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23 Feb 2022 - 12:09 a. m.

Guerra cognitiva ¿Qué les pasa?

Una cuenta de twitter que simula ser el perfil de un coronavirus parlante, lo ha dicho de la mejor manera: “si empieza una nueva guerra mundial, lo de la COVID-19 quedará en la historia como una simple anécdota”. Y sí, lo que pasa con las amenazas de guerra a partir de las decisiones de Rusia, Ucrania y la OTAN, es inmensamente preocupante. A propósito de este conflicto ha salido a la luz el concepto de “guerra cognitiva” que es, para pasar del miedo al desconcierto, una verdadera distopía en desarrollo.

Lo que dicen los informes de noticias sobre la “guerra cognitiva”, es que se trata de un concepto promovido por consultores militares que está siendo estudiado por la OTAN para referirse a un nuevo ámbito de combate, que vendría siendo el ámbito privilegiado en nuestra época de hiperconectividad a la internet. Por lo que se entiende en conferencias de Francois du Cluzel, que es el contratista que escribió el trabajo que ha encendido las alarmas, China y Rusia estarían ya ejecutando un tipo de ataques en los que utilizan herramientas para manipular cerebros, de modo que es un deber de quienes están siendo atacados reaccionar como corresponde.

El de guerra cognitiva sería un concepto distinto al de guerra ideológica, al de guerra de la información y al de operaciones psicológicas en la guerra. No consiste en posicionar marcos de interpretación de la realidad. Tampoco en que grandes poblaciones se vean influidas por una información, cierta o no. Tampoco se trata de debilitar moralmente al adversario con sus contradicciones. Se trata de aprovechar que cada vez hay más personas conectadas a la internet de modo permanente, desde sus teléfonos móviles, relojes, televisores, neveras, lavadoras, etc., para incidir en sus mecanismos de procesamiento de información, en su capacidad de pensar, de tener juicio y atención, y así minar la unidad nacional. Eso, dicen los documentos contratados, están haciendo ya Rusia y China.

Es difícil saber acerca de la seriedad de la amenaza. Sabemos del abuso que significa el uso de datos a partir de la hiperconectividad con fines comerciales. Sin embargo, desde que Martín Hilbert alertara sobre la intervención de Cambridge Analytica en favor de la campaña de Donald Trump, sabemos del aprovechamiento de los mismos con fines electorales. Era cuestión de tiempo para que se hablara también de fines militares, y tiene sentido que se la conciba más allá de la guerra de la información porque el alcance de ciertas herramientas en internet con respecto al cerebro efectivamente es más profundo. Sin embargo, no aparecen las pruebas de los ataques en curso y en cambio sí recordamos todo lo que se ha hecho en este siglo como reacción a supuestas amenazas inexistentes. Como ejemplo de guerra cognitiva, los consultores hablan de un supuesto ataque sónico con sonidos de grillos producido contra diplomáticos norteamericanos en Cuba en 2016, justo antes de que se posesionara Donald Trump y que su gobierno cancelara todas las medidas que habían flexibilizado el bloqueo.

Por un lado, tenemos la preocupación por la posibilidad de una gran guerra, de nuevo, cuando se supone que la historia humana ha llegado a un empate de armas de destrucción masiva que convierte en delirio absurdo la posibilidad de jugar con fuego. Ahora tenemos la preocupación por lo que puede pasar con los cerebros hiperconectados en cualquier parte del mundo, porque pone en riesgo hasta nuestra capacidad de procesar información y obviamente nuestra memoria. Pero, además, se supone que parte de lo que hace a la guerra una posibilidad totalmente indeseable, es la conciencia sobre los millones de víctimas que dejaron los conflictos en el Siglo XX y que por esa misma conciencia deberíamos estar en un momento especial de solidaridad mundial a partir de la terrible e insoportable pandemia. En cambio, ahora salen con la “guerra cognitiva”.

¿Qué les pasa?

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