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Mientras cientos de ojos apuntan desde hace unos días a los estadios del Mundial de Fútbol 2026 y siguen las hazañas de las selecciones, de Lionel Messi, de Mbappé, de Neymar, de Cristiano Ronaldo, de James o de Lamine Yamal que buscan hacer historia con la Copa del Mundo, en una vereda del Caquetá hay un equipo que lleva casi una década jugando otro partido.
No aparece en las transmisiones internacionales ni tiene patrocinadores millonarios, pero desde 2018 reúne en una misma cancha a firmantes del Acuerdo de Paz de 2016, familiares de excombatientes de las antiguas FARC y habitantes de las comunidades vecinas.
Se llama Agua Bonita Fútbol Club y nació en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) también llamado Agua Bonita, en el municipio de La Montañita. Su historia comenzó incluso antes de que existiera formalmente el equipo, cuando las antiguas FARC empezaron en 2017 lo que se llamó la “marcha final”, que era el desplazamiento que miles de miembros de esa guerrilla hicieron a lo que antes de ETCR se llamó las Zonas Veredales.
En ese preagrupamiento —apenas el inicio de la transición de los guerrilleros a la vida civil— ocurrió lo que suele repetirse en cualquier rincón de Colombia: apareció una pelota y la idea de unirse alrededor de uno de los deportes más lindos del mundo, el fútbol.
Mientras los integrantes de las antiguas FARC esperaban que se finiquitaran los detalles de lo que era el comienzo de la implementación del Acuerdo de Paz y recibían información sobre lo que pasaba en Bogotá y en La Habana, las tardes transcurrían entre partidos improvisados.
“No teníamos más que hacer sino esperar, informarnos de cómo iba el proceso, y por las tardes ya estábamos jugando (…) Se sacaban los equipos de cada frente y se hacían campeonatos”, recuerda Antonio Martínez, uno de sus impulsores y uno de los coordinadores de deportes del ETCR.
Además, cuando llegaron a los espacios territoriales, las instalaciones no eran aún las óptimas. En algunos aún no había casas, sino carpas y en las pocas viviendas que ya existían tenían bolsas de basura en lugar de vidrios. El tránsito para casi ningún ETCR fue rápido ni fácil y Agua Bonita -aunque no fue la excepción- sí empezó a distinguirse por su enorme capacidad de organización y de conectar con las comunidades vecinas.
Fueron largas semanas de espera con noticias devastadoras como la pérdida del plebiscito por la paz que, cómo no, generó dudas sobre toda guerrilla.
La historia de ese ETCR se parece a la de esos equipos que arrancan perdiendo y aun así siguen jugando. A Agua Bonita le tocó aplicar la frase del histórico capitán de la selección de Uruguay Obdulio Varela —el protagonista del “maracanazo” con el que la celeste contra todo pronóstico le plantó cara a Brasil y ganó el Mundial de 1950— y decir en voz alta “los de afuera son de palo”. Ya no importaba nada en Bogotá ni en ningún otro lado. Lo importante era su cancha, y en su cancha, en su territorio, se estaba jugando el partido de sus vidas.
Quizás por eso el fútbol terminó ocupando un lugar tan importante. En medio de la vida y de la construcción de las casas, los “cotejos” no solo se hicieron necesarios, sino que fueron casi lo único que les permitía darse un descanso. Esos “picaitos” de las mañanas o tardes eran un espacio sagrado para hombres y mujeres —porque sí, este equipo tiene una selección femenina de lujo que ha ganado varios campeonatos. Como era de esperarse, a las obras de las viviendas, el salón, el parque, la biblioteca y el comedor comunal se le sumó la de una cancha sintética que hoy por hoy sigue siendo testigo de goleadas y gambetas.
La formalización del club llegó en 2018 y los primeros uniformes y escudos fueron elaborados por los propios habitantes del ETCR. “Teníamos un escudo mal diseñado, con palabras mal escritas, pero era el primero que tuvimos para representar a Agua Bonita”, recuerda entre risas Yecith Sánchez, firmante de paz y uno de los integrantes más jóvenes del equipo con apenas 28 años.
Llegó a la guerrilla de las FARC a los 12 años empujado por la realidad que a veces es la dueña absoluta del balón.
“Yo soy de aquí de Puerto Rico, Caquetá y pues la verdad es que no venía sino esto como salida. Yo me crié en el campo y desde que tenía uso de razón solo veía guerrilleros. Surgieron situaciones como la muerte de mi hermana, la separación de mis padres y yo no era bueno para el estudio. Eso más que todo fue lo que pasó para que yo buscara entrar a las FARC”, dice.
Yecith estuvo seis años en el grupo armado y apenas entró en el ETCR de Miravalle en San Vicente del Caguán, donde hizo su dejación de armas, no solo recibió su cédula, sino una cancha enorme con otras reglas y otro partido. Allá encontró a su anterior pareja con quien dice que “ya se acabaron los amores”. Pero como perder es ganar un poco, de esa relación le quedó su única hija y, claro, la cancha de Agua Bonita que ahora es la distracción de su trabajo como escolta.
La cancha donde todos se encontraron
El toque fino de la pecosa que tenían los excombatientes empezó a llegar a oídos de las veredas cercanas. . Si hoy la estigmatización hacia antiguos guerrilleros persiste, entonces la prevención era mucho más grande, pero a veces el deporte da oportunidades de treguas y el fútbol se convirtió en uno de los primeros escenarios de encuentro entre quienes habían pertenecido a la guerrilla y las poblaciones de alrededor.
Martínez recuerda que una de las primeras actividades que organizaron fue una Copa Navideña en la que distribuyeron a excombatientes y pobladores civiles en los mismos equipos. “No dejamos sacar equipos aparte. Los integramos. Los vecinos, los familiares, todos juntos; era mejor así”, afirma.
El fútbol terminó convirtiéndose en una rutina colectiva. “Nos vemos prácticamente todos los días acá. Esta semana hemos jugado dos veces”, dice Sánchez.
Agua Bonita Fútbol Club mantiene sus ramas masculina y femenina y reúne a jugadores de distintas edades. Entre los 16 hombres que tienen hay jóvenes de alrededor de 20 años y “veteranos” que superan los 45. “Estamos en plena transición, como dicen los técnicos de fútbol. Yo ya soy de los viejos y no rendimos igual”, admite entre risas Antonio.
En eso, las mujeres de Agua Bonita ya les metieron goleada. Todo el equipo femenino, que son cerca de 25 mujeres, tiene desde adolescentes de 14 años hasta mujeres que llevan décadas vinculadas al deporte y abrieron una división de menores para ir formando.
“Nos toca ir formando a los chicos para el relevo”, explica a este diario Maryín Vergara, excombatiente y referente del equipo femenino.
Tras el asesinato de su papá al parecer a manos de paramilitares, Maryín entró a los 13 años a la guerrilla, donde permaneció por más de 25 años. Es una de las duras de la pelota y un referente para las niñas que empiezan en el deporte. A su ritmo, esta mujer de origen indígena de la etnia wananos, se ha hecho un espacio y ha llegado a ser convocada a nivel departamental.
“En la guerrilla eso no fue que las mujeres no podían jugar (…) Cuando estábamos en armas todos hacíamos lo mismo. Llegamos acá y seguimos jugando. En ocasiones jugábamos partidos mixtos, hombres y mujeres revueltos”, señala.
El palmarés de este equipo tampoco es menor. Agua Bonita ganó en 2022 y 2023 la Copa Campesina de La Montañita, tanto en la rama masculina como en la femenina. En 2024 ocupó el segundo lugar y posteriormente fue invitado a un torneo departamental en Florencia, donde enfrentó equipos de distintos municipios y terminó en el tercer puesto.
“Nos llevaron como un estímulo y yo pensaba que íbamos a jugar un partido y ya. Resulta que llegamos casi hasta ser campeones y quedamos de terceros”, dice Martínez.
Y como el fútbol también nos enfrenta con rivales duros, el equipo ha participado en campeonatos organizados en otras zonas del Caquetá con instituciones como el Ejército y la Policía. Así como en “Golpe de estadio”, la emblemática película de Sergio Cabrera en la que un grupo armado colombiano y el Ejército paran los fusiles durante 90 minutos para ver un partido de la “Sele” con Argentina, en Caquetá la bendita pasión del fútbol ayudó a derribar barreras y enemistades que durante años parecían imposibles de superar.
“Eso era raro, pero divertido porque imagínese usted ya después de tantos años en la guerra y encontrarse con la Policía y con el Ejército. Pero ahora ya es más normal, ya somos más que excombatientes de la guerrilla”, asegura Antonio.
Este grupo no tiene partidos en Miami, Dallas, México ni en alguna ciudad de Canadá, pero se mueve bien entre sus municipios sede. Han estado en El Paujil, en Doncello, en Puerto Rico, en San Vicente del Caguán y en Solita.
Para muchos de sus integrantes, los triunfos deportivos son importantes, pero no constituyen el principal logro. El valor del club está en haber permanecido durante años como un espacio de encuentro en una región donde la implementación del Acuerdo de Paz ha convivido con nuevas expresiones de violencia. Por amenazas contra la vida de los firmantes de paz, los ETCR de Miravalle y Urías Rondón desaparecieron y sus miembros debieron desplazarse a Agua Bonita.
“Tranquilidad como tal no ha habido. Usted sabe que ha habido muchos asesinatos de firmantes y hay muchos grupos armados por el área. Pero desde que hicimos la dejación de armas hasta la fecha, el cambio ha sido grande”, reconoce Sánchez.
En el caso de Vergara -cuyo esposo firmante de paz fue asesinado-, el fútbol también representa una apuesta por las nuevas generaciones. Una de sus principales preocupaciones es la falta de entrenadores y programas permanentes para niños y jóvenes del territorio.
“Siempre hemos querido tener un entrenador que no solamente nos entrene a nosotros, sino que pueda enrutar a los niños para que crezcan pensando en otras cosas”, señala y agrega que “desde el deporte se hace paz. En el deporte uno consigue amistades, conoce personas y aprende muchas cosas”..
Para Maryín los sueños ya no se quedan solo allí. Quiere que Agua Bonita juegue en un escenario más grande y encontrarse con referentes del fútbol nacional. “Suena loco, yo sé, pero se imagina jugar en Bogotá, en un estadio de los grandes. Así sea entre nosotros y no competir con nadie. Sería bonito eso, y más bonito que las mujeres firmantes que le apostamos a la paz desde el deporte pudiéramos algún día saludar a la Selección Colombia”, dice.
Ninguno de ellos levantará la Copa del Mundo, pero con tenacidad han sostenido algo aún más difícil que los 104 partidos del campeonato... casi nueve años de un Acuerdo de Paz.
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