24 Sep 2021 - 10:51 p. m.

Los exilios del periodismo

Carlos Martín Berinstain

Ser periodista y ser amenazado en Colombia son la misma cosa. Así, a bocajarro. Para quienes tuvieron que salir del país por amenazas directas, lo forzado de la salida es lo que hace la diferencia. No hay manera de quitarse de encima la dimensión de arrancado. Si migraste para buscar otra vida, pudiste ponerles curitas a las raíces o dejarlas en el agua de los vínculos, o tenías el termómetro para poder volver a ellas. Pero así no.

Cuando estás solo, sola, el riesgo se ve de una manera. Cuando tienes una hija pequeña, el riesgo no se multiplica, es abrumador. Guardaespaldas, carro blindado, vida encerrada. Uno de seis del esquema del DAS trabajaba para los que preparaban el atentado. Con la manía y la experiencia acumulada en sus años de reportear, se puso a investigar, hasta que encontró la IP del computador de donde salían las amenazas. Solo cuando salió del país, en un tiempo de descanso para pensar, se dio cuenta de dónde estaba. A veces, la distancia es un espejo en el que de verdad te puedes mirar.

Tener los detalles del atentado que se estaba preparando es como asistir a tu propia muerte. Cuando llamaban para amenazarle por teléfono, las amenazas eran un boomerang para su furia, de donde le salían las groserías más inmundas. Como si el combate fuese entre amenazas e insultos. En Días y noches de amor y de guerra, Eduardo Galeano relata que, estando en el exilio en Argentina, la Triple A lo llamó para amenazarle. Además de la furia, hay otras maneras de hacer la pelea a lo kung-fu.

El horario de amenazas es de 6:00 a 8:00 de la tarde, señor. Aunque en los dos casos, después te tiemblen las piernas. Cuando tuvo que salir de nuevo, de inmediato, ya no se trataba de mirarse en el espejo sino de salvar el pellejo. Le costó aterrizar en el lugar de acogida cuatro meses, a pesar de que el avión había llegado puntual. Para su hija, el indicador de que estaban en un país más desarrollado era que las ventanas del carro se subían y se bajaban, no como en el blindado que había conocido a sus seis añitos. Como en tantos casos, lo que se necesita para proteger la vida es un blindaje político, no del carro, porque las amenazas también lo son. Así lo entendió un grupo de periodistas de Arauca, que para que no los mataran iban juntos a cubrir la fuente, con la idea que al estar juntos el riesgo se diluía, al menos por un tiempo. Eran dieciséis.

La censura y la autocensura son dos tipos de exilio de la palabra que han afectado al periodismo colombiano. En cada uno de ellos está la dimensión de lo forzado, la imposición de una realidad que rechazas, los dos te expulsan de la vida que elegiste para contar lo que sucede. En los dos, la culpa te acecha. Las amenazas, los asesinatos y el exilio de periodistas no son solo ataques a la vida y a un oficio, es la sociedad la que pierde el derecho a saber. La censura y la autocensura deberían considerarse violaciones al derecho a la verdad junto con las amenazas, el asesinato y el exilio. Las dos son impuestas por la violencia y el miedo. En ellas habita mucha verdad que, como las plantitas que surgen entre el cemento, salen por las rendijas.

*Beristain es un médico y psicólogo español con vasta experiencia en atención psicosocial de víctimas en el mundo. Fue asesor de varias comisiones de la verdad en diversos países. Coordinó el informe Recuperación de la Memoria Histórica – REMHI de Guatemala. Hoy es comisionado de la Comisión de la Verdad de Colombia.

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