26 Apr 2021 - 2:00 a. m.

Los Betancourt, una de las familias que resistieron al conflicto en Caldas

A El Congal (Caldas), un pueblo que por poco desaparece a causa del conflicto armado, volvieron 17 familias desplazadas, entre ellas los Betancourt, quienes han liderado la unión de los habitantes víctimas. Uno de sus miembros escribe la historia de sus vidas y la de todos los desplazados del pueblo.

En las mismas chivas en las que al menos veinte familias salieron desplazadas de El Congal —una vereda del municipio de Samaná, en el departamento de Caldas, que colinda con el departamento de Antioquia— volvieron a sus tierras, casi dos décadas después. Una de ellas es la familia Betancourt, el padre y abuelo es don Daniel Betancourt, y la madre y abuela es doña Felicia Herrera. Juntos criaron a catorce hijos: ocho mujeres y seis hombres. Los primeros recuerdos de don Daniel son en El Congal, su pueblo natal. Él recuerda: “Los abuelos le decían a uno, le contaban la historia del pueblo, que aquí monte arriba crecía una planta que se llama el congo, y que por eso se llama así la vereda”.

Don Daniel dice que “el que es del campo es del campo” y, precisamente, él fue quien les enseñó a sus hijos a cultivar y cuidar la tierra. En su finca siempre cultivaron café, caña de azúcar, fríjol y yuca. Vendían los productos con la gente del pueblo y bajaban con bultos de café, en un burro, hasta llegar a las chivas, el único medio de transporte, que llevaban a los habitantes de El Congal a otras veredas o al centro poblado de Florencia (Caldas) a vender sus productos.

Felicia recuerda los mejores momentos en El Congal, antes de que la violencia acabara con el pueblo. “Aquí celebrábamos la Navidad y la Semana Santa. Esto acá llegaban personas de otras veredas y, cada domingo, como cien nos reuníamos a rezar el Rosario alrededor de la Virgen”. La Virgen a la que se refiere doña Felicia es una estatua de al menos un metro de altura, de una mujer con vestimenta blanca y azul, y un bebé de pelo castaño oscuro en sus brazos. La imagen está protegida por cuatro palos y un techo, que la resguarda de la lluvia. Wilson Betancourt, hijo de don Daniel y doña Felicia, asegura que fue lo único que quedó intacto después de la quema de la vereda y la desolación que dejó la violencia.

Todas las casas que quedaban en el centro poblado de El Congal fueron incineradas por un grupo de paramilitares de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, quienes llegaron al pueblo en la madrugada con bidones de gasolina. En aquel momento, recuerda Wilson, “ya casi nadie vivía en las casas, porque había mucho enfrentamiento y masacres”. De hecho, asegura que antes de la quema pasaron hambre con su familia, pues les tocaba refugiarse días enteros debajo de quebradas donde no tenían qué comer.

La quema del pueblo fue el 19 de enero de 2002, pero meses antes ya varias familias de El Congal habían salido del pueblo huyendo por los enfrentamientos de los paras y la guerrilla de las Farc, que estaba en esta zona con el frente 47. A principios de los años 90 llegaron las Farc a El Congal por primera vez. Wilson recuerda que estaban con otros campesinos en un convite y luego bajaron hacia sus fincas. De camino, los pararon unos hombres con camuflado “y armas largas” a decirles que ellos eran la guerrilla de las Farc y que ahora ellos mandaban en el pueblo. “A nosotros nos dijeron que no podíamos decir que estaban acá cuando saliéramos del pueblo, y así fue. Convivimos con ellos unos seis años casi”. Pero los planes de la guerrilla de controlar el territorio involucraban cada vez más a la comunidad, a quienes amedrentaron para que cultivaran hoja de coca.

Danilo, uno de los hijos de don Daniel y Felicia, que vivió durante varios años en Manizales (capital de Caldas), volvió a El Congal durante la época en que la guerrilla mandaba en el pueblo. “A él lo fueron convenciendo de que se uniera a las Farc, y yo le decía que no hiciera eso, que mejor se devolviera a Manizales, pero no me escuchó”, relata Wilson.

“Yo le decía al niño no haga eso, todos le llorábamos para que no se fuera con la guerrilla, y yo no lo volví a ver. Eso fue muy duro”, dice su madre, doña Felicia. Después de unirse a la guerrilla, su familia no volvió a saber de su paradero. Alguna vez le dijeron a Wilson que él se había aburrido de estar en el monte y que por desobediente lo habían matado y torturado con otros dos compañeros. Pero eso son, como dice, cuentos, porque nunca lo pudieron enterrar ni darle cristiana sepultura, según la tradición de la familia.

Danilson Betancourt —cuyo nombre combina los de sus hermanos: Danilo y Wilson— cursó primero de primaria hasta noveno de bachillerato en la escuelita de El Congal. Los últimos dos años, décimo y once, debía tomarlos en la escuela de San Diego, un pueblo también en jurisdicción de Samaná, pero a unas cinco horas caminando. Los viernes, con sus compañeros se iban de El Congal hasta San Diego, pero antes de salir del pueblo la guerrilla los convocaba en una reunión para advertirles y decirles cómo actuar y qué decir. Cuando los jóvenes llegaban a San Diego, allá los reunían los paramilitares. También a advertirles y preguntarles para qué iban al pueblo.

“Y así estuvimos esos dos años larguitos, de un lado pa’ otro, respondiéndole a un grupo y al otro”, relata Danilson. Hasta que, el día que terminaban clases, un grupo, incluido él, se quedó en San Diego reforzando “porque, como siempre, habíamos unos quedaditos”. Los otros bajaron hasta El Congal, entre ellos Germán López, su compañero y el hermano de una de sus cuñadas.

“A Germán lo cogieron los paras cuando llegó al pueblo y lo mataron. Eso me dolió mucho, porque él iba solo a darles unas clases a unos muchachitos de noveno. Pero lo cogieron ahí frente a todo el mundo, y le dijeron que se quitara la camiseta, y cuando se la estaba quitando le dispararon para que él no viera”, cuenta Danilson.

Tres meses después del asesinato de su amigo, los paras quemaron el caserío, y Danilson fue el primero en irse. A Wilson no lo dejaron volver a su finca, porque estaba sembrada de minas antipersonales que habían puesto las Farc. “Entonces yo no pude volver y ahí nos tocó a la familia irnos graneaditos, salimos unos por la mañana y otros por la tarde, caminando con los niños en brazos y cargando lo poco que pudimos sacar. Ahí llegamos a pie hasta donde nos sacaran las chivas y llegamos a Florencia”, cuenta Wilson, quien salió con su esposa y tres hijos hacia Medellín, pero “esa no fue nuestra ciudad”.

Y luego se fueron desplazados a Boyacá, luego a Sasaima (Cundinamarca) y ocho meses después a Tolima, hasta que llegaron de nuevo a Florencia (Caldas) y ahí se quedaron; él sobreviviendo, jornaleando. Por su parte, su hermano Danilson hizo camino hasta Bogotá. Allá vivió trece años y trabajó en Zenú y en Alpina; en esta última, manejaba las máquinas para envasar yogures. El día que llegó a Bogotá se puso a llorar, lo invadían los recuerdos y entonces cogió un lápiz, un cuaderno y empezó a escribir: “Yo decidí escribir el libro en la ciudad de Bogotá. Me motivó que yo lloraba mucho, yo soy muy nostálgico. Ahí fue cuando decidí, en las tardes, cuando lloraba y me acordaba de todo escribía en un cuaderno. Ese libro tiene todos los personajes de acá. Todo es real de lo que yo he vivido y donde he estado”, dice Danilson. En 2013, cuando empezaba el proceso colectivo de reunir a las víctimas de El Congal, Wilson llamó a su hermano Danilson para que se devolviera al pueblo, ya el Batallón de Desminado había quitado las minas de la finca y estaban empezando de cero con unos novillos. Danilson no dudó, renunció a su trabajo, se despidió de sus amistades y volvió a su tierra.

En 2016, cuando el juez primero de restitución de tierras de Pereira ordenó la reconstrucción del pueblo, la entrega de títulos a 17 familias y la consolidación de proyectos productivos, los Betancourt vieron la posibilidad de hacer sus sueños realidad. Ahora en la finca, Wilson tiene un proyecto productivo de ganado, y en su fama, llamada Los Betancourt, comercializa la carne que se produce en su tierra y también la carne de otros proyectos campesinos, de ganadería vacuna y porcina.

Por su parte, Danilson trabaja en la finca y administra la única tiendita que tiene El Congal, por el momento. Tiene un computador donde programa la música, una nevera repleta de bolsas de agua, gaseosas y jugos, tarros de dulces y petacos de cerveza. Extraña sus amistades en Bogotá, pero no necesariamente la vida capitalina. “Yo allá en Bogotá madrugaba a las tres o cuatro de la madrugada. Era trabaje todo el día y el estrés del Transmilenio, a pelear con la gente. No. Acá, esto es otra cosa, esto sí es vida. Acá nosotros trabajamos unas horas en nuestra finca, con ganado, con café y en dos años nos hemos ahorrado veinte novillas. Yo acá lo tengo todo”, dice.

A Danilson, quien es representante de víctimas del municipio de Samaná, lo han contactado varias editoriales de Bogotá para editarle su libro. Pero él ha dicho que no, “porque yo creo que la historia de El Congal todavía no ha terminado, aquí falta. Nos falta reconstruir la iglesia, la estación de Policía y el parque. Entonces queda mucho por escribir”. Hace unos pocos meses, los pobladores que volvieron a El Congal se montaron en dos chivas y se fueron hasta Florencia y allá hablaron y gestionaron el centro deportivo, que siguen esperando.

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