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16 Mar 2022 - 8:28 p. m.

20 años del asesinato de monseñor Isaías Duarte Cancino, apóstol de la paz

Se cumplen dos décadas de la muerte del obispo baleado en Cali. Un trabajo del CNMH destaca su vida, obra y legado alrededor de sus mediaciones de paz y sus compromisos con la Dignidad Humana.

Diego Arias * / Especial para El Espectador, Cali

Monseñor Isaías Duarte Cancino fue asesinado por sicarios el 16 de marzo de 2002 luego de que oficiara un centenar de matrimonios. Había condenado la violencia de guerrilleros y narcotraficantes de la región. El crimen se atribuyó a las Farc, fueron condenados varios guerrilleros en cabeza de alias "Timochenko", "Pablo Catatumbo" e "Iván Márquez", pero luego el Tribunal Superior de Cali los absolvió y ahora se espera que la Jurisdicción Especial para la Paz ayude a identificar a los responsables.
Monseñor Isaías Duarte Cancino fue asesinado por sicarios el 16 de marzo de 2002 luego de que oficiara un centenar de matrimonios. Había condenado la violencia de guerrilleros y narcotraficantes de la región. El crimen se atribuyó a las Farc, fueron condenados varios guerrilleros en cabeza de alias "Timochenko", "Pablo Catatumbo" e "Iván Márquez", pero luego el Tribunal Superior de Cali los absolvió y ahora se espera que la Jurisdicción Especial para la Paz ayude a identificar a los responsables.
Foto: Archivo particular

La figura de Monseñor Isaías Duarte Cancino (1939-2002) ha ocupado un lugar relevante en la historia reciente de Colombia. A su larga trayectoria pastoral, que comenzó con su ordenación sacerdotal en el departamento de Santander en 1963 y culminó como arzobispo de la ciudad de Santiago de Cali (Valle del Cauca), sumó una condición particular: su lucha contra la violencia al tiempo que desarrollaba mediaciones de paz y la defensa de los derechos humanos, asociada al logro pleno de la Dignidad Humana, concepto que tomó de San Irineo, pero sobre todo y por supuesto, de Jesús.

Los contextos en los que tuvo lugar esta acción como hombre de Iglesia sucedieron en lugares particularmente difíciles. Desde sus inicios en el seminario de Pamplona (Santander), mostró claramente su inclinación por los más necesitados y por las comunidades que más sufren por cuenta de las desigualdades, las discriminaciones y todo tipo de violencias. (Recomendamos el especial de El Espectador sobre los 5 años del acuerdo de paz con las Farc).

Creyó firmemente en que la única opción de transformación de esas duras realidades era aproximándose a ellas desde el mensaje del amor y la compasión, siguiendo el legado Cristiano. Monseñor Isaías Duarte marcó tempranamente distancia de otras opciones que, por esa misma época, incluso al interior de sectores de la propia Iglesia, postulaban la lucha armada como un camino legítimo para impulsar transformaciones políticas y sociales.

Durante su estancia en la región de Urabá (Antioquia), donde ejerció como arzobispo de la Diócesis de Apartadó, debió hacer frente a los complejos desafíos de la violencia y el conflicto armado. Allí, en medio de la acción violenta de grupos de guerrilla y paramilitares, estuvo siempre del lado de la gente y de las víctimas.

Además de su cercanía permanente con las comunidades y a través de su vocación religiosa y humana, monseñor Isaías adelantó mediaciones humanitarias tanto con los actores armados, el empresariado asociado a la producción y exportación del banano, así como con la institucionalidad local y regional. Siempre que ha podido hacerlo, la exalcaldesa de Apartadó, Gloria Cuartas, ha destacado esta acción pastoral. Entre esos agenciamientos de paz resaltan sus apoyos a los procesos de desmovilización de la guerrilla Ejército Popular de Liberación (EPL) y las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU).

Su posterior llegada al Valle del Cauca, cuando fue nombrado por el papa Juan Pablo II como arzobispo de Cali (19 de agosto de 1995), no significó retos menores. Allí acompañó a las víctimas del conflicto y estuvo al frente de la lucha por la libertad en los casos de los secuestros por parte del ELN en la iglesia La María (mayo de 1999) y del kilómetro 18 (octubre de 2000). Isabella Vernaza, una de las víctimas de ese secuestro recuerda como para ellos y sus familiares resultó crucial su apoyo espiritual y emocional.

“Monseñor fue valiente al condenar el secuestro perpetrado por el ELN, estuvo dispuesto personalmente siempre no solo a acompañar a nuestros familiares, sino que también estuvo dispuesto a ir directamente a la montaña a hablar con la guerrilla, si llegaba a ser necesario” recuerda, y agrega que “bajo su liderazgo se creó en el área de la Plaza de Toros de Cali, la llamada Zona de Distensión de La María, desde la cual se gestó una poderosa acción ciudadana de rechazo al secuestro y solidaridad con la víctimas”.

Y fue en este contexto que surgió la consigna “Vivos, Libres y en Paz” que acompañó las primeras grandes movilizaciones contra el secuestro en Colombia. Su acción en favor de la paz y la dignidad humana también se expresó en la implementación de programas de apoyo a la población desplazada por la violencia, la promoción y la exigibilidad de los derechos humanos, además de la construcción de proyectos educativos para la población vulnerable (escuelas y colegios en sectores populares y la Universidad Católica “Lumen Gentium) o la asistencia alimentaria para los más necesitados (Banco de Alimentos).

Bajo su dirección y la de José Amín Cortes, su mano derecha en el trasegar por los caminos del conflicto y la paz, fue creada en Cali la “Comisión Vida, Justicia y Paz”. Amín destaca como “este espacio hizo parte, en su momento, de la Red Nacional de Iniciativas por la Paz y contra la Guerra-REDEPAZ, dinámica desde la cual se impulsó el Mandato Ciudadano por la Paz, la Vida y la Libertad” de 1997, que facilitó, con sus 10 millones de votos, un momento favorable a la negociación política del conflicto armado”.

Desde luego, monseñor Isaías Duarte Cancino tuvo posturas que incomodaron a muchos sectores en la ilegalidad (incluido el narcotráfico) y a menudo fue incomprendido en acciones como las mediaciones humanitarias y de paz que desarrolló con los grupos paramilitares.

Quienes le conocieron de cerca atestiguan que, como ser humano, se movía entre certezas e incertidumbres, entre la esperanza y la frustración, entre la alegría y la tristeza, y no pocas veces el enojo. Los estallidos de su temperamento solían ser tan frecuentes como su disposición permanente para aceptar el equívoco, ofrecer disculpas y recomponer el diálogo.

Así lo testimonian compañeros suyos, como el actual arzobispo de Cali, monseñor Darío de Jesús Monsalve: «Si se trataba de rectificar sus propias faltas, no importaba la hora, así fuera en la madrugada».

Una anécdota que se relata en el libro Sangre de profeta (Ed. Paulinas, 2012) dice bastante de la personalidad compleja del sacrificado monseñor Isaías Duarte Cancino. Cuenta el sacerdote Efraín Montoya, su autor, que una vez, ante el anuncio de la muerte de un sacerdote en Yumbo (Valle), el obispo estalló en furia hasta que alguno de sus subalternos le explicó que todo había sido un mal entendido producto de un manejo erróneo de información en un medio de comunicación local. Hecha la aclaración, decidió ir a un restaurante en las afueras de la ciudad, donde un niño lo abordó para preguntarle: “Señor, ¿usted es así siempre o es cuando está muy berraco?”. “Nooo”, le respondió monseñor, luego de lo cual se echó a reír.

Una muerte anunciada

Monseñor Isaías Duarte fue asesinado entrando la noche del sábado 16 de marzo, hace 20 años. Muy temprano, había intervenido en un espacio académico sobre derechos humanos en la Universidad Católica Lumen Gentium de donde salió luego a la parroquia San Fernando Rey. Ya en la tarde del sábado, fue a la parroquia El Buen Pastor, en el populoso sector de Aguablanca en Cali, en donde formalizó el matrimonio de 103 parejas. Fue al salir de esa actividad, camino a su vehículo, cuando dos jóvenes sicarios se le acercaron por la espalda, en medio de sus acompañantes y le dispararon mortalmente a quemarropa.

Un mes antes, como en la Crónica de una muerte anunciada, monseñor legó su testamento: un cáliz de oro (recuerdo de su ordenación), a la Diócesis de Bucaramanga, su tierra natal, y un pequeño apartamento, a la Diócesis de Apartadó, que lo inició en su apostolado de paz.

* Este trabajo sobre Monseñor Isaías Duarte Cancino hace parte de un Acuerdo de Colaboración entre el CNMH y la Universidad Católica Lumen Gentium. Puede ser consultado en: https://apostoldepaz.unicatolica.edu.co/

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