documentos existentes en el proceso, rasgos de esa verdad anhelada, aún esquiva, que yace en los archivos militares que se deben abrir. La funcionaria comunicó a la familia, que días antes de la entrega, se había dado traslado del proceso a un fiscal de derechos humanos, quien se compromete a adelantar una investigación para esclarecer la verdad y lograr justicia. El forense, de una manera pedagógica, explicó los hallazgos en el proceso de exhumación, en los análisis de antropología forense, de odontología y genética, mientras la familia puede observar cada uno de los huesos de Arnulfo y en ellos encontrar los rasgos de esa verdad esperada. “Los huesos hablan”, dicen qué le hicieron, cómo lo hicieron, y hasta señalan a los responsables.
Fue un momento reparador el reencuentro de sus familiares y Arnulfo, en sus huesos, en su nombre, en su rostro, en su historia.
En la noche, lo que es una tradición en la despedida de nuestros muertos, una velación en el hogar, en ese que te vio nacer, en ese que te da la despedida. Una tradición rota desde el negocio de la muerte de las funerarias, que te obliga a ser despedido en una helada sala de velación, por donde desfilan ataúdes sin parar. La familia, los amigos y allegados de Arnulfo lograron velarlo en la sala de la casa, rezarle un santo rosario, compartir el tinto y el pan.
Al siguiente día, el P. Javier presidió la eucaristía, los símbolos sobre el cofre con los restos óseos de Arnulfo: el crucifijo, la biblia, la luz, el agua, las flores, junto a ellos el rostro y nombre de Arnulfo Pesca Pérez, en la única imagen que la familia logró salvar, la de la primera comunión, cuando tenía como once o doce años, al lado de su mamá. El texto del profeta Ezequiel del valle de los huesos secos, las canciones de la misa de los pobres, la reflexión siempre profunda de Javier, la consagración del pan y el vino, la paz y la comunión, para salir cantando hacia el cementerio a dos horas de camino, al encuentro con la comunidad de la vereda Sirguazá, que acompañó a Arnulfo y a su familia.
Allí, al lado del cuerpo de su madre y su padre, yace ahora Arnulfo Pesca Pérez, observando las montañas donde creció, esperando que su familia logre mayor verdad de la que ya logramos saber sobre su suerte y paradero, que se allanen caminos de justicia desde el fiscal de derechos humanos, donde hemos decidido que continuará el caso en una apuesta por creer que, ante tantas pruebas existentes, es imposible que no se logre la justicia y una reparación a una sucesión de hechos de violencia sociopolítica de los que ha sido víctima la familia Pesca Pérez.
“Habrá un día / en que todos / al levantar la vista, / veremos una tierra / que ponga libertad”. “Hermano, aquí mi mano, / será tuya mi frente, / y tu gesto de siempre / caerá sin levantar / huracanes de miedo / ante la libertad”. “Haremos el camino / En un mismo trazado / Uniendo nuestros hombros / Para así levantar / Aquellos que cayeron / Gritando libertad”.
*Pablo Cala, filósofo, defensor de Derechos Humanos de la Fundación Hasta Encontrarlos
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