El camino por delante

LA DECLARACIÓN DE RESPALDO DE la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores a la política del Gobierno, el tono moderado del presidente Uribe llamando a sus homólogos de Ecuador y Venezuela al diálogo y la respuesta positiva de uno de ellos son avances importantes hacia la resolución de la crisis diplomática en la que se halla inmersa Colombia.

Sin embargo, el nuevo clima no garantiza por sí solo una normalización de las relaciones, pues los problemas que ha generado la crisis permanecen vigentes.

El asunto principal sigue siendo el manejo de la agenda de seguridad, y específicamente el efecto que para Colombia y para sus vecinos tiene la persistencia del conflicto interno y su perversa vinculación con el tráfico ilícito de drogas. A eso se suma la llamada revolución bolivariana en Venezuela y la clara intención de su líder por exportarla, línea que entra en colisión frontal con el cercano alineamiento colombiano con Washington. Si a todo esto se agrega la proyección de Brasil como nuevo poder emergente, queda claro que la tarea pendiente es bastante compleja.

La gira muda del Presidente y el Canciller consiguió declaraciones en un lenguaje diplomático que, leído entre líneas, revela la posición real de los países. A excepción del explícito apoyo de Perú, ningún otro de los pronunciamientos puede entenderse como nada distinto a cordiales manifestaciones de preocupación o rechazo. La línea general es de desconfianza.

La diplomacia colombiana no sólo no ha conseguido que los países de la región declaren a los guerrilleros como terroristas sino que tampoco ha logrado colaboración para combatirlos y, lo más grave, ha fracasado en mantener las relaciones con los vecinos en un nivel mínimo de comunicación. Este resultado no es fortuito; es la obvia consecuencia de la ausencia de una política exterior efectiva y de la selección de los agentes diplomáticos, no entre los profesionales más capaces, sino entre los leales al Gobierno.

La nueva reunión de Unasur será la oportunidad para un replanteamiento a fondo de la política exterior hacia la región. Varios retos y tareas específicas deberían estar entre los propósitos a conseguir en Bariloche: el primero, y más importante, que este foro se convierta en el escenario obvio para discutir y avanzar en la solución de los temas relacionados con la seguridad; la ampliación de la agenda que con acierto ha planteado la Cancillería no es una forma de escapar a la discusión sobre las bases sino un esfuerzo por entender ese y otros asuntos en el marco más amplio de los temas de seguridad que afectan a América del Sur. Las declaraciones de rechazo a los grupos armados ilegales deben transformarse en una posición más asertiva y en políticas efectivas de todos los países para cerrarles los espacios; se requieren avances sustanciales para interrumpir el tráfico de armas y municiones; también, mayor transparencia en la adquisición de armamento y un desestímulo a cualquier asomo de carrera armamentista. Tal vez lo más complicado, debe darse plena claridad sobre la presencia, actual o potencial, de fuerzas ajenas a la región, lo que por supuesto se refiere a Estados Unidos pero también a Rusia, Irán o cualquier otro país extracontinental al que se le facilite acceso.

En momentos en que la mayoría de los países de la región parecen retornar al caudillismo, el esfuerzo más grande debe ser tratar de despersonalizar las relaciones diplomáticas. En tiempos de globalización y después de más de 40 años de esfuerzos frustrados de integración regional, hay que entender que cada vez más los intereses nacionales se parecen a los colectivos y regionales. La lección no parece tan difícil de asimilar, pero llegar a acuerdos específicos, operativos y efectivos requerirá de gran esfuerzo. Ojalá que, como en el poema de Borges, los reunidos en Bariloche tomen la extraña resolución de ser razonables.

 

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