20 May 2021 - 10:34 p. m.

Biblioghetto y su estrategia para cambiar balas por libros en el paro nacional

Gustavo Gutiérrez, fundador del proyecto, lleva 16 años montando bibliotecas en las esquinas donde antes funcionaban casas de expendio de drogas. Están construyendo un libro para recolectar las memorias del paro nacional en lo que ellos denominaron la “sucursal de la Resistencia”.

Gustavo Gutiérrez lleva 16 años cambiando balas por libros. Así se llama su primera obra, publicada en 2019 y presentada en la Feria del Libro de Cali, luego de recolectar varios relatos y experiencias de jóvenes que gracias a su proyecto Biblioghetto, lograron encontrar en la lectura y la escritura una salida distinta a la de la violencia en la capital del Valle. Ahora, con el paro nacional que desató un estallido social juvenil, preparan un “libro cartonero”, hecho en papel cartón, que recopilará crónicas de jóvenes de las Primera Línea, docentes, niños, adultos mayores y policías que han vivido las manifestaciones desde diferentes roles “para hacer memoria desde la voz de la indignación”, dice el líder.

Su propuesta tomó más fuerza este 18 de mayo, cuando el alcalde Jorge Iván Ospina anunció que los recursos que estaban destinados para la renovación urbanística de la Avenida Sexta (en el norte) serán redestinados a inversión social de los jóvenes de la ciudad, a petición de algunas barricadas que han intentado negociar con las autoridades. Esto porque si hay alguien que conozca las realidades juveniles del oriente de Cali, sin duda, es Gustavo, que desde sus 15 años, cuando habitaba el barrio Petecuy (comuna 6), comenzó a intentar cambiar su cotidianidad. “Nosotros veíamos cómo en nuestro barrio todos los días había plomo, heridos, enfrentamientos, entonces pensé en por qué no consolidábamos una iniciativa de formación de lectura que nos salvara a todos”, cuenta.

En 2005, entonces, comenzaron a gestarse las primeras pinceladas de Biblioguetto, el proyecto de vida de cientos de jóvenes de la ciudad que han encontrado su vocación, a través de la literatura. Pero no sólo de la literatura del realismo mágico y los cuentos con final feliz, sino de los relatos de a pie que retratan la violencia y los peligros de la falta de oportunidades, narrados escrupulosamente por autores como Andrés Caicedo, que dedicó su corta vida a documentar la Cali conservadora de los años 60 y 70, el clasismo furibundo y las costumbres que asfixiaban a las generaciones que se levantaban en ese entonces. “Empezamos a familiarizarnos con escritores como él, como Mario Mendoza, Santiago Gamboa y Jorge Franco, en cuyas líneas yo veía reflejado a mi barrio con el tema de microtráfico, asesinatos, fronteras invisibles, pobreza...y así nace el proyecto”.

Sin saberlo, Gustavo comenzó a constituir uno de los programas de impacto social juvenil más relevantes para la ciudad cuando le declaró su oposición a los lugares de expendio de droga. Allí, en esas casas esquineras donde toda una vecindad sabía que se distribuían todo tipo de sustancias, consumidas especialmente por los jóvenes, él montó las Esquinas de Lectura Infantil. La primera fue ubicada en el barrio Petecuy I, en 2005, de donde él es oriundo. Por esa época, entre 2006 - 2012, ese barrio de 8.500 habitantes encabezaba las listas de los sectores más peligrosos de la ciudad, tras presentar, en promedio, 40 homicidios por año. Incluso la ONU lo reconocía como uno de los barrios más riesgosos de toda la región.

Pero esa situación no es fortuita en una ciudad como Cali, que ha tenido en los últimos 30 años la tasa de homicidios más alta de todo el país. Mientras la media nacional en promedio son 24,3 asesinatos por cada 100 mil habitantes, Cali nunca ha bajado de 43 puntos, duplicando el promedio en Colombia. Esto, según Gustavo, es producto de una mezcla de varias problemáticas sociales que comienzan con la recepción de personas víctimas de la violencia, del desplazamiento forzado, de la migración por falta de oportunidades y de la baja inversión social que ha habido en la ciudad, a pesar de haber sido una de las herederas de la época más fuerte del narcotráfico y de sus condiciones geográficas.

Ese análisis no es sólo académico, Gustavo lo dice con conocimiento de causa, pues a pesar de que después de que comenzaron a operar las Esquinas de Lectura Infantil en lugares donde antes eran el corazón del microtráfico, su proyecto no ha tenido el impacto que él quisiera, por falta de recursos para seguir implementándolo; por ejemplo, explica que cuando comenzó esta administración se acercó al secretario de Seguridad, Carlos Rojas, para entregarle un ejemplar de “Cambiando balas por libros” y proponerle trabajar en temas de prevención al delito juvenil, pero nunca obtuvo una respuesta para articularse, más allá de una felicitación. O como ahora, que Gustavo es bibliotecario de la Red de Bibliotecas Públicas de Cali, pero por ese cargo quedó inhabilitado para que Biblioghetto participe de convocatorias a proyectos con la secretaría de Cultura.

Por su experiencia sabe que las oportunidades no siempre llegan a esos barrios y las posibilidades de estudiar a veces son nulas. Lo dice con seguridad porque lo vivió, cuando se graduó de bachillerato e intentó pasar a alguna universidad pública de la ciudad pero no lo logró por la nula preparación que tuvo para el entonces examen ICFES. Su amor por la lectura y la comunicación nacieron cuando, recién graduado y mientras vendía “chance” en las calles, se acercaba a la Biblioteca Departamental a ojear algunas páginas, cuando el tiempo se lo permitía. Su historia se conecta, de hecho, con la de los jóvenes de esos barrios: “Con Biblioghetto comenzamos el 29 de septiembre de 2005, luego de una inundación del jarillón del río Cauca en una ola invernal muy fuerte y en la que unos 200 menores de edad quedaron hacinados en el Polideportivo, y el presidente de la Junta de Acción Comunal en ese momento nos dijo a unos 13 jóvenes que estábamos ahí que le ayudáramos a ocupar el tiempo libre de esos muchachos”. Con zancos, payasos, mimos y libros estuvieron con los niños mientras era reconstruido el barrio.

“Después de 20 días llegaron unos niños a decirme que si tenía que llover mucho o que si tenía que inundarse el río Cauca para seguirlos atendiendo y enseñando, que ellos sentían que en el barrio no había escenarios deportivos ni de encuentro, el único lugar era el río Cauca donde llegaban para bañarse”. Desde entonces, en seis años redujeron el índice de homicidios de Petecuy I en un 90 %, pues donde antes se presentaban 40 homicidios en un año, ahora pueden presentarse, a lo sumo, cuatro casos.

Las Esquinas de Lectura Infantil se convirtieron en espacios de encuentro, no sólo juveniles, sino también familiares. Son ahora casas transformadas y hechas bibliotecas a las que pueden asistir los vecinos a tomar libros prestados, a participar de jornadas de lectura en voz alta, a pintar, a hacer graffitis en sus cuadras y a escribir. Ya no están solamente en un barrio sino que han logrado intervenir nueve más: Floralia, Alfonso López, El Retiro, Poblado I y II, Pizamos, Potrero Grande, Valladito y El Paraíso (de las comunas 6, 7, 12, 13, 14, 15 y 21). La pluma reemplazó las balas.

Por esta iniciativa, han ganado varios reconocimientos como el Premio a una Cali Mejor (tercer lugar), el premio de Iberbibliotecas (primer lugar), una mención de honor del Ministerio de Cultura a la obra Cambiando balas por Libros y se han presentado en la Feria del Libro de Bogotá (Filbo) y en las Fiestas de la Lectura de Medellín, así como en la pasantía de bibliotecas generadoras de Cultura de Paz en Costa Rica.

Uno de los jóvenes que se vincularon desde que comenzó el proyecto es Steven Escobar, que ahora tiene 30 años y pasó de ser beneficiario a ser formador de las Escuelas de Lectura Infantil. “Biblioghetto me cambió la vida porque nosotros no teníamos como programas así acá en Petecuy III, entonces yo comencé a participar de eso y me gustó porque ellos creyeron en nosotros, antes la gente no se metía con nosotros porque decían que vivíamos en una “olla”, pero ahí aprendí a leer, ahora me encanta la lectura y quisiera ser periodista o escritor algún día”, dice.

Aunque no ha tenido oportunidad de estudiar una carrera técnica o universitaria y tampoco tiene empleo ahora, pues trabajaba como obrero de la secretaría de Infraestructura en la alcaldía de Maurice Armitage pero la administración de Jorge Iván Ospina no continuó el proyecto, cuenta que su más grande sueño es poder trabajar con niños entre 5 a 10 años para enseñarles otras alternativas de vida desde pequeños. “A uno le entretiene mucho la lectura y que le lean en voz alta y para hacer cosas malas o empuñar una pistola, mejor cojo un libro y así podemos ser más inteligentes porque muchos no tenemos un computador o internet, entonces aprendemos por ahí”, cuenta Steven.

Su labor, en medio del paro nacional, además de participar de las manifestaciones, ha sido ayudar a dotar algunas de las bibliotecas que se han formado en los antiguos CAI o estaciones del MIO. “He ido mucho a la biblioteca de Paso del Comercio que antes era una estación de Policía y hoy se llama Nicolás Guerrero, en honor al muchacho que la policía asesinó. Allá he podido llevar algunos libros y traerme otros para leer”.

En Cali, en medio de las manifestaciones del paro nacional que llevan más de 20 días, algunos manifestantes han convertido en bibliotecas los CAI incinerados de Paso del Comercio, Puerto Resistencia (Puerto Rellena) y la Loma de la Dignidad (Loma de la Cruz); también la estación del MIO de la Universidad del Valle fue convertida en un espacio artístico, cultural, ecológico y de libros. En las calles de la ciudad muchos han pintado vallas que dicen: “Menos CAI, más bibliotecas”, y aunque parecieran cosas no equiparables, según la experiencia de Gustavo y Steven, los libros a veces son mayor prevención de la violencia que la misma seguridad policial.

Su experiencia se lo dice a Gustavo: “Hay programas que hemos podido mantener por un tiempo por inversión que recibimos de la alcaldía, pero el problema es que cuando se acaba esa administración, quedamos sin recursos y los muchachos no pueden continuar. Una de las cosas que más me duele ahora es que muchos de los jóvenes que alguna vez estuvieron en Biblioghetto, por falta de dinero para seguir sosteniendo el proyecto me han dicho que no los he tenido en cuenta, y años después uno se los encuentra en la cárcel, coordinando oficinas de microtráfico o en el peor de los casos, asesinados”.

Por eso, para Gustavo es inadmisible que relacionen a todos los jóvenes que se han manifestado en el paro nacional con vándalos o terroristas. Sabe que muchas de las peticiones del pliego de las Primera Línea de la ciudad están enfocadas en más oportunidades de educación, de empleo y de vivienda. Su proyecto, ahora, además de ofrecerse nuevamente como interventores en la alcaldía para trabajar con los jóvenes, como lo prometió Jorge Iván Ospina, será consolidar varias alternativas artísticas para mostrar que Cali es la capital de la resistencia. “Además del libro que queremos publicar con las historias de manifestantes y policías, estamos construyendo canciones para mostrar el respaldo al paro, la idea es musicalizar ese libro con una banda sonora y crear una lista de reproducción de ese compilado”, explica Gustavo.

Sin embargo, es realista y su visión sobre el paro es mucho más política. Explica que más allá del poder de la protesta social, hay cosas que no se van a solucionar con las manifestaciones y bloqueos, por eso pretende ayudar a consolidar escenarios de participación ciudadana que sean tomados por esos jóvenes. “Ninguno de los alcaldes que han pasado por Cali han creído que la violencia urbana es lo que tienen que atacar primero desde el Plan de Desarrollo. A nadie le ha importado esto, pero proteger la vida juvenil de frente contra la violencia urbana y las pandillas es una de las peticiones urgentes para cambiar la cara de esta ciudad”.

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