En Yotoco, Valle del Cauca –en lo que una vez fue una hacienda del cartel de narcotráfico del Norte del Valle–, hay un salón de clases que no existe en ningún otro lugar del mundo.
De lunes a sábado, Tanja Nijmeijer, la otrora popular holandesa que estuvo en las filas de las FARC y hoy es firmante de paz, les enseña inglés a otros excombatientes de la extinta guerrilla, a sus hijos, a hijos de militares y de víctimas del conflicto en la finca ‘Trópicos, frutos de la esperanza’, donde hombres y mujeres que dejaron las armas hacen su proceso de reincorporación. Entre ejercicios de pronunciación, juegos de roles y el verbo to be, sus alumnos se preparan durante ocho horas al día para atender clientes extranjeros y vender café colombiano en el mercado internacional.
No es la primera vez que Nijmeijer dicta clases en Colombia. La holandesa, conocida durante la guerra como Alexandra Nariño, llegó al país hace más de 25 años para enseñar inglés en colegios de élite, pero decidió entrar a las FARC donde también impartió clases a los exguerilleros. Hoy, 10 años después de la firma del Acuerdo de Paz, vive en una finca a hora y media de Cali con “los pelados”, como llama a los estudiantes.
En ese lugar la rutina arranca a las 5:30 de la mañana, cuando el grupo se levanta, se alista, hace aseo y sube a desayunar. En el trajín de las primeras horas, Tanja encuentra pequeños privilegios cotidianos: “A veces –dice– algún barista me prepara un tintico rico”.
A las ocho en punto arrancan las clases que también dictan dos profesores más. Una sala pequeña, donde apenas caben los estudiantes, hace de aula. Sobre el muro blanco, Tanja proyecta letras y vocabulario. Afuera, el paisaje son los cafetales. Adentro, durante ocho horas, la realidad se traduce al inglés. “Ellos mantienen activos todo el tiempo. Es rara la vez que veo a alguien aburrido o sin prestar atención. Es un curso exigente porque están practicando constantemente”, cuenta la firmante de paz.
La iniciativa es impulsada por la Federación Mesa Nacional del Café (Femncafé), una organización creada por firmantes de paz y comunidades que reúne a 1.600 hombres y mujeres de 37 organizaciones de Valle del Cauca, Cauca, Tolima, Huila, Cundinamarca, Meta, Caquetá, Antioquia y Cesar. Además, hace parte de #PuentesParaLaReconciliación, el ecosistema de recursos para la paz de la Fundación Compaz que lidera el expresidente y uno de los arquitectos de ese Acuerdo de Paz, Juan Manuel Santos.
Antonio Pardo, firmante de paz y representante legal de Femncafé desde hace ocho años, explica que los 27 participantes del curso ya tienen experiencia en la cadena del café y varios se han formado como baristas. “La idea es que ahora tengan las herramientas para sostener una conversación en inglés en el área comercial”, señala.
La idea nació hace dos meses, mientras Tanja se capacitaba en barismo para una de las tiendas Trópicos –la marca sombrilla de café de la Mesa que lleva el mismo nombre de la finca– que abrirán próximamente en Cali. “Estuve en ese curso y había varios hijos e hijas de firmantes, y también firmantes. Muchos me preguntaban por qué no dictaba un curso de inglés, que sentían esa necesidad. Hablé con Antonio y le dije que me parecía una buena oportunidad para los pelados, pero también para Femncafé. A las cafeterías Trópicos llega mucho extranjero y muchas veces nadie sabe atenderlos. Cuando hay comercialización hay que hablar con gringos, se exporta café y la gente no es capaz de hablar inglés. Antonio me dijo: ‘Vamos a hacer eso, pero rápido’”, recuerda.
Los costos de esta primera versión del curso –que dura un mes y termina el 10 de julio– los asumió la Federación. Según Pardo, ellos garantizan el transporte, la alimentación, todo. “Sembramos el café, lo cosechamos, lo trillamos, lo tostamos, lo vendemos. Nos quedó una plata y con eso vamos a formación en inglés. No queremos que diez años después sigan diciendo que los firmantes siguen chillando y siguen contando lo mismo, la misma mierda. Lo importante es que hoy la mesa de café tiene, por ejemplo, chinos que ya se han formado en baristas, formándose en inglés. Y los exguerrilleros están enseñando”, cuenta.
Para Nijmeijer, esa decisión tiene un significado que va más allá del aprendizaje de un idioma; es también una forma de demostrar que los firmantes pueden sacar adelante sus proyectos sin depender de nadie. “Con esto mostramos que, si no hay apoyo, nosotros mismos lo hacemos. Estamos acostumbrados a eso. Yo noto muchas veces que la sociedad, cuando uno sale del monte, lo ve como población vulnerable. Pero eso no significa que los firmantes necesiten asistencialismo ni que sean incapaces. Nosotros podemos autocapacitarnos, sacar estos proyectos adelante. Ese es el mensaje que me gustaría dar”, dice.
La expansión de las tiendas Trópicos es otra muestra de esa apuesta. Aunque algunas han contado con apoyos institucionales, otras las han sacado adelante con lo que genera la propia venta del café.
“En la Universidad de Antioquia, en Medellín, nos dieron la mano para poner la primera tienda de café de la paz. Ahí no nos ayudó el Gobierno, fue la universidad. La que vamos a abrir en Cali sí va a tener apoyo del Gobierno Nacional por medio de la Agencia de Reincorporación. La de Neiva la pusimos con nuestros recursos, con lo que hemos vendido en café. Y la que vamos a poner en Versalles (en Cali), y la de Bogotá también son con recursos propios. Hemos recibido apoyos importantes, pero mayoritariamente son recursos propios”, afirma Pardo.
La importancia del café para dejar la guerra atrás
Antonio había dormido en los cafetales durante los ocho o nueve años que estuvo en la guerra, pero de café no sabía nada. Y eso, “no saber nada” del producto más importante del país, es algo que hoy no concibe ni para él ni para ningún colombiano.
Su reincorporación la hizo en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de La Elvira, en Buenos Aires, Cauca, el departamento con más familias caficultoras del país: más de 97.000. Fue allí donde empezó a trabajar con otros firmantes en proyectos alrededor del café, según cuenta la Fundación Compaz.
Con los años se formó como barista, aprendió sobre cata y conoció una industria que, asegura, históricamente ha estado lejos del alcance de los campesinos. “Es muy chistoso porque la gente no lo entiende, o mejor, no lo sabe. El café es un mundo de élites. Ser barista en Colombia es una formación costosa. Nosotros hemos ido aprendiendo, practicando, pero la fuerza de la Federación es lograr que ese conocimiento se democratice, que se comparta. Que la gente en el campo tenga la posibilidad de sembrar su café, tostarlo, catarlo y hacer una buena taza de café mediante un show de barismo”, señala.
Cuando habla del tema hay algo que cambia en su tono de voz. Las frases salen una detrás de otra, se le escapa alguna mala palabra y, casi siempre, una disculpa después de decirla. Habla como si en el café se jugara algo más que una cosecha. Para él, es así. Antonio ve en ese cultivo la posibilidad de que un joven del campo encuentre un camino distinto al de la guerra.
Según señala Compaz en su página web, uno de los ejemplos más visibles de lo que ha logrado Femncafé está en Argelia, Cauca, donde muchas familias han reemplazado o combinado los cultivos de coca con café gracias al acompañamiento de esta iniciativa.
“Después de 60 años de tradición cafetera, a los campesinos no les han enseñado a tostar el café, a trillarlo, a hacer barismo. Ya van como cuatro generaciones y a ninguna le han enseñado a salir de la materia prima. Es tan loco que hoy, después de 60 años, el campesino llega con su carga de café y es otro el que le dice cuánto vale. Los que producen el mejor café del mundo muchas veces no saben cuánto vale su café. Estamos en la colonia todavía con el café”, afirma.
Antonio habla de los campesinos y de la Mesa como de su familia. La palabra le sale sola. Es una familia que se preocupa por el otro, que se forma, se prepara y comparte lo que sabe y que ahora aprende inglés. Quiere que reconocer en el café una posibilidad de vida se vuelva una costumbre para los jóvenes del país, que el campo deje de ver el grano como una condena y que nadie siga tratando al campesino con menosprecio.
“Lo importante de esto que hacemos es despertarles a los muchachos y a las muchachas del campo el sueño de que el café es una posibilidad de vida. Tengo 37 años. Sí, nosotros ya salimos de la guerra, yo no me voy a devolver. Entonces el mensaje no es para nosotros, no es para vernos el ombligo. El mensaje tiene que ser para ellos. Que sepan que pueden formarse como baristas, como catadores, que el café es un negocio para el mundo y que no tienen que abandonar su finca ni pensar en la ilegalidad como una opción”, afirma.
En Yotoco, esta semana, algunos de esos muchachos a los que Antonio llama su familia tendrán con Tanja una clase entera de vocabulario de café en inglés. Solo de café.
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