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Lo que nos hemos acostumbrado a llamar poder no es otra cosa que dominación. Cuando el poder es noble, creativo e inteligente, la dominación es soberbia, destructiva, y burda. Marginalizar a grupos enteros de la población para que no exista una competencia genuina en un terreno de igualdad de condiciones, usar la ley para hacer política, hacer de la violencia una herramienta de negociación, capturar el Estado para movilizar intereses personales y de tribu, y permitir que la publicidad y el grito impulsen la toma de las decisiones más importantes del país no puede ser un ejercicio de poder, sino más bien un mecanismo para disimilar y lidiar con su ausencia. En cambio, quienes enfrentan la marginalización y la violencia, quienes hacen uso del Estado con generosidad y creatividad, o sea, quienes responden pacíficamente a las formas más burdas de la dominación sí están ejerciendo el poder. Pensándolo así, podemos entender el poder cómo la respuesta a la dominación.
Está reflexión no parte de una lectura frívola, o sea superficial, de la realidad social y política colombiana sino de una observación cuidadosa, rigurosa y consensuada de los ejercicios de poder que han elaborado los lideres sociales en zonas urbanas dentro de su cotidianidad para hacer que la vida se abra camino entre la marginalización y la violencia impuesta. Con mis amigos y colegas, Rafael Augusto Restrepo, María Belén Castellanos y Beth Fisher-Yoshida, y nuestros estudiantes del programa de maestría en resolución de conflictos de la universidad de Columbia y de la maestría en construcción de paz de la Universidad de los Andes, nos pusimos la tarea de llevar al campo la siguiente pregunta: ¿Qué formas de resistencia pacífica a la guerra urbana existen en Medellín? Pasamos varios días en Medellín conversando con lideres sociales sobre el trabajo de las organizaciones sociales que le “han puesto el pecho a las balas”, y quiero resaltar algunos hallazgos, dado que es ahí, en la cotidianidad de los que se resisten a usar la violencia para negociar la vida, los que saben de paz porque la hacen todos los días, donde podemos encontrar la salida de nuestra historia de violencia.
Visitamos el barrio Guadarrama, en la parte alta de la comuna 13, junto a La escombrera o El tiradero, cómo le dicen los habitantes del barrio. La escombrera es una fosa común donde yacen los cuerpos de muchos desaparecidos de la guerra urbana en Medellín. “Es una herida abierta de esta ciudad”, nos dice AKA, el líder natural y cofundador de AgroArte Colombia. AKA nos habló sobre el trabajo de AgroArte, sobre su apuesta por la memoria histórica que tiene como base la construcción de las memorias del futuro, la política de lo cotidiano y la arquitectura de lo imposible. AgroArte nace en el 2002 y sus integrantes lo entienden cómo un proceso de resistencia frente a las problemáticas desatadas por La escombrera y las violencias selectivas llevadas a cabo por medio de distintos grupos armados, en la comuna 13. AgroArte opera desde dos elementos metodológicos concretos: la siembra y el arte. La siembra tiene que ver con las memorias del futuro, o sea, con la imaginación de mundos posibles que se van sembrando, “cómo cuando se siembra un bosque”, pensando en el bienestar de los que vienen. La paz, nos dice AKA, “es cómo la siembra del bosque… es un trabajo de largo aliento”. Y el arte tiene que ver con lo que AKA llama, “el relato del alma, el relato chiquito”: cantar y celebrar “los pequeños favores”, cómo los que hace todos los días Don Jesús en Guadarrama, quien pone al servicio de AgroArte el patio de su casa para la producción de abono para el bosque que está reviviendo AKA con los niños y niñas del barrio. Las grandilocuencias del Estado con sus procesos de paz rimbombantes entre guerreros—que sin duda son necesarios—buscan desarmar a los violentos. La política de lo cotidiano, “los favores pequeños”, buscan sentar las bases para una convivencia generosa y amable: la paz cotidiana.
También pasamos una tarde con Pastora Mira, la directora del Centro de Acercamiento para la Reconciliación y la Reparación (CARE) en San Carlos, Antioquia. Pastora nos contó la historia que, “le quito a un hijo para hacerla madre de todos nosotros”. Pastora nos habló sobre la decisión estratégica que ha tomado de utilizar el lenguaje del Estado, de la ley, para movilizar los intereses comunes de las víctimas del conflicto armado. Nos habló sobre la tareas más difícil y necesaria que tenemos los colombianos: la reconciliación. Vale mencionar que, también por la torpeza del Estado, el CARE—que ha asistido en la enorme tarea de la reconciliación—está cerrado por tropiezos con la burocracia Bogotana.
El arte siempre ha sido refugio y arma para los que resisten a la violencia. A paso punkero caminamos las calles de Castilla, en la comuna 5 de Medellín, el escenario de la película de Víctor Gaviria, Rodrigo D no futuro, con Caliche, un punkero de la vieja guardia. Él nos habló sobre el papel que jugó el punk durante los años más difícil en Medellín, o sea los 80s y 90s. “Cuando nos querían enjaular por ser jóvenes rebeldes el punk nos acogió… nos sirvió para expresar la rabia y el dolor por medio de la mímica de lo grotesco de la violencia, pero sin ser violentos”. Cuando en Medellín asesinaban jóvenes por ser jóvenes el punk brindó un espacio para que ellos, los jóvenes amenazados por las dinámicas de la guerra, se apropiaran y resignificaran algunas imágenes violentas mediante una mímica, una simulación de lo violento, pero solo para desarticularla. Pienso en cómo la comunidad afro en los Estados Unidos se apropió de la palabra, “negro”, para desarmar su significado peyorativo y hoy se usa como un indicativo de afecto y confianza. También nos dio unas claves sobre la autonomía, sobre la no dependencia frente al Estado para hacer lo necesario, dado que el lema del punk es: “hazlo tú mismo”. Nos dijo que mientras los violentos elaboran armas de destrucción masiva, los punkeros elaboran, por sí mismos, armas de construcción masiva: guitarras, baterías, micrófonos, y uno que otro coctel pa’ alegrar el día.
Concluyo con algo muy sencillo: hemos estado buscando en el lugar equivocado las llaves que nos den entrada a un país justo, generoso y amable, que en realidad son las formas de la paz. El futuro de Colombia no está en los discursos grandilocuentes ni en la fuerza del Estado y su dominación. Está en el poder de las prácticas cotidianas de quienes saben poco de la guerra pero todo sobre la paz. La fuerza que mueve al poder que siempre está vigilante ante el ejercicio de la dominación, quiero pensar, es la misma, que cómo dijo el poeta de la Divina Comedia, /L‘amor che move il sole e l’altre strelle/.
*Joan Camilo Lopez, profesor, Columbia University, Nueva York.