Colombia + 20

30 Sep 2022 - 6:04 p. m.

Onda Pacífica: San Jacinto, música y tejidos para resistir a la guerra

En el octavo capítulo de la alianza entre la red de emisoras de paz de la Radio Nacional y Colombia+20, los tejidos artesanales de mujeres de Montes de María, una granja piscícola para honrar la memoria de los asesinados en la masacre de Los Guáimaros y un ejemplo de superación que ve la paz desde el alma, son los protagonistas de historias de resiliencia que se toman esta región.

Rosember Anaya

Yarima García

Yesica Valdés

Edgardo Antonio Ochoa García

Luz Celeste Payares

Camilo Pardo Quintero

Periodista Proyectos especiales
Plaza de San Jacinto.
Plaza de San Jacinto.
Foto: El Espectador

El octavo episodio de ‘Onda Pacífica’, una serie de programas radiales donde Colombia +20 de El Espectador y la red de emisoras de paz de la Radio Nacional de Colombia, es emitido desde San Jacinto, uno de los 15 municipios que componen la subregión de los Montes de María. Al sur la zona colinda con Carmen de Bolívar y al norte con San Juan Nepomuceno. Es cuna de gaiteros, mochilas, hamacas y es un pueblo que ha tratado de superar el paso del conflicto armado con resiliencia y dignidad. Desde allí, sus habitantres dicen que los grupos armados les arrebataron casi todo, pero nunca su identidad.

El bloque “Héroes de los Montes de María” de las Autodefensas Unidas de Colombia caló en San Jacinto entre 1998 y 2004. Cometieron masacres en sus veredas, arrasaron con corregimientos como La Palma, en 1999, e hicieron todo para que vivir en tranquilidad fuera imposible. Los pobladores resistieron la ruta paramilitar y esa valentía sigue siendo una insignia en las calles sanjacinteras a través del arte.

En video: Así afectó psicológicamente el conflicto a los gaiteros de los Montes de María

Colombia +20 y la emisora de paz de San Jacinto construyeron tres productos radiales para contar relatos de resistencia, a través de la memoria, la música y los tejidos, que son un sello del municipio y la subregión. Como dice la canción Juglares: “Viva San Jacinto, viva su folclor. Que vivan las gaitas con sus melodías”.

Escuche aquí la transmisión en vivo:

Los colores de las tejedoras de la esperanza

Según el Registro Único de Victimas (RUV), con corte al 31 de marzo de 2021, 2.232 mujeres en Montes de María sufrieron alguna forma de violencia sobre sus cuerpos. Leonor Serpa y Ledys Jaramillo y otras 48 mujeres que integran la Asociación Tejedoras de Esperanza están dentro de esa estadística. El objetivo de esa organización es justamente el trabajo en conjunto para sanar las heridas que les dejó la confrontación armada a través del tejido artesanal y fortalecerse en el camino hacia la paz.

Las tejedoras se reúnen regularmente en el barrio San Francisco, lugar en el que queda su taller. Allí ponen a volar su imaginación y sueñan con cambiar sus penas por la alegría de crear memoria y jugar con colores que resulten como telares verticales.

“Nuestra tarea es tejer el pasado, pero no resaltando sólo el dolor. También buscamos reivindicar nuestros valores. Esta actividad busca generar esperanza colectiva y tiene un doble sentido porque también nos está sanando a nosotras”, dijo Serpa.

En su mayoría, estas mujeres fueron víctimas de desplazamiento forzado, despojo de tierras, violencia física y emocional por parte de actores armados y, lejos de tener rencor, son una bandera en San Jacinto de perdón, talento y reconciliación, con miras a tener un pueblo que no quiere que se repita la guerra.

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Los pescados de la memoria en San Juan

San Jacinto y San Juan Nepomuceno son dos pueblos hermanos en los Montes de María que comparten costumbres, gustos y sabores, pero también los lamentos de la guerra. Por ejemplo, los asesinos de 15 personas ocurridos el 30 y 31 de agosto de 2002 en la finca Los Guáimaros, zona rural de San Juan. Ese hecho estremeció a toda la subregión.

Hasta la fecha, el acto violento ha sido un enigma para los investigadores. El extenso proceso jurídico es apoyado por la organización de litigio estratégico DeJusticia para tratar de establecer a los responsables intelectuales y materiales, pero poco o nada se sabe de ellos con certeza. No hay condenados, pero sí un sinfín de dudas que rondan por la cabeza de los sobrevivientes.

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Los familiares de los muertos en Los Guáimaros nunca se han querido denominar como “víctimas”, sino como luchadores. Cada uno tiene su forma de hacer memoria para honrar a su ser amado que le fue arrebatado. Uno de ellos es José Contreras Lang, hijo de José Contreras Ardila y hermano de Francisco Contreras Lang, dos hombres cuya vida fue apagada por la violencia en esas jornadas de 2002. Él decidió homenajear a los caídos en esa finca con un proyecto de piscicultura, por medio del cual genera desarrollo local y no deja que nadie en estos pueblos montemarianos olvide uno de los dolores más grandes de su vida.

“Es una forma de enfrentar la falta de oportunidades laborales en la región y una forma de reconstruir la memoria de los nuestros. Tengo una granja piscícola, cada pozo tiene el nombre de una de las víctimas mortales y con eso hacemos pedagogía para que nosotros como colectivo y quienes nos compren el pescado -más que todo tilapia y mojarra- no olviden el sentido de esta pequeña empresa”, narró Contreras.

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El proyecto piscícola ya es un éxito local y día tras día trabajan para que el pescado de San Juan Nepomuceno sea reconocido por toda Colombia, sin dejar olvidar el mensaje que va más allá de su valor alimenticio: “Que esto llame la atención de todos. Que vean por qué somos el pulmón de los Montes de María y que recuerden a nuestros familiares como si fueran propios. Es inaudito que 20 años después los tribunales sigan diciendo que esto fue culpa de Mancuso… hubo más gente y lo sabremos”, concluyó. Contreras y su gente sueña con que su proyecto llegue al mercado nacional.

Los ojos que ven la paz desde el alma

La última historia de esta emisión es la Ariel Vásquez es un locutor invidente, que sobrevivió desplazamientos forzados en medio de la guerra en los Montes de María. En 1999, vivía en el corregimiento de Bajo Grande, zona rural de San Jacinto, y los violentos lo obligaron a él y su familia a moverse forzadamente hacia el casco urbano.

Ariel, un hombre de tez morena y lento caminar, aprendió a perdonar y logró consolidar en su vida una óptica diferente: con los ojos del alma, según relatan sus más cercanos. Por años se dedicó a la locución radial, su gran pasión, pero luego de que otras puertas se le cerraran, llevó su voz a otros escenarios: las plazas, las tiendas de abarrotes y la realización de anuncios varios.

En San Jacinto todos lo conocen y hablan de él. Se convirtió en una muestra de superación. A diario da fe que los traumas que le dejó el conflicto armado ya han sido superados gracias a la locución, al apoyo de su familia y los habitantes de San Jacinto, que ya lo tienen como un referente de la radio, la animación y la publicidad hablada.

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