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Gustavo fue mi maestro desde el año 2009 y en los últimos años tuve la fortuna de llamarlo amigo. Hoy, ante su ida prematura, siento que este escrito me permite darle nombre a esa deuda personal, profesional y colectiva que existe con quien que entendió el derecho como una forma concreta de ponerse al servicio del sufrimiento humano.
Gustavo enseñaba incluso cuando parecía estar conversando. Lo hacía con una frase corta, con una pregunta precisa, con una corrección amable, con una pausa y también con sus silencios. Eran silencios de escucha, de prudencia y de respeto por el caso analizado o por el dolor ajeno. En un país acostumbrado al ruido y a la opinión rápida, él sabía que muchas veces lo primero era oír, entender y acompañar, para hablar después con responsabilidad.
Gustavo dedicó su vida entera en la defensa de los derechos humanos. Su ejemplo me enseñó que la frustración no puede agotar la esperanza y que a pesar de la evidencia repetida de que el derecho llega tarde, responde mal o no responde, no podemos abandonarlo. Él me enseñó que cuando todo parece cerrado, hay que volver a mirar el expediente, buscar la norma, escribir el argumento, interponer el recurso, presentar la acción y dejar constancia. Cada recurso jurídico, más que un trámite, es una forma concreta de memoria, dignidad y resistencia.
Eso hacía Gustavo. Insistía con serenidad, rigor y una profunda conciencia ética. Lo hacía sin estridencia, sin poses heroicas y sin convertir las causas de las víctimas en protagonismo propio. Sabía que el derecho, aunque insuficiente, podía abrir grietas. Detrás de cada caso veía personas concretas, familias que esperaban una respuesta, comunidades que pedían verdad y víctimas (de todos los actores armados, sin excepción) que merecían algo más que quedar reducidas a una estadística de nuestra larga tragedia nacional.
Gustavo resistió a las peores épocas de violencia en contra de la Rama Judicial, los abogados, los defensores de derechos humanos y quienes creían que el derecho podía ser una barrera frente a la barbarie. En un país donde ejercer el derecho también ha significado exponerse, señalar responsabilidades y correr riesgos, él sostuvo una forma de valentía sobria, hecha de constancia, permanencia y disciplina. Nunca aceptó un escolta, un chaleco antibalas o un esquema de seguridad, la protección que tenía (suena ingenuo, pero es real) era la solidez y seriedad de su trabajo.
El análisis de la situación de derechos humanos y en especial de la administración de justicia dio origen en el año de 1988 a la Comisión Colombiana de Juristas (CCJ), ONG que dirigió por 34 años. La CCJ ha sido mucho más que una organización de derechos humanos, ha sido una escuela de la dignidad para muchos nuevos juristas. Allí se enseñaba que el rigor jurídico puede caminar junto a la sensibilidad humana, que el litigio puede ser una forma de acompañamiento y que la defensa de los derechos humanos exige método, paciencia, archivo, estudio, memoria y una profunda disciplina ética. Ojalá lo siga siendo. Ojalá esa escuela permanezca como proyecto hacia el futuro. Hay mucho por hacer todavía.
Gustavo Gallón encarnó la palabra jurista en su sentido más alto, exigente y escaso. Conoció el derecho, lo estudió, lo practicó y lo enseñó, siempre unido a una responsabilidad ética que le daba sentido a su trabajo. Ejerció la profesión jurídica desde las causas difíciles, desde el servicio público de la conciencia democrática, desde la defensa de todas las víctimas y desde la convicción de que el derecho merece respeto cuando protege la dignidad humana.
Fue maestro siempre, desde el lugar en que estuviera. En la Comisión Colombiana de Juristas, en los debates públicos, en los espacios internacionales, en las columnas escritas en El Espectador, en la conversación personal, en la explicación paciente y en la defensa persistente de aquello que otros preferían dejar pasar. Quienes aprendimos de él sabemos que su virtud consistía en transmitir una manera de estar en el mundo, serena, rigurosa y firme, capaz de resistir la tentación de acostumbrarse a la injusticia.
Me alegra profundamente que sus últimos años los haya pasado en Ginebra, un lugar que siempre quiso. Hay vidas que encuentran al final una cierta armonía con su propio recorrido, y Gustavo llegó allí como embajador y representante de Colombia ante la Organización de las Naciones Unidas, con la alta dignidad de hablar en nombre del país en un escenario que conocía, respetaba y al que había contribuido durante décadas desde la sociedad civil. Fue un cierre digno para una vida ilustre.
Ahora que vengan muchos homenajes y recuerdos. El mejor homenaje al reconocer su inmensa contribución a la defensa de los derechos humanos es que sus colegas, estudiantes, amigos y amigas vuelvan sobre sus enseñanzas. Que el país recuerde cuánto le debe a su insistencia, a su rigor y a su capacidad de luchar por los derechos humanos sin perder la humanidad en el camino.
El mejor homenaje será seguir haciendo aquello que él enseñó. Escuchar más, estudiar mejor, resistir el cansancio, acompañar a quienes sufren e interponer los recursos y las acciones jurídicas que existan, incluso cuando parezca que la respuesta favorable está lejos. También el homenaje será sostener la palabra cuando el poder prefiera la comodidad de nuestro silencio y mantener la dignidad cuando la injusticia apueste por nuestro agotamiento.
Hoy se fue un maestro, un amigo y un jurista de los que quedan pocos. Aprendí de Gustavo que ante el dolor humano el derecho debe ser una forma de presencia. Que ante la frustración el derecho debe ser una forma de perseverancia. Y que ante la injusticia es una obligación insistir en el derecho.
Gracias, maestro. Adiós, jurista.
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