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Una de las imágenes más recordadas de la ceremonia de dejación de armas de las antiguas FARC hace nueve años en la vereda Buenavista en Mesetas, Meta, no fue un contenedor ni una de las 8.994 armas que se recibieron ese día. Fue un AK-47 completamente dorado que en lugar de un cañón terminaba convertida en una pala. Fue un regalo del entonces presidente Juan Manuel Santos a Rodrigo Londoño, conocido en la guerra como Timochenko y el último comandante que tuvo ese grupo armado.
La escultura, del artista Alex Sastoque, tenía un nombre que difícilmente podía retratar mejor ese momento de Colombia: Metamorfosis. El país asistía al silenciamiento de las armas de la que durante décadas fue considerada la guerrilla más antigua del continente, y que apenas hacía siete meses había firmado el Acuerdo de Paz.
La “Metamorfosis” terminó convirtiéndose en el símbolo de ese 27 de junio de 2017, pero el verdadero alcance de esa jornada iba mucho más allá de esa imagen. La dejación de armas marcó uno de los hitos del Acuerdo de La Habana y el cierre de un proceso que durante meses movilizó a cientos de observadores internacionales, excombatientes y funcionarios para registrar y certificar, una por una, las armas que quedaron bajo custodia de la recién llegada al país Misión de Verificación de las Naciones Unidas.
Pero esa historia no comenzó en Buenavista.
Cuando el país seguía el acto central por televisión que se realizó en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) Mariana Páez, la mayor parte del trabajo ya se había hecho. En un tiempo récord el Mecanismo Tripartito -Gobierno, excombatientes y la Misión de la ONU- había empezado la recolección de armas en las 26 zonas veredales -como antes se llamaban los ETCR- y los siete puntos transitorios donde permanecían concentrados los excombatientes.
“En cada zona del país hubo dejaciones. En Pondores, en Antioquia hubo otras fechas. Fue un proceso que duró varios meses por lugares. Luego se recogieron las armas, se trasladaron a esa ceremonia de Mesetas que fue el acto final de esa dejación. Siempre insistimos mucho en esa palabra porque no entregamos las armas las dejamos por un arma mucho mejor: la palabra”, recuerda Pastor Alape, exintegrante del último secretariado de las FARC y hoy firmante del Acuerdo de Paz.
Fue esa operación, más que el acto protocolario, la que convirtió la dejación de armas en uno de los ejercicios de verificación más complejos -y más rápidos- que ha acompañado Naciones Unidas en un proceso de paz en el mundo.
Detrás de cada fusil depositado en un contenedor se dio una logística que había comenzado meses antes.
“Comenzamos todo el proceso de dejación de armas organizando toda la logística para ello. Debíamos seleccionar los lugares, instalar los campamentos, contar con los “armeros” donde se iban a depositar las armas; esto tomó meses. No fue un proceso improvisado. Se realizaron múltiples ensayos. Fue un proceso técnico muy riguroso”, recuerda Martín Catardi, quien integró la Misión de Verificación de Naciones Unidas y participó directamente en la operación.
Mientras el Gobierno y las FARC renegociaban el Acuerdo de Paz -pues se había perdido el plebiscito en octubre de 2016-, la Misión siguió verificando el cese al fuego y preparando el procedimiento y los protocolos de seguridad que meses después permitirían la dejación de armas.
Cuando finalmente comenzaron las jornadas de dejación, nada quedaba librado a la improvisación. Cada arma debía recorrer el mismo circuito, sin importar si el procedimiento ocurría en Mesetas, Pondores, Icononzo, Dabeiba o cualquiera de las demás zonas de concentración.
“Los miembros de las Farc que estaban en el proceso de dejación de armas se acercaban a las mesas del campamento y se presentaban uno a uno. Entregaban el arma; luego pasaban a la mesa donde se registraba, se verificaba que el arma estuviera en condiciones seguras, que no tuviera munición y que fuera seguro su depósito. Se registraba y se guardaba en un armero dentro de un contenedor. La persona pasaba a la mesa siguiente, donde comenzaban los trámites administrativos. Esto se realizó en 27 lugares del país, casi de manera simultánea.”
Cada excombatiente recibía un certificado que acreditaba que había cumplido con la dejación de armas. Ese mismo día también concluía el proceso de identificación y se adelantaban los trámites para abrir la cuenta bancaria donde posteriormente comenzarían a recibir los apoyos económicos previstos para la reincorporación.
Las jornadas se desarrollaron en tres fases y entre cada una transcurrían cerca de tres semanas. Al terminar cada día, los contenedores quedaban sellados con candados y precintos bajo custodia permanente de observadores de Naciones Unidas.
Pero mientras la operación avanzaba con una precisión casi quirúrgica en los campamentos, alrededor del proceso persistía una incertidumbre que ningún protocolo podía despejar. La dejación de armas coincidía con los primeros desafíos de la implementación del Acuerdo de Paz y con crecientes dudas entre los excombatientes sobre el cumplimiento de lo pactado.
Esa tensión también quedó reflejada en la ceremonia de Mesetas. Santos celebró que aquel sería “el día en que las armas se cambiaron por las palabras” y afirmó que las FARC dejaban definitivamente de ser un grupo armado para convertirse en un actor político legal.
Londoño, por su parte, utilizó ese mismo escenario para expresar públicamente las preocupaciones de la organización.
“Manifestamos nuestra preocupación por la negligencia estatal en honrar su palabra. Los asesinatos de dirigentes populares no se detienen, mientras crece la amenaza paramilitar en todo el país. Aún no arrancan los mecanismos previstos y vemos trabas de orden burocrático, administrativo, judicial y hasta político”, dijo frente al presidente, los delegados internacionales y cientos de excombatientes.
El intercambio resumía el momento que atravesaba el proceso. Las armas ya estaban quedando bajo custodia de Naciones Unidas, pero la confianza entre las partes seguía construyéndose en medio de la incertidumbre.
Y esas dudas también tenían un rostro mucho más íntimo: el de miles de hombres y mujeres que, después de pasar buena parte de su vida en la guerra, comenzaban a desprenderse de aquello que durante años había definido su existencia. Pero también el de comunidades alrededor de esos espacios que aún venían con desconfianza en el proceso.
“Nosotros lo que hacíamos era enlazarnos mucho con las Juntas de Acción Comunal, con los presidentes para organizar charlas. Muchas veces explicamos lo que pasaba en el proceso, incluida la dejación de armas que era algo muy técnico. En un momento tuvimos un un enlace de de la entonces Oficina del Alto Comisionado para la Paz, que estaba en territorio, para que él pudiera complementar estas pedagogías”, explica Guillermina Gunitski, quien era voluntaria de la Misión de Verificación de la Onu en ese momento de la dejación.
Jermison Noreña, conocido durante la guerra como “Irson”, estaba en el ETCR de Mariana Páez ese día junto a cerca de 700 guerrilleros y afirma que, aunque sabía que era el Acuerdo de Paz era la decisión correcta, tenían incertidumbres del futuro.
“Nosotros entendíamos que no era una decisión tomada de un día para otro. Eso venía desde la Décima Conferencia y de muchos intentos de paz anteriores y el Acuerdo de 2016 era lo que había que hacer. Pero también sabíamos que iban a venir dificultades y riesgos. Eso se había discutido mucho”, explica.
En su caso, el cambio era radical. Había ingresado a la guerrilla cuando tenía 12 años y llevaba más de tres décadas viviendo bajo la lógica de la guerra. “Dejamos el fusil y con eso empezó una nueva etapa. Acá seguimos. Acá seguimos”, explica.
Nueve años después, esa incertidumbre sigue presente. La llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia —quien durante su campaña anunció que buscará desmontar buena parte de la arquitectura del Acuerdo de Paz— volvió a despertar inquietud entre los firmantes.
Este viernes 26 de junio, apenas unos días después de su elección, un grupo de excombatientes le envió una carta en la que le pidió respetar los compromisos adquiridos por el Estado y garantizar la continuidad de la implementación, recordándole que la dejación de armas fue una decisión irreversible construida sobre la confianza en ese pacto.
¿Qué se hizo con las armas?
La operación no terminaba cuando el excombatiente dejaba el fusil en el armero.
Cada arma quedaba registrada en una base de datos con un código único y permaneció bajo custodia permanente de la Misión de Naciones Unidas. Los contenedores eran sellados con precintos de seguridad y permanecían vigilados por observadores internacionales hasta completar cada una de las fases de la dejación.
Solo entonces comenzaba una nueva etapa: trasladar todo ese material al depósito central en Funza, Cundinamarca, donde volvería a verificarse arma por arma antes de partirla en tres partes para inutilizarla definitivamente.
El inventario total que salió de las zonas veredales era mucho mayor que las 8.994 armas individuales. Durante los meses siguientes, la Misión también acompañó la ubicación y destrucción del material que permanecía oculto en las caletas que las antiguas FARC reportaron como parte del Acuerdo de Paz.
En total fueron intervenidas 750 de las 1.027 caletas reportadas por la antigua guerrilla. Se entregaron 1.765.862 cartuchos de diferentes calibres y 38.255 kilos de explosivos entre granadas, minas antipersonal y morteros. El material recuperado fue destruido de manera controlada o trasladado para su disposición final bajo supervisión de Naciones Unidas.
Solo cuando ese proceso terminó comenzó la fundición del acero. Parte del metal fue utilizado para construir tres monumentos acordados durante la implementación del Acuerdo. El primero fue inaugurado el 26 de noviembre de 2018 en Bogotá -cuando se cumplieron dos años de la firma-. Se trata de Fragmentos, la obra de la artista Doris Salcedo que abrió al público en agosto de 2019.
El 11 de julio de 2024 se inauguró el otro en la sede de la ONU en Nueva York. La obra es del artista chileno Mario Opazo y se llama Kusikawsay –que significa en quechua “vida nueva y venturosa”-. Se trata de una canoa que sale de la tierra hacia el cielo como un misil y está enclavada en una tumba. Desde distintas perspectivas parece un proyectil, pero al estar cerca y recorrerla se descubre su cavidad. Un tercero, destinado a Cuba como país garante del proceso, permanece pendiente.
La Metamorfosis nunca habló únicamente de cambiar un fusil por una pala. Anunciaba un futuro en el que, una vez silenciadas las armas, empezaría el trabajo de construir paz. Nueve años después, mientras el país vuelve a debatir el futuro del Acuerdo, esa sigue siendo una tarea que aún exige abrir camino todos los días.
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