28 Nov 2021 - 8:44 p. m.

La varita que no es mágica

Stefan Peters*

Érase una vez un país altamente polarizado. Choques fuertes y polémicas entre la derecha y la izquierda eran el pan de cada día. Las discusiones políticas dividían a familias, amigos y, en general, a la sociedad. ¿Cómo afrontar el pasado? Ese era un tema central de la controversia y la educación era uno de los campos preferidos de batalla. Hablamos de Alemania en los años sesenta y setenta del siglo XX.

Ante esta situación, se convocó a académicos de diferentes tendencias ideológicas a un congreso, con el fin de presentar y discutir sus visiones sobre la educación política que debía impartirse en las aulas: la Politische Bildung. La sorpresa fue que todos aceptaron. Existía la percepción que era necesario sentarse a hablar y convencer al otro, a pesar de los desencuentros.

El congreso tuvo lugar en 1976 en la pequeña ciudad de Beutelsbach. En Alemania, nadie sabe dónde queda Beutelsbach y esto fue fundamental para el éxito del congreso. No había distracciones, los participantes debían estar enclaustrados en el mismo lugar, debatiendo, pero también comiendo y bebiendo cerveza juntos. Es cierto, tampoco había internet para distraerse.

Después del congreso, un asistente resumió lo que al final entendió como un consenso mínimo y que conocemos hoy en día como el Consenso de Beutelsbach. Se trata de tres puntos básicos, banales y a la vez revolucionarios. Hoy en día, estos principios sirven de guía para la educación política y forman parte de la ética profesional de (casi) todos los docentes de esta materia en Alemania. Es más, un funcionario de la política educativa advirtió recientemente que “hasta mi peor docente de ciencias sociales conoce el Consenso de Beutelsbach.” ¿Cuáles son los componentes de este consenso?

Se trata primero de no abrumar a los estudiantes con posiciones políticas sesgadas y, en cambio, promover en ellos juicios propios e independientes. Esto está vinculado con el segundo principio: la controversia. Temas que son polémicos en la ciencia, la política o la sociedad tienen que emerger en el aula desde distintas posiciones. Y, tercero, la educación política debe formar a los estudiantes para que analicen una situación política según sus intereses y necesidades y formarles para que se pueden involucrar políticamente. Se trata, nada más y nada menos, de formar ciudadanos democráticos y críticos.

Por supuesto, el consenso no es perfecto ni ajeno a las discusiones. Para señalar algunos de los debates, quiero remitirme a lo siguiente: en primer lugar, ¿la prohibición de abrumar significa que los docentes no pueden tener una posición política? ¡Por supuesto que no! Sería absurdo tratar de formar ciudadanos que se involucren con docentes sin posiciones propias. Los docentes pueden y deben presentar su perspectiva, pero siempre insistiendo en que hay otras posiciones y que la política tiene que ver con intereses, preferencias y conflictos. En este sentido, hay que pensar en conjunto la prohibición de abrumar con el principio de la controversia.

Pero, en segundo lugar, ¿este principio quiere decir que, como docente, tengo que exponer todas las posiciones e, incluso, dándoles la misma importancia? ¡Por supuesto que no! Hay buenos argumentos para no enseñar que la tierra es plana, aunque algunos lo defenderían. Pero, hablando más seriamente, tienen que existir límites a la controversia. No hay que tolerar posiciones que vulneren los derechos de otros estudiantes. En sentido amplio, los límites a la controversia pueden ser la Declaración Universal de los Derechos Humanos o la Constitución Política, si bien ambas tampoco son perfectas y siempre requieren revisiones críticas.

Y, en tercer lugar, ¿formar a los estudiantes para analizar una situación política según sus propios intereses, no será equivalente a formar ciudadanos egoístas que solo piensan en sus beneficios individuales y a corto plazo? Se trata de una reflexión crítica muy importante, especialmente si tenemos en cuenta que las grandes preguntas del siglo XXI requieren respuestas globales. Por lo tanto, hay que complementar los intereses propios con la responsabilidad compartida.

Pensando en las polémicas en torno a la educación política en Colombia, cabe señalar que la educación requiere un consenso mínimo para avanzar en la formación de ciudadanos democráticos y críticos. Entonces, ¿no se debería aplicar el Consenso de Beutelsbach en Colombia? ¡Por supuesto que no! Copiar respuestas de otros países no suele ser buena idea. El Consenso de Beutelsbach nació en un lugar y en un tiempo específicos. Este contexto fue muy diferente al que se vive actualmente en Colombia. Además, hubo errores de concepción desde el inicio. Lo de Beutelsbach fue una reunión entre académicos, en la cual faltaron voces de la sociedad civil, migrantes, mujeres, jóvenes, y de la población vulnerable. Colombia no puede repetir entonces el error de silenciar la diversidad y la desigualdad. Sin embargo, la experiencia alemana puede servir como referencia para los debates en Colombia.

No obstante: no hay soluciones mágicas para formar ciudadanos democráticos y críticos, ni hay vacuna contra posiciones antidemocráticas, racistas, sexistas, clasistas u homofóbicas. Los resultados electorales recientes en Alemania para la AfD - partido ultraderechista con fuertes vínculos con el neonazismo; y la repercusión que han tenido las teorías de conspiración entre los “antivacunas” en ese país, nos obligan a ser modestos. La educación no es una varita mágica que puede resolver cualquier problema.

Sin embargo, la modestia no es equivalente a la pérdida de la esperanza para construir un mundo mejor. La educación sigue siendo fundamental para fortalecer la democracia, construir paz y avanzar hacia el desarrollo social y sostenible. Una buena educación política puede hacer la diferencia y aumentar la resiliencia contra posiciones autoritarias y discriminatorias. Para esto tenemos que ponernos de acuerdo en algunos principios básicos, entre quienes queremos fortalecer la democracia. Y, para esto, hay que presentar perspectivas diversas y discutirlas. Ojalá nos veamos pronto en el Valle del Cauca, para construir el Consenso de Tuluá.

*Prof. Dr. Stefan Peters es catedrático en estudios de paz de la Universidad de Giessen, Alemania, y Director del Instituto Colombo-Alemán para la Paz - CAPAZ.

Esta columna hace parte del proyecto sobre democracia de la educación y la ciencia del Instituto CAPAZ.

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