Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

Colombia y las derrotas que no queremos ver

Desde mis derrotas, he ido por la vida mirando las victorias de la gente, las aparentes victorias de la gente, surgidas del codazo artero al vecino, de la competencia despiadada, de la trampa, de la fatuidad, del bombardeo inclemente de los medios y las redes sociales que venden un tipo de triunfo que es “el que vende”, del chantaje, de la amenaza, del favorcito, de la viveza, del “Cómo voy yo ahí” tan extendido entre los colombianos; y no he podido disimular una leve mueca irónica, porque si hay que apelar a la marrullería para ganar, al transar y sonreír porque es de buen gusto y da réditos el sonreír, yo prefiero perder siempre, y si se da la ocasión, decirle entre frase y frase a alguno de tantos ganadores que tal vez le hagan falta unas cuantas derrotas.

O mejor, que sea consciente de sus derrotas, porque en Colombia no hemos hecho más que perder, y sin embargo, estamos lejos, bien lejos de ser conscientes de nuestras derrotas. Por eso no las hemos valorado y no las hemos superado. Seguimos creyendo que la victoria de un ciclista es la victoria de todos, y que en realidad las leyes se hacen por el bien de todos y que los impuestos se usan para mejorar la calidad de vida de todos. Seguimos creyendo que a Gaitán lo mató un enajenado, solo y por su cuenta, y que a Galán o a Pizarro los asesinaron las mafias y los paramilitares y únicamente ellos. Seguimos creyendo que “ellos” son unos pocos y están allá, y que “nosotros” no tenemos nada que ver con sus actos. Seguimos creyendo que un coronel y solo un coronel dio la orden de masacrar a noventa y tantas personas en el Palacio de Justicia, y que en realidad vivimos en un país muy feliz, el más feliz del mundo.

Hemos creído en la felicidad, en esa felicidad, y por esa felicidad nos hemos adormecido. Nos hemos acomodado y conformado. No nos ha importado nada, más allá de nuestros bienes y nuestros logros. Nada, más allá de nuestras victorias, impulsadas y promovidas desde el capitalismo cada vez más salvaje, para que ganando, sólo queramos seguir ganando y nos hagamos los idiotas con las verdaderas derrotas y seamos felices.  

A mí no es que me haya importado ganar o perder por la alegría de un triunfo o lo tristeza de una derrota, sino por lo que ha significado triunfar y por lo que ha habido detrás de cada derrota, porque ganar o perder no han sido más que convenciones, lo que otros determinaron que eran la victoria y su contrario, y si alguna vez gané, celebré en gran parte porque mis triunfos fueron mis más largas y dulces venganzas. Cuando perdí, en cambio, me salvé de la hipocresía y los falsos aplausos, y así, escondido de los advenedizos, de los interesados, empecé a comprender y a aceptar y a aprehender que somos solos.

La derrota, la derrota luchada, sufrida, honesta, me hizo digno ante mí, que en últimas, ha sido mi gran victoria. 

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