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Medellín conversa de paz con un tinto

Diez años después de la firma del Acuerdo de Paz, víctimas del conflicto y excombatientes de las extintas Farc se encuentran alrededor de una taza de café e impulsan procesos productivos, acompañados de memoria, paz y reconciliación.

Elizabeth Yarce*

14 de julio de 2026 - 10:40 a. m.
Desde una finca de Fredonia, suroeste de Antioquia, llega a Medellín el café Ubuntu, uno de los que impulsan los firmantes de paz en esta región del país.
Foto: Elizabeth Yarce

Claudia Giraldo y John William Taborda vivieron el conflicto, hace más de dos décadas, desde montañas distintas. La de Claudia, como víctima del conflicto, estaba en el municipio de Granada, en el oriente de Antioquia. Allí, durante 18 horas, entre el 6 y 7 de diciembre de 2000, sobrevivió a un ataque de las FARC que comenzó con la explosión de un carro bomba, al que le siguieron intensos combates. Murieron 22 personas y quedó destruida gran parte del casco urbano del pueblo.

La de John Taborda, hoy firmante de paz, estaba al otro lado, en Ituango, norte del departamento. En 1997, luego de una incursión de las Autodefensas Unidas de Colombia desde el Nudo de Paramillo, que incluyó la masacre de El Aro (donde fueron asesinadas 15 personas), tuvo que desplazarse con toda su familia. Jhon tenía 5 años; su vida cambió desde entonces. En 2009 terminó en las filas del frente 18 de las extintas Farc, como combatiente, y posteriormente estuvo preso. “Volví a empezar de cero gracias a la firma del Acuerdo de Paz”, dice.

Las vidas de Claudia y John tienen algo en común: desde 2016, cuando se firmó el Acuerdo de Paz, cada uno por su lado, se dio a la tarea de sembrar y comercializar café e integrar en sus proyectos a campesinos, víctimas del conflicto y firmantes de paz.

Con la firma del Acuerdo, el café se convirtió en mucho más que un producto agrícola en Antioquia. En municipios marcados por décadas de conflicto, una taza reúne a comunidades que intentan reconstruir vínculos rotos por la guerra. No es casual encontrarse con bolsas de café cuyo nombre incluye, la palabra paz, historias de reconciliación al respaldo de los empaques, o incluso, sitios donde los clientes encuentran en el menú la oferta de un “tinto de la paz”.

Tejipaz: la memoria de Granada

En Medellín ya existen varios lugares donde la paz se conversa alrededor de una taza de café. Uno de ellos es Trópicos, en el centro de la ciudad, impulsado por la Federación Mesa Nacional del Café, donde se comercializan aquellos producidos por organizaciones de firmantes de paz de distintas regiones del país. El otro es Tejipaz, Café de la Memoria, abierto en el mes de febrero de este año en el sector de Provenza, en el barrio El Poblado, y liderado por víctimas del conflicto y organizaciones campesinas del Oriente antioqueño.

“Vivimos la paz cuando estamos tomando una tacita de café, cuando compartimos y volvemos a encontrarnos”, comenta Claudia Giraldo, al recordar que hace 26 años sobrevivió embarazada a la toma guerrillera que destruyó gran parte de su municipio. Hoy, junto a su hijo, habla de reconciliación y relata cómo víctimas (o sobrevivientes como prefiere que se les mencione), campesinos, jóvenes, mujeres y también firmantes participan en procesos productivos alrededor del café, el cacao, la panela, las frutas y otros productos del campo.

“La guerra nos aisló, puso una barrera entre el campo y la ciudad. Hoy estamos tratando de volver a conectarnos. El café es la disculpa perfecta para sentarnos a conversar”, explica la mujer quien ha liderado procesos de reconciliación en Granada.

Relata que la idea de Tejipaz nació en 2015, después de probar por primera vez un café colombiano de calidad en Estados Unidos. Ese momento la llevó a preguntarse por qué los colombianos no consumían los mejores productos que cultivaban. Al año siguiente, con otros campesinos de Granada, comenzó a trabajar cafés especiales, orgánicos y sostenibles como parte de una apuesta por la salud, la economía campesina y la reconciliación.

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La Misión de Verificación de la ONU en Colombia acompaña el desarrollo de varios proyectos emprendidos por firmantes de paz, campesinos y víctimas del conflicto.
Foto: Elizabeth Yarce

“Queríamos demostrar que sí era posible volver a vivir del campo y recuperar nuestras tradiciones. Una de las consecuencias del conflicto es el desplazamiento y mucha gente no sabe lo que significa reconstruir un pueblo. Así comenzamos con nuestro café y se formó toda una cadena productiva. Hoy queremos que la gente en Medellín vuelva a reconocer el valor de lo que se produce en las veredas”.

Actualmente el proceso involucra a 30 asociaciones de campesinos y favorece a 1.000 familias de Granada y municipios vecinos, en distintas temporadas productivas. La mayoría de las integrantes de Tejipaz son mujeres víctimas del conflicto.

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“Vivimos la paz cuando estamos tomando una tacita de café. La paz no puede imponerse: debe construirse pasito a pasito, desde el corazón”, explica, mientras agradece a muchas manos que se han unido a esta idea: “Estos 10 años hemos tenido el acompañamiento en distintos momentos de la Alcaldía de Granada, la Gobernación de Antioquia, Naciones Unidas, sector privado, que ven en esto una posibilidad de crecer”.

Ubuntu: “Soy porque somos”

Esa misma idea atraviesa la historia de John William Taborda, firmante del Acuerdo de Paz y representante legal de la cooperativa multiactiva Coomudess, impulsora de la marca café Ubuntu, en Fredonia, en el suroreste del departamento.

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“Han sido 10 años de muchos retos y aprendizajes. Después de dejar las armas estudié Administración de Empresas y encontré en el café una posibilidad de sostenibilidad económica y transformación social. Nos permitió conectar con la gente más allá de la firma del Acuerdo”, relata.

Ubuntu, explica Taborda, proviene de una filosofía sudafricana cuya traducción más conocida es “soy porque somos”. El proyecto reúne actualmente a 24 personas: 14 firmantes y 10 integrantes de la comunidad.

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La cooperativa participa en toda la cadena productiva: cultivo, recolección, transformación, tostión, molienda y comercialización. Su café de especialidad, cultivado en Fredonia a casi 2.000 metros de altura, ha alcanzado perfiles de taza de hasta 86 puntos. Pero para Taborda el mayor logro no está solamente en el producto. “No somos los mismos de hace diez años. Hemos aprendido, estudiado y reconstruido relaciones con las comunidades”.

Recuerda que el proceso de reincorporación ha tenido dificultades políticas, económicas y de seguridad, pero insiste en que la apuesta por la paz sigue vigente. “El Acuerdo abrió caminos diferentes para nosotros y para nuestras familias. Uno de los grandes cambios es recuperar la familia, estudiar y construir proyectos productivos colectivos. Sentimos orgullo de estar trabajando por pasar la página de la guerra”, agrega.

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Luz Amalia Jaramillo pasó 16 años en la guerrilla. Hace cinco años llegó a Medellín, proveniente de Ituango, y todavía recuerda el miedo que sentía al caminar sola por la ciudad. “Me perdía mucho en las calles y me daba temor salir sola”, cuenta.

Hoy hace parte del proyecto Ubuntu y asegura que encontró allí una nueva familia. “Somos muy unidos y queremos seguir creciendo para ayudar a más mujeres y campesinos. Hay que seguir adelante y evitar que las nuevas generaciones repitan nuestra historia”, comenta mientras abraza a su niña de siete años.

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“Mi sueño es que ella tenga oportunidades. Yo ingresé a la guerrilla a los 14 años y prácticamente ahí se fue toda mi juventud. Hoy tengo esperanza y trabajo para que ella viva, tenga una vida digna y con esperanza de que estudie”, dice la madre.

Carlos Mario Henao, docente y presidente del Consejo de Administración de Coomudess, considera que experiencias como Ubuntu muestran que sí es posible construir relaciones distintas en territorios golpeados por la violencia. “Aquí no hablamos de víctimas y victimarios. Hablamos de personas trabajando juntas”.

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Campesina de Fredonia recoge cosecha en la finca donde se produce café Ubuntu, donde trabajan juntos comunidad y firmantes de paz.
Foto: Elizabeth Yarce

Para él, el café se convirtió en una posibilidad de producción, comercio justo y reconciliación. “Lo importante es valorar al ser humano venga de donde venga”.

En Fredonia, Jorge Andrés Jiménez, administrador de Hacienda La Chapolera, donde se produce Ubuntu, coincide en que estos proyectos demuestran que sí es posible abrir espacios compartidos. “Desde la finca se apoyan procesos de trabajo conjunto con firmantes y comunidades campesinas. Todos tenemos algo que aportar”.

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¿En qué se parece la paz al café?

¿En qué se parece la paz al café?, le pregunta Daniel Castaño, uno de los clientes de café Trópicos, que funciona en un edificio de la Universidad de Antioquia, a su administradora, Camila Graciano, firmante del Acuerdo de Paz quien exhibe con orgullo su título de barista certificada.

“Se parecen en que el Acuerdo y el café tienen notas de reconciliación. Es un aprendizaje constante y nos enseña a tratarnos bien entre todos. Yo sé que vengo de un mundo distinto y me están acogiendo en otro sitio distinto. Es reconocernos entre todos y conversar con un tintico”, responde Camila.

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Camila Graciano, firmante del Acuerdo de Paz y administradora del café Trópicos.
Foto: Elizabeth Yarce

Trópicos funciona como una marca sombrilla que reúne café producido por organizaciones de firmantes de distintas regiones del país. “Al principio la gente sentía temor. Pero cuando nos ven comprometidos con el proceso, nos apoyan. Cada marca cuenta con sus propios clientes”, dice mientras explica las notas achocolatadas, cítricas y dulces de cafés producidos en Antioquia y otras regiones, como Ubuntu, Paramillo, Cinzonte, entre otros.

Reincorporación y reconciliación

Lo que ocurre alrededor de proyectos como café Ubuntu hace parte de una red más amplia de reincorporación que atraviesa distintas regiones del departamento. Según cifras de la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN), con corte al 28 de febrero de 2026, en Antioquia 1.240 personas adelantan actualmente su proceso de reincorporación: 335 mujeres y 905 hombres, con mayor presencia en el Urabá antioqueño y el Valle de Aburrá.

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En paralelo, excombatientes impulsan 624 proyectos productivos colectivos e individuales que benefician a 1.215 personas. De ellos, 609 son iniciativas individuales y 15 colectivas relacionadas con agricultura, confecciones, turismo, ganadería, miel y café.

En Dabeiba, Mutatá, Fredonia, Ituango y Medellín, distintas cooperativas y asociaciones comenzaron a construir cadenas productivas y espacios de comercialización donde la paz también se conversa alrededor de una taza de café.

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En medio de un país todavía atravesado por heridas y polarización, el café terminó convirtiéndose en una metáfora inesperada: una bebida cotidiana donde víctimas, firmantes y ciudadanos vuelven a sentarse en la misma mesa.

“El café de la paz nace allí donde las comunidades deciden transformar el dolor en encuentro y el territorio en esperanza. Colombia le muestra al mundo que la reconciliación también puede tener aroma de café y por eso desde la Misión de Verificación de la ONU seguimos acompañando estas iniciativas”, expresa Richard Clarke, jefe adjunto de la oficina regional en Medellín de la Misión de Verificación de la ONU en Colombia

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Juan Carlos Vélez, cliente de café Trópicos, lo resume de manera sencilla mientras sostiene una taza caliente entre las manos: “La paz como el café es para todo el mundo”.

Por Elizabeth Yarce*

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