Analistas

17 Dec 2018 - 8:17 p. m.

Deseamos mal

De vez en cuando me gusta regresar al primer texto que leí cuando ingresé a la Universidad Nacional de Colombia. Era un extracto del ‘Elogio de la Dificultad’ de Estanislao Zuleta (1980), el cual se encontraba en la bella agenda estudiantil que nos dieron a todos los estudiantes que iniciamos nuestros estudios en la UN durante el segundo semestre del año 2000. Lo hago, especialmente, para reencontrarme con esa frase del ensayo que se me quedó marcada para el resto de la vida: “(…) nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear. Deseamos mal”.

Esta frase adquirió sentido desde mi primera semana en la universidad, momento en el que igualmente empecé a formarme una imagen sobre ‘los capuchos’ que poco ha cambiado con los años. En realidad, era bastante fácil identificarlos -a pesar de que pretendieran vender una imagen de misterio y anonimato-; al fin y al cabo, compartíamos aulas de clase con la mayoría de ellos (aunque también algunos extraños se aparecían específicamente para los disturbios).

Unos cuantos compañeros salían a ‘tirar piedra’ esporádicamente, otros lo hacían incluso por diversión, pero casi todos terminaban alejándose progresivamente de los ‘tropeles’, conscientes de que los cambios que buscaban en nuestra sociedad no se alcanzarían arrojándole ladrillos (sacados de los andenes de la universidad) a una tanqueta de la Policía. Sin embargo, los más radicales siempre permanecían. Aquellos altamente ideologizados que no concebían su vida por fuera de sus propias organizaciones (no confundir con el movimiento estudiantil) y que en muchas ocasiones eran los encargados de enrolar en sus filas a incautos primíparos a través de esa dulce miel que produce la sensación de aceptación y pertenencia a un grupo –incluso podría decirse que gozaban de una relativa popularidad-. Fácil y rápido.

Su común denominador era el deseo por mostrarse como aventajados que interpretaban mejor que nadie la teoría política, lo que a su vez les convertía en abanderados de la lucha contra las injusticias sociales. Una lucha que estaban dispuestos a dar -como los valientes rebeldes que presumían ser-, por la ausencia de conciencia en nuestra sociedad frente a los abusos del establecimiento opresor, la cual era reforzada por los medios de comunicación, cómplices del poder y a su vez herramientas de alienación. Se consideraban a sí mismos la vanguardia, los dueños de la verdad, los elegidos.

Los enemigos eran el poder estatal cooptado por las élites (pero casi que exclusivamente representado por el ESMAD), el imperio, la oligarquía, los medios, los pequeños burgueses… en resumen, prácticamente todos aquellos que no comulgaran con su pensamiento. Pero eran pocos, poquísimos. Y para mí no pasaban de ser charlatanes jugando al gato y el ratón con los ‘tombos’, que simplemente querían resaltar dentro de la vida universitaria, solo que apelando a la manera más facilista: el uso de la violencia.

Durante décadas el conflicto armado le sirvió a la élite gobernante como la excusa perfecta para desviar la atención de la ciudadanía lejos de problemas estructurales del país como la corrupción, la concentración de la riqueza y el modelo de desarrollo. Pero estos son debates que ahora nuestra sociedad puede dar gracias a que se acabó la justificación de que las FARC era la única responsable de todas nuestras desgracias.

Por eso es una lástima ver como las marchas lideradas por los estudiantes de las universidades públicas terminan en violentos enfrentamientos por culpa de los ‘capuchos’. Estos personajes le han causado un inmenso daño al movimiento estudiantil y a sus justos reclamos por una educación de calidad. No solo se convirtieron en los idiotas útiles del establecimiento para mantener el status quo de un sistema educativo clasista e injusto, sino que además han contribuido de manera determinante a reforzar el estigma en que se ha convertido ser estudiante de universidad pública en Colombia.

Los estudiantes tienen la fuerza necesaria para convocar a miles a su alrededor. Convoquen a los ciudadanos (no los obliguen a estar horas atrapados en un Transmilenio), aprópiense de otras causas, gánense el respaldo de las personas del común. Marchen por la educación y pidan al mismo tiempo la renuncia del fiscal. Necesitamos más y mejor educación pública para precisamente quitarle el poder a los corruptos de siempre. Para lograrlo no necesitan de encapuchados, ni mucho menos de políticos oportunistas con ínfulas de mesías. Por favor, no se dejen arrebatar de las manos algo que nos pertenece a todos.

Sobre ustedes recae la esperanza de poder empezar a construir un proyecto de país diverso e incluyente en el que quepamos todos, sin importar si se es de izquierda, de derecha o de centro. Todos. Porque como también lo dijo Zuleta, “(…) lo más difícil, lo más importante, lo más necesario, lo que de todos modos hay que intentar, es conservar la voluntad de luchar por una sociedad diferente sin caer en la interpretación paranoide de la lucha. Lo difícil, pero también lo esencial, es valorar positivamente el respeto y la diferencia, no como un mal menor y un hecho inevitable, sino como lo que enriquece la vida e impulsa la creación y el pensamiento (…)”. No se rindan.

Síguenos en Google Noticias