20 Nov 2021 - 11:07 p. m.

La no violencia como misión

Miguel Estupiñán

@HaciaElUmbral

¿Cómo las creencias religiosas motivan a iglesias e individuos cuando se trata de impulsar acciones constructivas para mitigar la violencia? Dicha pregunta ha servido, en los últimos años, como herramienta en la configuración de un campo de estudio para la sociología y otras disciplinas interesadas en analizar el vínculo entre cristianismo y defensa de los derechos humanos.

El proceso de paz entre el Gobierno de Juan Manuel Santos y la hoy extinta guerrilla de las FARC sirvió, en su momento, para visibilizar un conjunto de acciones en esa línea por parte de organizaciones basadas en la fe. La imagen de dos religiosos como testigos de la dejación de armas llevada a cabo en Mesetas, el 27 de junio de 2017, resume esos esfuerzos. Uno de ellos, el jesuita Francisco de Roux, creador del programa de desarrollo y paz del Magdalena Medio, es hoy el presidente de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición. El otro, hoy arzobispo emérito de Tunja, Luis Augusto Castro, era entonces presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia.

La congregación de este último, la de los misioneros de la Consolata, brinda en la actualidad apoyo a toda una serie de iniciativas, entre las que se encuentra Murales por la paz. Este proyecto cuenta con la participación del dibujante argentino Cristian Camargo, quien desde el 8 de octubre recorre el país junto a otros jóvenes, propiciando diálogos sobre otro mundo posible, en escenarios barriales y escolares. La actividad se prolongará hasta el 18 de diciembre y tiene la ambición de visitar comunidades en más de 15 ciudades, para pintar junto a ellas al menos 22 murales, representando cómo hoy en día se construye la paz en Colombia y qué anhelos de transformación social existen entre personas de todas las edades.

El artista proviene del mundo de las comunidades eclesiales de base, un escenario de activismo religioso que conserva la memoria de luchadores sociales alcanzados por la represión en toda América Latina. Es el caso del obispo argentino Enrique Ángel Angelelli, asesinado en tiempos de dictadura militar y beatificado por el papa Francisco. Una figura entre otras que han resultado inspiradoras para Camargo y a las que se suma la de su compatriota Adolfo Pérez Esquivel, quien, al momento de recibir el premio Nobel en 1980, definió a “la verdadera paz” como “fruto de la justicia”, “fuerza del amor” y “transformación profunda desde la no-violencia”.

Pérez Esquivel es, a la vez, el autor del viacrucis latinoamericano, una serie de pinturas que, iconográficamente, unen los sufrimientos de Cristo a los sufrimientos de los pueblos oprimidos del continente. Una de las particularidades de dicha serie la constituye la décimo quinta estación, obra sobre la resurrección que ha servido de referente para el trabajo que Cristian Camargo lleva a cabo por estos días en Colombia. La pintura representa a Cristo, vencedor sobre la muerte, haciendo camino junto a otros “crucificados resucitados”, entre ellos defensores de derechos humanos reconocidos como mártires por su gente. Frente a los mensajes de muerte que se multiplican a diario en nuestro país, Camargo y sus compañeros han querido privilegiar mensajes de vida que nacen del seno de comunidades cansadas de la violencia, muchas de ellas ubicadas en sectores marginados de ciudades como Buenaventura, Cali, Manizales, Cúcuta, Medellín y Bogotá.

Murales por la paz lleva a recordar una gran misión promovida en el Tolima a inicios de la década de 1960 por el entonces obispo de Ibagué, Rubén Isaza. Las heridas causadas por la violencia política de mediados de siglo se hallaban más abiertas que nunca y el prelado volcó a la iglesia local hacia pueblos y veredas, para aclimatar en la conciencia de la gente la necesidad de poner fin al fratricidio.

“Tuve la oportunidad de recorrer con un pequeño equipo de religiosas, seminaristas y estudiantes voluntarios algunas veredas de Líbano, Villahermosa y Rovira”, narraría Fabián Marulanda, al hacer memoria de su participación en dicho proyecto cuando apenas era un sacerdote recién ordenado. “Recuerdo nombres como El Bosque, El Resguardo, la Marranera, donde pudimos darnos cuenta de los estragos producidos por el odio y el sectarismo político”, añadiría el prelado, al definir la misión como “un elemento decisivo para acallar los fusiles, desterrar los odios e iniciar la reconstrucción de un territorio asolado por la más absurda confrontación de la que se tenga memoria”.

Décadas después, precisamente en la capital del Tolima, un grupo de jóvenes vinculados a la pastoral de los misioneros de la Consolata emprendería un conjunto de acciones en favor de personas empobrecidas de la región, sin saber que ello les llevaría a reeditar lecciones sobre la reconciliación dejadas como legado por sectores no partidistas del clero.

De pequeños y desinteresados gestos de caridad dicho grupo pasó a plantearse preguntas cada vez más incisivas sobre cómo tomar parte en esfuerzos articulados en favor de la justicia. Rápidamente en otras ciudades se fueron uniendo a dicho movimiento otras personas interesadas en un tipo de activismo que bebiera de sus convicciones religiosas. La represión de Estado contra quienes participaron en el paro nacional este año fue el catalizador para levantar un S.O.S. en defensa de los derechos humanos, proveniente de sectores de la vida religiosa molestos por la actitud de determinadas autoridades eclesiásticas que se negaron a condenar con todas las letras la respuesta violenta del Gobierno a las demandas de los manifestantes.

“Vivo en tensión para no familiarizarme con la guerra, para no habituarme a la muerte injusta, para no enloquecer en la indiferencia”, ha dicho el psicólogo Jonathan Acuña. Así como la gran misión de paz del Tolima intentó contribuir a la sanación de las heridas abiertas durante el periodo conocido como La Violencia, la iniciativa Murales por la paz, promovida, entre otras personas, por este misionero de la Consolata, busca por estos días aclimatar la convicción sobre la necesidad de otro país. Uno en el que la movilización social no sea sofocada entre disparos, sino donde sean valorados y respetados los acuerdos, como medios para buscarle una salida negociada a los conflictos.

El religioso inscribe sus afanes dentro de la agenda planteada por el papa Francisco en pro de la amistad social, asunto formulado en la encíclica Fratelli Tutti. Con todo, en la institución misionera a la que pertenece hay una larga tradición de iniciativas en la vía de la no violencia activa. Baste recordar los esfuerzos en el Caquetá por parte del sacerdote italiano Giacinto Franzoi, autor del libro Dios y cocaína, quien se vio obligado a abandonar el país, mientras era objeto de persecución política en los años de la denominada seguridad democrática; un misionero empeñado en abrir caminos para la sustitución voluntaria de los cultivos de uso ilícito, a pesar de las fumigaciones que destruían cada tanto las plantaciones de cacao y de caucho con las que los campesinos de su parroquia buscaban, con su ayuda, formas alternativas de vida. Y, claro, quepa una nueva mención a Luis Augusto Castro, quien en sus tiempos como vicario apostólico de San Vicente del Caguán se hizo célebre, sirviendo como mediador para la liberación de secuestrados.

Si es cierto que durante la pandemia la redes sociales sirvieron para generar acciones de comunicación para la paz a sectores de la vida religiosa, también lo es que los recursos institucionales de la Iglesia católica tienen la vocación de servir de plataforma para unir voluntades y orientarlas eficazmente para materializar iniciativas concretas en la línea de la no violencia activa. Es lo que nota uno al saber de proyectos como Murales por la paz. Una buena noticia que merece ser destacada.

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