24 Sep 2019 - 9:52 p. m.

Relato del patólogo que identificó a los 11 diputados del Valle asesinados por las Farc

Este es un aparte del libro Operación Palomera, el comienzo del fin de las Farc, escrito por los periodistas Olga Behar y Pablo Navarrete y publicado por la editorial Icono y que reconstruye, de boca de sus protagonistas, el secuestro de 12 diputados del Valle y el posterior asesinato de 11 de ellos. Este es el testimonio del patólogo que encabezó la identificación de los cuerpos en Cali.

Colombia2020 / @EEColombia2020

Pedro Emilio Morales, patólogo de Medicina Legal de Cali, recuerda los días que tuvo que esperar en la morgue mientras se daba el traslado de los cadáveres, desde la selva tupida de Nariño, hasta los brazos desesperados de sus familiares:

“El conflicto armado colombiano se caracteriza, no por tener campos de batalla, sino escenas del crimen. Mientras estuve en Nicaragua, tiempo atrás, aprendí que ambas cosas son distintas. En Nicaragua sí había campos de batalla, los muertos no eran examinados; cuando yo estuve allá el Gobierno había declarado un estado de guerra con los Estados Unidos, no todos los muertos del conflicto eran susceptibles de investigación médico-legal, no se sabía ni cómo se habían muerto, nosotros íbamos a identificar gente a la morgue, y de los cincuenta mil muertos que hubo, a dos o tres les habrán hecho autopsia.

En cambio, aquí en Colombia no hubo campo de batalla, aquí hubo escena de los hechos, escena de un crimen, y todos los muertos se consideran homicidios, así digan se neutralizó fulanito de tal, se considera un homicidio. Entonces, no nos referimos a la muerte misma, sino al homicidio de fulanito de tal, ese concepto es muy importante.

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Nosotros dijimos que la llegada de la Comisión Internacional ponía en duda nuestra experticia, nuestro honor y nuestra honestidad. Entonces, antes de que llegaran los cuerpos, hubo noticias apresuradas, decían: ya van a llegar, ya están llegando. A la periodista Vicky Dávila se le salió decir que ya estaban llegando los cadáveres, y yo creo que ya los habían encontrado, pero no habían llegado de la selva. Es decir, aunque no sabíamos el punto exacto de dónde los tenían, ya estaban llegando a Cali. Nos reunimos en Medicina Legal, apareció el doctor Carlos Valdés49, como delegado de la Procuraduría, aparecieron algunas personas de la Defensoría del Pueblo, de las Naciones Unidas, y aparecieron los representantes de la Comisión Internacional de La OEA.

En esa reunión, que fue muy tensa, los compañeros de Medicina Legal de Bogotá estaban diciendo que los de la misión internacional eran una cosa sacratísima, que había que tenerles todo el respeto y la confianza. Pero yo soy agresivo, y en esa reunión les dije a todos que el deber y el derecho era de nosotros. Que nosotros teníamos el deber de examinarlos, porque hubo una escena de un crimen, y nosotros éramos los funcionarios del Estado encargados de examinar y analizar lo que ocurrió con los cadáveres, y también teníamos el derecho, porque esos eran los muertos nuestros, no de ellos, y nosotros teníamos que examinarlos.

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Los señores de la Comisión venían muy a la expectativa de encontrar a unos señores que no dijeran nada, y que nosotros nos convirtiéramos en una especie de notarios de lo que ellos iban a hacer, pero nosotros dijimos: «No, aquí lo vamos a hacer nosotros y ustedes no se van a meter», y el argumento Fundamental que nosotros les planteamos fue el siguiente: Entre los encargados de la Comisión Internacional, venía un patólogo danés, una patóloga de Portugal, una especialista en antropología, delegados del Grupo Argentino de Antropología Forense —que de alguna manera sí podían ayudarnos— y un odontólogo holandés. Les dije: «¿Qué experiencia tienen ustedes en heridas efectuadas por arma de fuego a alta velocidad? Si ustedes tienen experiencia mundial y certificada, y han visto cientos de muertos, perfecto, pero yo creo que ustedes no tienen experiencia en eso». Les conté mi experiencia en heridas efectuadas por arma de fuego a alta velocidad, y la patóloga de Portugal, un poquito más prudente y consciente, dijo: «No, yo realmente he visto unos pocos casos»; y el otro doctor dijo: «Yo también he visto unos pocos casos».

Entonces, en síntesis, el primer round de ese evento fue decirles: «Ustedes nos acompañan y nosotros vamos a organizar todo el proceso de verificación y examinación, como lo hemos hecho durante muchos años». Lo primero que hicimos fue llevarnos los muertos para el Hospital San Juan de Dios de Cali, porque allá hay una buena morgue. Es decir, los pasamos de Medicina Legal a la morgue de San Juan de Dios. Lo otro que nosotros habíamos aprendido con el tema de la atención de desastres era que había que establecer un sistema de atención a las familias, entonces abrimos un corredor de atención en la clínica forense, en la calle, y pusimos a funcionar tres puerticas, una por donde se atendía a los muertos, otra por donde se atendía a los vivos, y una tercera por donde se legalizaba y se desarrollaba todo el tema administrativo.

Lo que hicimos fue ocupar un primer piso donde había una salita, allí se podía atender a las familias, y trasladamos gente no solamente de Cali, sino de Bogotá, patólogos, especialistas en rayos X, antropólogos en atención a los usuarios, personas especializadas que hablaran con las familias para que nos ayudaran a recuperar toda la información necesaria para la identificación de los cuerpos.

Los doctores de clínica, y el director de Medicina Legal del Valle se encargaron de ayudarnos a recuperar la información de cada uno de los señores que iba a llegar.

Cuando llegó la comisión internacional, nosotros teníamos empapelada la morgue con carteleras en las que estaban los nombres de cada uno de los diputados, con las características que teníamos de ellos como, por ejemplo, rayos X, cartas dentales, huellas digitales, ya habíamos pedido las huellas y todas esas cosas, de tal manera que cuando la comisión llegara, ya teníamos toda la información que ellos fueran a pedir.

Los datos de cada diputado estaban almacenados en una carpeta distinta, de manera ordenada, y habíamos organizado nuestro equipo, ya teníamos la morgue organizada, una mesa para genética, otra mesa para generar huellas digitales, otra mesa para balística, había un balístico muy experto, de Bogotá. En Medicina Legal, hay dos cosas distintas, clínica de los vivos y patología de los muertos, hay una diferencia bastante notable entre la capacidad de los saberes de clínica y de patología, porque la patología es más de especialistas, patólogos, médicos forenses. Para investigar la violación de los derechos humanos se llama el Protocolo de Estambul, hecho en el Instituto de Medicina Legal de Estambul, con las Naciones Unidas y con el Instituto de Violación de los Derechos Humanos del Hombre, que se aplica en vivos, y que lideraron los especialistas forenses de Turquía —son muy buenos en torturas—; para la investigación de la violación de los derechos humanos en muertos está el Protocolo de Minnesota: una de las cosas que Medicina Legal de Colombia sabe hacer es entrenamiento en protocolo de Minnesota, no de Estambul.

El primer caso en el cual se aplicó masivamente el Protocolo de Minnesota fue el de los diputados del Valle. Lo primero que nos dimos cuenta fue que íbamos a necesitar dos médicos forenses que hicieran la necropsia, nunca uno solo; se tomaron fotografías del cuerpo antes de abrirlo, radiografías antes y después, los que trabajaron eran los que ya estaban entrenados y fueron absolutamente minuciosos en el Protocolo de Minnesota. Cuando la Comisión llegó a hablar, a tratar de enseñarnos cómo era el Protocolo, ya les habíamos dado sopa y seco, porque nosotros ya sabíamos cómo era, ya lo estábamos desarrollando, ya teníamos las listas de chequeo, todo. Entonces, lo que les dijimos fue: siéntese en tal lugar, señor de la Comisión, y verifique que nosotros estamos haciendo al pie de la letra el Protocolo de Minnesota. Simultáneamente, comenzamos a aplicar el plan de desastres, que consistía en recolectar información minuciosa de cada una las familias, la comparábamos con cada uno de los cadáveres, y aplicamos el Protocolo de Minnesota para ver cómo documentábamos los hechos.

Todo eso ya lo teníamos hecho sin haber recibido a los muertos; cuando ya nos dijeron que iban a llegar, surgió un problema: los cadáveres fueron recogidos por la Cruz Roja Internacional, y venían sin acta de inspección del sitio de los hechos, porque hasta donde yo sé ninguna autoridad fue después; probablemente en el desenterramiento solo estuvo la Cruz Roja Internacional. Al llegar a Cali, El CTI debía hacer la inspección de cadáveres, y después pasarnos los cuerpos a nosotros. Fue cuando surgió el problema de las familias que dijeron que querían pasar un minuto de reencuentro con sus muertos, y se armó el conflicto, porque se decía que no se podía hacer, porque ellos eran evidencia física, y que si alguien entraba a verlos se podría contaminar la evidencia; puras bobadas, pero esa fue una discusión intensa para decidir si a los familiares se les debía respetar el derecho de que vieran a sus muertos.

Nosotros dijimos que sí, y peleamos porque tuvieran ese derecho, yo creo que las familias ni siquiera se enteraron de que nosotros habíamos tenido que pelear por esa solicitud de ellos, de que tuvieran un minuto de encuentro antes de que los cuerpos pasaran al proceso de examinación. Es que era algo obvio, estuvieron sin ver a los diputados durante más de cinco años, era obvio que las familias quisieran pasar un minuto con ellos a solas, poder tener ese reencuentro antes de los procedimientos de necropsia era de elemental justicia.

Empezamos a trabajar. Cada uno trabajaba, muy seriamente, en la mesa que le correspondía, en una esquinita estaban los técnicos y los jefes de la Misión Internacional que Álvaro Uribe contrató. No sé cuánto les habrán pagado, pero dicen que el jefe de la comisión se ganó más de cincuenta mil dólares. Era un señor ya mayor, retirado, que había sido presidente de la Academia de Ciencias Forenses de los Estados Unidos, era un canadiense no muy experto, pero era un tipo muy formado desde lo político en las medicinas forenses, era un señor importante.

Él llegó y estuvo en el tercer piso dirigiendo el operativo que se adelantó en la morgue, ni siquiera bajó a mirar a los muertos. Los patólogos sí quedaron como a la expectativa, entonces definimos que lo primero que íbamos a hacer era identificarlos, y la primera gran sorpresa fue que al abrir las bolsas: vimos que tenían doble embalaje, una bolsa blanca que les había puesto la Cruz Roja, y dentro de esa bolsa, un plástico envolvía el cadáver, pero no era propiamente una bolsa, sino un pedazo de plástico que envolvía cada cadáver. Y cuando uno abría ese plástico, estaban envueltos en una bolsa plástica, y cada cadáver estaba envuelto en una cobija, como si fueran tatuquitos53, como momias, es como ver enterrada a una momia egipcia. Inmediatamente los vimos, supimos que eran indígenas los que los habían enterrado, esa es una forma muy propia de ellos, ahí supimos que, probablemente, quienes envolvieron los cadáveres eran indígenas de la etnia awá.

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Lo supimos, porque nosotros habíamos estado siguiendo a las víctimas de esa etnia, en Nariño, que habían sido asesinados por las FARC, nosotros habíamos estado desenterrando los indígenas awá, y nos dimos cuenta de que era el mismo sistema de la envoltura que tenían los diputados, que parece como si fueran un envuelto de comer, muy cuidadoso, muy bien hecho, y los envolvieron probablemente con la cobija que cada uno de ellos tenía. Al quitar ese plástico negro, se identificaba un fenómeno que se llama la adiposidad. Se trata de que si se entierra en selva, en esos terrenos que son muy húmedos y muy selváticos, el cadáver se conserva, no se descompone porque la grasa se saponifica. Un cadáver saponificado está perfectamente impecable, con la diferencia de que la piel se pone blanca, pero no hay el fenómeno de descomposición, ni hay putrefacción.

Los cadáveres de los diputados se encontraron íntegros, perfectos. Tenían un olor muy característico. Los envolvieron sin pertenencias, es decir, el cadáver solito, los habían enterrado individualmente con ropa. Lo único que no tenían era los zapatos, pero sí la ropa que tenían puesta en el momento de la muerte.

Los enterraron de manera individual porque no estaban mezclados, y todos estaban longitudinales, bien teniditos. Todos los colombianos tenemos cédula, al contrario de la gente de algunos países europeos y canadienses, que no tienen cédula, porque solo les pueden tomar huellas digitales a los delincuentes. En cambio, en Colombia, cuando uno cumple 18 años, lo primero es ir a sacar su cédula. En el proceso de sacar la cédula, se toman las huellas decadactilares, El cadáver saponificado conserva las huellas, y en Medicina Legal hay un tratamiento especial de las huellas digitales: hay que lavarle los deditos con agua, jabón Fab y cepillo de dientes.

Estaba ahí un excelente dactiloscopista, un tipo muy reconocido, y tan pronto vio el primer muerto dijo: tranquilos que yo recupero las huellas. El dactiloscopista limpió las huellas, muy cuidadosamente, dedito por dedito, de cada uno de los diputados, las tomó en un papel, muy fácilmente, gracias a que el cadáver estaba fresco y saponificado, así las pudo comparar rápidamente. El señor canadiense había planteado, en reuniones que habíamos sostenido desde el principio, que el problema número uno en el caso de los diputados del Valle era la identificación, y nosotros le habíamos dicho que el problema número uno no iba a ser la identificación, eso era una cosa que para nosotros era relativamente sencilla de hacer, el problema número uno de nosotros, como patólogos colombianos, era establecer la causa y la manera de la muerte, establecer y esclarecer las circunstancias en las cuales habían muerto.

Ya teníamos las huellas decadactilares, sabíamos quiénes eran, eso es una cosa de un minuto saber quién es fulanito. Cuando ya era media mañana, el dactiloscopista había logrado identificar a todos cadáveres.

El señor odontólogo extranjero hizo el trabajo de la comparación odontológica, como un proceso de rutina para la identificación de los cadáveres, con todas las técnicas, y con nuestros odontólogos. Nosotros teníamos moldes óseos, cosas que las familias poseían, como prótesis, radiografías de los dientes, fotografías; entonces, eso lo unimos a la dactiloscopia, pero ya sabíamos que había algo que no se podía controvertir, porque las huellas estaban claras.

El Protocolo de Minnesota dice que hay que tomar muestras para genética, y así se hizo. Después vino el dilema de ver qué tenían los cadáveres. Les hicimos la autopsia como si fueran cadáveres absolutamente frescos, y pudimos precisar en cada uno de ellos las trayectorias, las distancias, recuperar evidencia balística que tenían, pudimos saber qué tenían en el estómago, saber qué enfermedades podría tener cada uno de ellos, y una cosa muy interesante es que se preservaron los residuos del disparo.

Cuando hablo de residuo, me refiero a la pólvora, porque cuando se dispara un arma, para establecer la distancia a la que fue hecho un disparo se usa el proyectil, pero también, se estudia si hay residuos que salen del cañón del arma y pegan en el cuerpo, eso es muy importante en heridas, porque en el arma de fuego a alta velocidad no quedan casi nunca residuos, a no ser que sea un suicidio. Casi nunca quedan residuos de disparo, porque los tiros se hacen a más de dos metros. Teníamos, además, al balístico. Hicimos una mesita, y en la mesita teníamos los elementos básicos de un laboratorio de trabajo de balística sobre cadáveres. El balístico tenía a su alcance todos sus elementos de química, con su microscopio, con todos los elementos que hay que usar para eso, y el experto que ayudaba a ver si en alguno de los cuerpos había residuos de pólvora que indicaban si los tiros habían sido de cerca, y así analizar la munición que se utilizó.

Los señores de la Comisión no sabían qué hacer, porque miraban y decían ¿estos qué hicieron? Resulta que esa técnica de trabajar tenía una historia larga. En la morgue de Bogotá siempre hay un señor de balística en el turno y tiene una pequeña oficina, un pequeño laboratorio, y eso nació hace unos treinta años. Nosotros llegamos y dijimos que lo primero que había que hacer era examinar las prendas de vestir, entonces creamos un auxiliar de prendas, un señor que sabía describir la ropa.

No sabíamos la terminología de los diseñadores de modas, pero hicimos un esquema sacado de los talleres de modistería acerca de cómo se dibujaban las prendas, cómo se vestían, los tipos de telas, las marcas, y cada muerto de bala en Bogotá, hoy tiene un informe de las prendas, con fotografías. Desafortunadamente, esos insumos para nuestra justicia a veces se vuelven otro papel más, el fiscal ni siquiera entiende mucho de qué se trata.

Gracias a esa experiencia del manejo de prendas y del manejo de residuos de disparo, logramos que los balísticos de Bogotá no estuvieran en la oficina mirando cosas, sino que se integraran a la morgue y que hicieran turno. Es un método muy moderno, una tecnología que nosotros consideramos apropiada. Así los extranjeros no la comprendieran, utilizamos métodos fidedignos”.

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