Publicidad

Abelardo y el engaño de los “de nunca”

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Camilo Ernesto Fagua C.*
08 de junio de 2026 - 10:35 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Colombia se enfrenta una vez más a sus horas más definitivas. La segunda vuelta presidencial nos confronta con dos caminos que no solo definen quién ocupará el Palacio de Nariño, sino qué tipo de sociedad seremos cuando el momento electoral pase. Por un lado, la apuesta por la vida, la memoria, el campo y los sectores sociales que encarna la propuesta de Iván Cepeda, un liderazgo forjado en la premisa inquebrantable de que la paz no tiene por qué costar un solo muerto más y que los derechos humanos son el cimiento de cualquier porvenir. Por el otro, el show de Abelardo de la Espriella, quien ha pretendido presentarse ante el país con la tentadora narrativa de no pertenecer a “los de siempre”, autoproclamándose el redentor de “los de nunca”. Sin embargo, bastó que se cerraran las urnas de la primera vuelta para que las máscaras de la novedad se derrumbaran bajo el peso de las viejas alianzas.

Después del escrutinio, su campaña se convirtió en el refugio de los sectores más cuestionados del país, encabezados por el Centro Democrático, Álvaro Uribe, sobre quien pesa la sombra trágica de los 7.837 casos de ejecuciones extrajudiciales, el paramilitarismo, la corrupción de Cambio Radical y el Partido Conservador. El ropaje de la renovación resultó ser el viejo disfraz del pasado más doloroso.

Esta contradicción ética no se detiene en las fronteras nacionales; se nutre de una peligrosa estrategia continental que de la Espriella celebra con entusiasmo, olvidando la dignidad soberana y la realidad de la población colombiana en el exterior. La injerencia explícita de Donald Trump en la contienda electoral colombiana ha sido recibida con alabanzas por una campaña que parece ignorar el drama de la migración.

Los datos de la Universidad de Syracuse (TRAC Immigration) nos dan cuenta de la cruda realidad: solo en marzo del presente año, 4.075 colombianos fueron expulsados de Estados Unidos, situándonos como el quinto país que sufre estas vulneraciones. En lo que va del año, la cifra asciende a más de 18.877 deportados bajo una política republicana que busca asfixiar los canales legales de ingreso. Detrás de esos fríos números habitan tragedias humanas que demuestran una dolorosa doble moral. Muchos de los votantes de Abelardo son familiares de quienes han padecido el desprecio del Gobierno estadounidense. Ese dolor silencioso de jóvenes como Brayan Rayo, quien en su celda de aislamiento suplicó a los guardias una nota para llamar a su madre; una carta ignorada que devino en suicidio apenas una hora después.

La otra fascinación: el mesianismo autoritario del modelo de Nayib Bukele en El Salvador. Sobre dicho gobierno salvadoreño, expertos internacionales advierten de la comisión de crímenes de lesa humanidad institucionalizados. Las cifras horrorizan a cualquier conciencia democrática: más de 89.000 detenciones arbitrarias, de las cuales el propio Bukele admitió que al menos 8.000 eran inocentes, al menos 403 muertes bajo custodia carcelaria y cientos de desapariciones forzadas. La seguridad es un deber del Estado, por supuesto, pero jamás puede construirse sobre la base de la barbarie y la vulneración de las garantías fundamentales.

Del mismo modo, el idilio con el mandatario argentino Javier Milei, cuya narrativa de “honestidad” hoy lo consume en escándalos por corrupción, sumada a multitudinarias manifestaciones por la crisis económica, la pobreza y la falacia de las medidas de ajuste que sufre la Argentina. Su otro mejor amigo, el ecuatoriano Daniel Noboa, principal aliado en temas de seguridad de De la Espriella, se desmorona ante los hallazgos periodísticos que en marzo de 2025 vincularon a la infraestructura logística familiar del Grupo Noboa con la incautación de 2,3 toneladas de cocaína con destino a Amberes.

Lo que Colombia se juega en esta elección presidencial no es una simple alternancia de poder, sino la preservación de la soberanía nacional, los recursos naturales y la vida misma. Permitir y celebrar la interferencia extranjera de proyectos que desprecian los derechos humanos y violan cualquier soberanía no puede resignarnos a que nuestro destino sea la repetición del horror. La esperanza de nuestra nación radica en el rechazo rotundo a la tiranía del odio y en la convicción profunda de que la grandeza se labra protegiendo la vida en todas sus formas; debemos dejar de ser espectadores del pasado del dolor para convertirnos en los arquitectos de un porvenir justo, libre y en paz.

*Abogado defensor de Derechos Humanos y parte de la defensa de las antiguas FARC en la JEP.

✉️ Si le interesan los temas de paz, conflicto y derechos humanos o tiene información que quiera compartirnos, puede escribirnos a: cmorales@elespectador.com; nortega@elespectador.com o aosorio@elespectador.com.

Por Camilo Ernesto Fagua C.*

 

Gabrie(17286)Hace 10 minutos
Al fin el espectador l da espacios para los nadie
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.