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“Esther Ramírez”, y las mujeres que atraviesan el alma desde la crudeza de la memoria

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Pablo Cala*
07 de junio de 2026 - 02:10 p. m.
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Son muchos años de violencias sociopolíticas, de crímenes, de violaciones a los derechos humanos y no humanos, de conflictos armados, del uso sistemático y deliberado de la violencia, es decir, del terrorismo como la ideología de infundir terror para coaccionar con fines políticos y sociales. Aparecen como un Déjà vu la multiplicidad de violencias, siendo una de las peores la indolencia, ese acostumbramiento al terror que fomenta validación desde la apatía o indiferencia, hasta con la misma vida.

Por ello, desacostumbrarse al terror, puede ser una de las primeras acciones para alejar las violencias de lo cotidiano, desacostumbrarse es dejar de ser tan duros, tan fuertes, tan machos, es decir, inhumanos.

Dejarnos “atravesar el alma”, permitirnos la compasión, el sentir con el otro o la otra, su dolor y sufrimiento, para transformarlo, eso es humanidad, siendo su antítesis el uso de la violencia para infundir terror y con él, control político y social.

La estética, el arte, más que interpretación de nuestra realidad puede ser evasión y correspondencia, como lo expresó Boudelaire. Por ello, fui a contemplar una obra de teatro después de la coyuntura del 31 de mayo, un monólogo de mujer. Escrita por una mujer, protagonizada por una mujer, interpretada por una mujer, expresando las múltiples violencias hacia la mujer, con una sala mayoritariamente femenina, con un sold out en el cierre de la tercera temporada de esta obra de teatro, “Gato por liebre”, escrita por Piedad Bonnett, protagonizada por “Esther Ramírez”, cuya interpretación fue magistralmente realizada por la actriz, Diana Ángel.

Un monólogo de mujer, con la crudeza de la memoria que se niega a callar, aborda las múltiples violencias, desde los orígenes de la reciente violencia política de los años 40s y 50s, que provocaron un sin número de desplazamientos forzados, cuyas víctimas son la mayoría de los habitantes de las grandes urbes colombianas, sus hijos, nietos y bisnietos. Nos recuerda que la violencia hace parte de las historias de las familias colombianas, no solo esa de los conflictos armados, sino aquella del trabajo, de la sobrevivencia, de la habitación, de la migración forzada, de las violencias sexuales, económicas y culturales. Una mujer, “Esther”, que, a través de la interpretación de Diana, nos permite conocer las intimidades de las violencias, incluyendo aquella sutil de revestirse de hombre, disfrazarse para poder sobrevivir, el machismo que perpetua lo violento. Una puesta en escena con muchos simbolismos, expresión corporal e interacción con el público, que nos involucra en la historia, como testigos o como corresponsables por la indiferencia histórica, ante violencias que persisten.

Una obra escrita hace 35 años, por Piedad Bonnett para el Teatro Libre, muy vigente, actualizada por Teatro del Barrio. Al concluir la obra, la ovación, el abrazo, el reconocimiento a Piedad, al director de la Obra, al equipo y por supuesto a Diana Ángel, mujer excepcional, quien a través de su arte conecta con lo ético y lo político, interpela amorosamente, atraviesa el alma y provoca sentarse a escribir estas líneas.

La violencia aparece como algo sistemático, interpretando a Foucault, la violencia no sólo es la represión física, sino la que se ejerce a través de los lenguajes, lo simbólico, los imaginarios que se construyen colectivamente desde la institucionalidad. Y como Arendt lo abordó extensamente, sobre la violencia se debe precisar que no genera el poder, pero si lo puede destruir. El poder surge del acuerdo social, de un común acuerdo; ese es el sustento del Estado Social de Derecho, ese Contrato Social del que habló Hobbes y que sigue siendo vigente y reivindicado por muchos países, donde la violencia es algo poco común. Ese Contrato Social debe surgir del común acuerdo sobre lo que ha generado históricamente la violencia, la desigualdad y exclusión social, la riqueza mal distribuida, la limitación al acceso a derechos para todas y todos, la explotación desmedida de los recursos naturales, el favorecimiento de los intereses de las grandes riquezas, siendo quienes determinan el rumbo del Estado y el gobierno, a eso se le conoce como Plutocracia, ploutos (riqueza) y Kratos (poder), desde su origen griego.

Un Acuerdo Social es la manera de superar las múltiples violencias, y es la esencia de la democracia. Esto requiere un pensamiento crítico, conocer la historia del pensamiento de la humanidad, no solo el de otras latitudes, sino el que se encuentra cimentado en el continente americano, el pensamiento ancestral y el de nuestra filosofía latinoamericana, que permita incorporar en la vida cotidiana el sentido de lo político y lo ético, que entrelazados pueden generar una valoración distinta frente a la perversión del mal y su banalidad, donde una de sus manifestaciones, es la multiplicidad de violencias, es decir, la negación del otro, como lo plantea Levinas. Por ello, si queremos hablar de democracia y superar las violencias, debemos actuar desde lo ético, lo político y la alteridad en la diversidad, generando ese Acuerdo Social.

*Filósofo, defensor de Derechos Humanos de la Fundación Hasta Encontrarlos

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Por Pablo Cala*

 

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